El imprevisto giro de Lula y Kirchner

Joaquín Morales Solá
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29 de febrero de 2004  

Ahora todo está en manos de la decisión política de los poderosos. Caía la noche del viernes, la ausencia de Néstor Kirchner le había devuelto a la Casa de Gobierno cierto clima sosegado y aquella referencia, en boca de uno de sus más cercanos colaboradores, aludía a la próxima decisión del Fondo Monetario Internacional sobre las metas del segundo trimestre del acuerdo de agosto último.

Pocos minutos después estalló desde Caracas una novedad bien guardada hasta entonces: Brasil y la Argentina decidieron emprender negociaciones conjuntas con el FMI en un impensado giro de la relación bilateral.

La noticia terminó dándole una explicación racional al viaje de Kirchner y Lula a la cruenta Caracas, donde no quisieron ir ni Vicente Fox ni Ricardo Lagos. ¿Para qué rodear al demagogo Chávez, que acaba de hacerle un inexplicable y sentido homenaje al sangriento dictador venezolano Pérez Giménez? ¿Qué podían hacer los presidentes democráticos latinoamericanos al lado de semejante agresión a la historia de la democracia?

El acuerdo entre Lula y Kirchner tiene, en cambio, un sentido. Ocurrió pocos días más tarde de que el ministro sueco de Economía dijo en público lo que sólo se conversaba en completa reserva: la propuesta argentina a sus acreedores es un peligroso precedente para el mundo, sobre todo cuando el enorme Brasil no está bien. El ministro de Suecia tuvo la virtud de la sinceridad y el mérito de despejar las viejas dudas: es el precedente y no el castigo lo que acosa a la Argentina.

El gobierno de Brasil tenía hasta ahora una posición a veces fría y otras crítica sobre los avatares argentinos por su deuda en default. El giro de Caracas incluyó, por eso, la promesa de Lula de que destituirá al delegado brasileño ante el FMI, una voz que objetaba con frecuencia a la Argentina.

Es necesario un esfuerzo de comprensión. Brasil hizo un ajuste bíblico en sus cuentas públicas hasta llevar el superávit fiscal al 4,5 por ciento de su PBI y respetó la totalidad de su deuda, cuyos intereses paga con puntualidad sajona. La Argentina ofreció desconocer el 75 por ciento de su deuda con los acreedores privados y se plantó en un 3 por ciento de superávit fiscal.

Existen matices que conviene consignar. Aquel superávit de Brasil comprende un presupuesto federal que incluye los monumentales fondos de pensión no privatizados. La Argentina renunció a esos recursos cuando privatizó el sistema previsional. Por otro lado, la Argentina es un país que quebró y Brasil logró gambetear esa tragedia con más flexibilidad que los gobernantes argentinos.

Lula y Kirchner llegaron a Caracas cada uno con sus propias aflicciones. La economía de Brasil entró en recesión en 2003 por primera vez en una década, según datos inesperados para su propio gobierno, que esperaba un crecimiento modesto, pero nunca una caída de su producción del 0,2%.

Durante el año último, Brasil le dedicó el 9 por ciento de su PBI al pago de intereses de su deuda homérica. La deuda siguió creciendo como consecuencia de los créditos que tomaba el gobierno para pagar esos intereses, fijados con tasas muy altas.

A Kirchner lo preocupaba aquella esquiva voluntad política de los principales países. La misión del Fondo Monetario que estuvo en la Argentina hizo un balance técnico inmejorable: por primera vez en décadas el país no pidió un waiver ni por promesas fiscales o monetarias incumplidas ni por promesas políticas demoradas. En el informe de la misión se incorporó, incluso, un párrafo, redactado en común con Roberto Lavagna, sobre la predisposición a negociar con los acreedores. ¿Sería suficiente?

Las semanas últimas estuvieron llenas de advertencias de parte de líderes muy importantes. El Tesoro norteamericano, el ministro de Economía alemán y el presidente español Aznar, entre otros, pusieron el acento en el proceso de la deuda más que en la recuperación de la economía argentina.

El laberinto es complicado: el gobierno argentino está convencido de que no puede pagar más de lo que prometió y el G-7 es reacio a aceptar el precedente de un país que repudió su deuda, oferta ahora una quita memorable y, encima, ha comenzado a resurgir desde las cenizas. ¿Y si otros países decidieran seguir ese camino de irreverencias?

Estados Unidos es un caso especial. Su nueva doctrina económica no comparte el criterio europeo de que todas las deudas deben ser honradas. De hecho, el ex mandamás de su economía Paul O´Neill les aconsejaba a los argentinos que le arrancaran más del 80 por ciento a la deuda privada.

Pero Washington tiene ahora demasiados conflictos con Europa como para agregarle el caso argentino. Prefiere respetar la opinión mayoritaria del G-7; es Europa, definitivamente, más belicosa que Washington cuando se trata de la Argentina.

Frente a la presión de los demás países del club más selecto del mundo, el G-7, ¿qué razones tendría Washington para defender a la Argentina? ¿Qué deuda política, en fin, tiene con Buenos Aires? Ninguna. En el mundo de las relaciones internacionales hay un banco de favores que se hacen y que se reciben con oportunidad y precisión.

La única razón norteamericana para seguir ayudando a la Argentina es, desde ya, la necesidad de no echarle más fuego al ardiente paisaje político de América latina. Sin embargo, el último mensaje de Washington repitió la salmodia del G-7: la Argentina debe hacer nuevos y urgentes gestos de conciliación con sus acreedores.

Otro conflicto eventual es con Francia, porque la cuestión de Aguas Argentinas no está resuelta. Hubo una confusión de los cancilleres que creyeron ver terminado el conflicto. No es así.

La empresa de aguas Suez, que tiene en la Argentina su inversión más grande en el exterior, aceptó suspender su juicio en los tribunales del Banco Mundial por el diferendo concreto con el país. Pero existe un contencioso paralelo: la Argentina cuestiona la legalidad de los juicios en esos tribunales y la empresa la defiende. La compañía francesa no puede renunciar a ese planteo abstracto, más que nada por irresolubles cuestiones internas.

Lavagna está dispuesto a firmar el acta del acuerdo mañana mismo, pero falta aún la decisión final del propio Presidente. El canciller francés, De Villepin, prometió regresar a la Argentina el 27 de marzo para inaugurar barrios donados por Francia, pero siempre que pueda presenciar el acuerdo del Gobierno con la compañía francesa. Francia votó a favor de la Argentina en la última reunión del FMI. ¿Hará lo mismo en adelante si fracasa la negociación con Aguas Argentinas?

Así estaban cuando Kirchner y Lula se encontraron en medio de una Caracas dividida y brutal. Ni a Washington ni al G-7 le gustaron nunca los clubes de deudores, pero ahora deberán aceptar que el precedente lo han creado ellos. ¿Qué es el G-7 a veces, si no un club de acreedores?

El acuerdo entre los dos le servirá a Lula para iniciar dentro de Brasil una gestión presupuestaria menos inflexible y, de paso, para advertirle al mundo que podría argentinizar su política. Kirchner podrá mostrar en la Argentina un importante triunfo estratégico, pero la construcción de una política concordante con Brasil lo obligará también a moderar su discurso y sus actos.

Lula puede darse algunos lujos en política internacional, pero nunca será el alumno díscolo del mundo financiero y económico. Lula ha hecho una leve rotación; Kirchner, también.

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