
El huevo de la serpiente estuvo siempre a la vista
Los problemas por los que atraviesa el Festival de Viena vuelven a poner en escena el escándalo por el acceso de Haider al poder. Sin embargo, los sentimientos xenófobos no son una novedad en Austria: las vitrinas centrales de uno de los principales salones de la Opera vienesa no están dedicadas a acontecimientos artísticos sino a Hitler y a Goering.
1 minuto de lectura'
EL escándalo internacional por el acceso al poder en Austria de Haider y su partido neonazi, que se ha renovado esta última semana con los problemas por los que pasa el célebre Festival de Viena, vuelve a sugerir una pregunta que a muchos los toma por sorpresa: ¿nazismo en Viena? El resurgimiento de la simpatía por los nazis en ese país (que parece haber estado latente en los últimos treinta años) era algo demasiado evidente como para que sólo ahora alguien se alarmara.
En 1994 nos tocó volver a Viena después de treinta y dos años. La atmósfera oficial y el trato que se pudo recibir en algunas instituciones al realizar diversas gestiones distaron de ser cordiales y cooperativas, lo que pudo haber sido un signo de velada xenofobia. No así en la Opera, donde se nos recordaba como musicólogos y donde fuimos atendidos con suma cortesía, lo que hizo evocar los viejos tiempos.
Pero fue precisamente en la Opera donde se percibió una increíble sorpresa. Se recordaban los cincuenta años de la destrucción del teatro por un bombardeo a fines de la guerra, y los cuarenta de la reapertura del mismo, reconstruido en 1955. Pues bien, en una de las funciones se cantaba "Tristán e Isolda", dirigida precisamente por Zubin Mehta (una de las ausencias que han provocado las protestas en la edición actual del festival). Cuando se recorrió el gran salón, equivalente al Salón Dorado de nuestro Colón, encontramos unas vitrinas que, ubicadas en un sitio bien central, no recordaban eventos artísticos vinculados con esos aniversarios, sino que estaban dedicadas una a Hitler y otra a Goering. La de Hitler exhibía numerosas fotografías, entre ellas una en la que la jubilosa audiencia vienesa celebraba en una función de gala el cumpleaños del Führer, y el programa de dicha función, en la que se ofreció -¡oh ironía!-, "Fidelio", la ópera de la libertad y el triunfo contra la tiranía.
En la vitrina de Goering había fotos y diversos objetos personales, entre ellos las antiparras que usaba como aviador.
Asombrados e indignados por lo que se veía, intentamos un comentario entre el vasto público que circulaba por el salón, sin inmutarse por lo que veía. Pero nadie respondió ni pareció compartir la reacción foránea ante la desagradable sorpresa. Tampoco algunos amigos vieneses y extranjeros, con quienes comentamos el asunto luego, supieron dar una explicación y mucho menos compartir nuestro desagrado. Exhibiciones similares existían probablemente en otros lugares, pero los salones de la Opera son la vitrina de Viena, por donde pasa todo el mundo.
¿Dónde estaban, entonces, los jóvenes y los judíos que ahora protestan y se rasgan las vestiduras por el rebrote nazi? ¿En Austria? ¿Nadie notó lo que aquellas exhibiciones significaban? Como dice el refrán: "Esos polvos trajeron estos lodos".
Y el maestro Mehta, que ahora amenaza con no dirigir más en Viena, y que actuaba en la Opera mientras se exhibían en ella las vitrinas en homenaje a Hitler, ¿no vio nada?
Al regreso, en Buenos Aires, hace seis años, nos comunicamos con el representante en la Argentina de Simón Wiesenthal. Pero él tampoco nos llevó el apunte, para decirlo en criollo.
Nos guste o no, Haider y su partido ganaron por mayoría en elecciones limpias. Los votaron todos aquellos que propiciaron las exhibiciones que vimos hace seis años. Los que se quejan ahora son los que hicieron la vista gorda ante ellas.
Parece que el propio Wiesenthal dijo que Haider es un demagogo, pero no un nazi. Se verá lo que realmente es. Lo que sí era indudablemente nazi era la exaltación de los recuerdos de Hitler que presenciamos y la complacencia con que se la toleró.
La actitud de la Argentina de protesta ante el ascenso al poder de este personaje parece francamente desdichada y una intromisión en la política interna de un país extranjero. La separación del embajador parece más desacertada aún. Según lo que él mismo explicó se limitó a informar lo que surgía sobre el caso de distintas fuentes de opinión de Austria, "sin implicar, en ello, simpatía o identificación ideológica" con los principios de Haider, sobre los cuales -Wiesenthal dixit- "se sobredimensiona el riesgo que implica para la democracia en Austria".
La democracia austríaca parece más amenazada por la exaltación de las figuras nazis auténticas.
Respecto de Haider y del peligro real o supuesto que pueda implicar su llegada al poder, quizá sirva de consuelo y de esperanza la cara de disgusto y amargura que mostró el presidente de Austria en fotografías y noticieros televisivos en la ceremonia en que la puso en funciones para las que fue elegido el controvertido político austríaco.
El autor es un musicólogo argentino.






