El humor del Bicentenario

Eduardo Fidanza Para LA NACION
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16 de diciembre de 2009  

Es improbable que el 25 de mayo del año que viene la Argentina celebre sus doscientos años con la felicidad que requiere una fecha tan importante. Esta presunción se basa en síntomas inquietantes que no se revertirán en pocos meses: agitación social, falta de consenso, inseguridad, pobreza, inflación, un gobierno impopular y una oposición aún no consolidada. Pareciera que nos acercáramos a la zona de turbulencias que sacude al país cada 10 años. La pregunta es si estas dificultades serán pasajeras o conducirán a la ingobernabilidad, ese fantasma tan temido.

Más allá de lo inmediato, la amenaza periódica de la crisis obliga a volver sobre ciertas tendencias que acaso la provoquen o la faciliten. Sin ir más atrás, los 26 años transcurridos desde la recuperación de la democracia muestran pautas de conducta política que ayudan a entender los problemas del presente y a conjeturar los del futuro. Me referiré sólo a algunas regularidades o evidencias.

La primera es que, a partir de los años 90, se destruyeron las identidades políticas. Esto afectó a las fuerzas políticas, que empezaron agrupándose por partidos, luego por coaliciones y finalmente por conveniencias del momento, derivando en un frenesí combinatorio que escapó de cualquier racionalidad. Pero también aquejó a los votantes, que fueron de la pasión democrática a la preocupación por el empleo y el consumo, hasta desembocar en el hastío.

La segunda evidencia es que cuando la clase media renegó de un presidente ya no le devolvió el afecto. Las curvas de popularidad de Alfonsín, Menem y De la Rúa registraron ascensos hasta alcanzar cimas de las cuales cayeron sin recuperarse. El destino de Kirchner es distinto sólo en apariencia: se retiró del gobierno con alta popularidad, pero luego, conservando el poder, cayó verticalmente en la consideración pública. La secuencia del abandono de la clase media tiene dos pasos: empieza por la desilusión económica y sigue con reproches a la conducta y el estilo de los gobernantes.

La tercera evidencia es que el conjunto de la sociedad, pero en particular los sectores populares, no tolera la inflación cuando el nivel de actividad y la recuperación del empleo dejan de ser elevados. Entre las causas de las derrotas radicales del 87 y el 89, y en la de los Kirchner este año, la inflación ocupó un lugar destacado. Por el contrario, la seguidilla de triunfos de Menem, en el 91, el 93 y el 95, se explica, entre otros factores, por la estabilidad de los precios.

La cuarta evidencia, acaso la de efecto más perdurable, es que el peronismo dominó la política argentina durante el último cuarto de siglo. De los 26 años de vida democrática, gobernó durante 18, introduciendo fuertes transformaciones. El gobierno de Menem y la saga de los Kirchner, con casi 17 años en el poder, fueron responsables de los cambios de paradigma económico más importantes y contradictorios del período. Menem consagrando la iniciativa privada y Kirchner, el Estado interventor.

Si a eso se suma que los presidentes de filiación peronista terminaron sin sobresaltos sus gobiernos, mientras que los de origen radical concluyeron antes de tiempo en medio de fuertes convulsiones sociales atribuidas al peronismo, se comprenderá por qué nuestra sociedad acuñó un mito totalitario en medio de la democracia: sólo el peronismo está en condiciones de gobernar la Argentina.

Aunque, paradójicamente, la fuerza en la que se depositó la astucia para gobernar mostró serias dificultades para autogobernarse. En el período considerado, tuvo tres conflictos internos severos. Dos ocurrieron durante su estancia en el poder: fueron los enfrentamientos de Duhalde con Menem y de Kirchner con Duhalde. El otro sucedió cuando estaba en la oposición, al formarse la Renovación para enfrentar a los que habían llevado al partido a la derrota, en 1983. En los tres casos la interna derivó en ofertas electorales diferenciadas que compitieron en elecciones abiertas. Esto permite identificar otra regularidad que condiciona el presente: el peronismo no quiso o no supo seleccionar a sus dirigentes mediante internas, transfiriendo esa tarea a la sociedad.

¿Cómo es que el justicialismo resistió, sin embargo, cambios programáticos de 180 grados y grandes conmociones internas sin perder eficacia para ejercer el poder? No salió indemne, como lo muestra su caótica actualidad, pero exhibió mayor capacidad de adaptación que cualquiera de sus competidores. El politicólogo norteamericano Steven Levitsky dio cuenta de este atributo al observar que el peronismo, a diferencia de otros partidos de masas, combina bajos niveles de organización en la cima partidaria con una fuerte y perdurable inserción en las organizaciones de base sindicales, sociales y municipales. Eso le otorga mayor resistencia a los cambios: la fluidez de la cima se equilibra con la estabilidad de la base.

