El Gobierno no ganó por sus pecados

Jorge Fernández Díaz
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21 de agosto de 2011  

No quiere contarlo porque no le gusta victimizarse. Ni siquiera le pedí permiso para narrar su pequeña historia. Se trata de un verdadero hidalgo del periodismo. Un hombre que escribe, hace radio y televisión, que ha ganado muchos premios y que ha demostrado siempre independencia de cualquier interés comercial, económico, político o corporativo. Fue uno de los más fervientes protectores de algunos de los actuales "periodistas militantes", que en los años 90 eran perseguidos judicialmente por el menemismo. Los defendió a capa y espada, aun cuando en muchos casos no acordaba con sus visiones ideológicas.

Cree en pocas cosas: la democracia, un gobierno robusto y una oposición fuerte, la honestidad pública, la libertad de prensa. Jamás ha acatado ni media sugerencia de un patrón o anunciante, y sin embargo hace un tiempo editorializó con dureza a favor de una empresa que había sido vapuleada por el Gobierno. Percibió que en ese conflicto se cifraba la amenaza de un giro chavista, y no dudó en tomar posición. Fue ridiculizado, masacrado y perseguido por programas del canal oficial y por algunos de aquellos mismos "periodistas militantes" que él había defendido. Fue tal la ola de hostigamiento, que algunos televidentes fanatizados comenzaron a insultarlo por la calle y a desearle la muerte. Un día amaneció con la noticia de que aquella empresa había arreglado con el Gobierno, y que lo había hecho concediéndole todo. Hasta los principios. El hidalgo calificó esa actitud como "claudicante". Un gerente fue a visitarlo. El hidalgo creía que buscaba convencerlo de que había sido injusto con la compañía. No. Era simplemente para confirmarle que habían claudicado porque los negocios siempre están por encima de los principios. Y que así son las verdaderas reglas de juego entre el Poder Ejecutivo y el establishment.

El día después del triunfo apabullante de Cristina Kirchner, el hidalgo caminó siete cuadras hasta el consultorio de su dentista: 14 personas lo repudiaron y lo invitaron a pelear, lo cargaron y le desearon un cáncer. Esas personas habían comprado la prédica oficial: el periodismo es el culpable de todos los males, el enemigo de la Patria. En reunión de producción, los integrantes más jóvenes de su equipo le preguntaron, angustiados, si habían hecho algo mal. "Nada -les respondió-. Hicimos lo de siempre: periodismo crítico. Así fue con Alfonsín, Menem, De la Rúa, Duhalde y con los Kirchner. Y así seguiremos, aun si nos echan a la calle. Pondremos en una esquina una mesita y un megáfono y continuaremos diciendo lo que vemos, sin casarnos con nadie."

Una victoria electoral tan arrasadora y sorprendente provoca siempre la sensación de que los críticos estaban equivocados. Los periodistas, que deben ser críticos siempre y que al revés de los políticos son votados a diario con el rating y la venta de ejemplares, veneran sin embargo el veredicto de las urnas. Y así como pueden caer en la tentación de transformarse en oráculos y agoreros también pueden sucumbir a la equivocación de seguir los humores sociales, es decir: practicar el periodismo demagógico para ser aprobados por las mayorías del momento. Ya sabemos: en este oficio no siempre el cliente tiene la razón; un médico no puede dulcificar un diagnóstico grave porque el paciente no quiere escucharlo.

Del mismo modo que los periodistas deben tender a la ecuanimidad y a la vez mantener un rol crítico y la sana costumbre de molestar, no deberían jamás pretender que la sociedad vote en consecuencia de sus pesquisas y opiniones. La sociedad vota como le da la gana. Y cuando vota no suele hacerlo por las malas razones que el periodismo denuncia, sino por las buenas performances de la política real: el éxito de la economía, el sistema de gobernabilidad, la calidad del liderazgo. El voto masivo al kirchnerismo no convalida, por lo tanto, sus pecados. No resultaron bendecidos en las urnas las mentiras, las turbias sospechas sobre tantos funcionarios y capitalistas amigos, las intolerancias, el desdén por las instituciones, la agresividad ni la inflación. Y muchos integrantes de nuestras audiencias votaron al oficialismo pero a la vez no quieren que los periodistas cejen en su empeño de controlarlo y de marcarle los errores. La lectura de las elecciones bajo emoción violenta puede llevar a esos yerros conceptuales, que son precisamente lo que pretende cualquier poder para bloquear las noticias inconvenientes.

Del mismo modo que muchos de nuestros oyentes y lectores han sufragado a favor de este modelo, también lo habían hecho antes por figuras antikirchneristas en la Capital, Santa Fe y Córdoba. Cuando lo hicieron eran designados despectivamente por el aparato cultural kirchnerista como "la gente". Ahora que han votado por Cristina son "el pueblo".

Ya lo dijimos en esta columna, y fuimos objeto del escarnio de muchos opositores, hace dos semanas: el ciclo kirchnerista no había terminado. A su vez, es probable que el domingo pasado haya cambiado la historia, y que por lo tanto la hora exija un análisis más profundo y sofisticado por parte de sociólogos y cientistas políticos. Quedó instalada provisoriamente una hegemonía nacional y popular en el país. Y hay que barajar y dar de nuevo. Pero eso no cambia las cosas: el hidalgo seguirá molestando, y aguantándose los fascismos callejeros que los predicadores mediáticos del Gobierno supieron sembrar. Si no lo hace, estaría traicionando lo más sagrado.

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