De allí surgen las complejas relaciones entre dirigentes y militantes que signaron al peronismo en estos años y que permiten entender las tensiones que lo atraviesan ahora. Invocando los mismos íconos, ambos niveles se movieron con autonomía relativa, coincidiendo o discrepando según intereses coyunturales.

Pero el proceso no fue inocuo: las vicisitudes ideológicas de la cima (neoliberalismo en los 90, setentismo en los 2000) se compensaron con transferencias crecientes de recursos del Estado a las organizaciones de base, que devinieron en redes clientelares, resignando la formación política de los sectores populares. Eso provocó, aunque suene duro: 1) que muchos militantes se ofrezcan en la actualidad al mejor postor; 2) que ya no existan aparatos políticos homogéneos e invencibles, y 3) que la cultura peronista consista en un tenaz recuerdo de Perón y Evita sin referentes contemporáneos.

La quinta evidencia es la inclinación de las fuerzas no peronistas a disgregarse, ocupen el gobierno o la oposición. La experiencia de la alianza entre la UCR y el Frepaso y la fragmentación posterior a la crisis de fines de 2001 lo ilustran. Entre 1997 y la actualidad, este sector tuvo al menos cinco presidenciables: De la Rúa, Fernández Meijide, Carrió, López Murphy y Cobos. De ellos colocó un solo presidente, cuya gestión fue débil y tuvo un final dramático.

Por último, se observó otra regularidad en este período: gran parte de los medios de comunicación, del empresariado y de la Justicia apoyaron a los gobiernos en su apogeo, abandonándolos cuando perdieron sustento social. Si se revisa la casuística, se comprobará que la difusión masiva de casos de corrupción, las causas promovidas por la Justicia y las declaraciones críticas de las centrales empresariales ocurrieron en el ocaso de los gobiernos. La excepción a esta regla fueron los medios con líneas editoriales más permanentes, los empresarios que no aceptaron prebendas oficiales y algunos jueces independientes, cuyas demandas contra los gobernantes no prosperaron cuando éstos gozaban de popularidad.

A los factores reseñados hay que sumar un hecho de efectos imprevisibles: el fracaso de los Kirchner para instaurar una democracia populista. Esta requiere un liderazgo plebiscitario, mayoría en las cámaras legislativas, la defensa militante de lo nacional y popular contra enemigos nativos y foráneos, masas movilizadas en defensa del proyecto y medios de comunicación sometidos. En la antesala del Bicentenario, este proyecto está condenado. Pero su derrumbe se mide en términos de anomia, daño institucional, pujas sectoriales y mal humor social.

La conjunción de los elementos analizados augura un 2010 difícil, en caso de no prevalecer la lucidez. Si rige la lógica histórica, los Kirchner no podrán eludir el destino de un gobierno en desgracia. Por razones distintas, algunas legítimas y otras no, la sociedad argentina ya pronunció su veredicto adverso. Lo estamos viendo: el rechazo de la opinión pública, el cambio de relaciones de fuerza en el Congreso, la rebelión del peronismo y de los empresarios, la crítica de los medios y las incipientes causas judiciales cercan al Gobierno y no lo dejarán recuperarse.

El sistema no peligra, pero los problemas con los que llegaremos al Bicentenario son muy complejos. El peronismo, otrora garante de la gobernabilidad, está dividido y sin mística, y carece de un candidato nítido para 2011. El no peronismo sí lo tiene -es Julio Cobos-, pero no alcanza el consenso y la fuerza necesarios para gobernar.

El ex presidente dice que a la debilidad legislativa responderá con la calle. Los movimientos sociales se rebelan. El Gobierno es más agresivo a medida que pierde popularidad. Las identidades políticas no se restablecerán por una reforma electoral inconsulta. Y la economía promete inflación y déficit, lo que acrecentará el malestar de los argentinos.

Reordenar este escenario requerirá poder y legitimidad. Pero esos atributos están desperdigados. Nadie reúne la cantidad necesaria para marcar el rumbo. Es la consecuencia del largo desgaste de la clase dirigente y del veredicto difuso del 28 de junio.

El fracaso del Gobierno deja una sociedad maltrecha, resentida. No es el ánimo propicio para celebrar el Bicentenario. Aunque puede ser la ocasión para torcer el destino. La legitimidad dispersa deberá concentrarse. Y habrá que lograr acuerdos. La oposición posee la iniciativa y empieza a entender la demanda popular. Pero hay que cambiar de hábitos, de historia.

Los Kirchner no son la única causa de los problemas, sino la consecuencia de una cultura política en descomposición.

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