El incierto destino de la escuela

Por Guillermo Jaim Etcheverry Para La Nación
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7 de enero de 1999  

Durante las últimas semanas, inquietantes acontecimientos han vuelto a poner en evidencia la escasa importancia que tiene la educación para la sociedad argentina. Eclipsadas por asuntos sin importancia, que se nos presentan como trascendentes, noticias llegadas de diversos ámbitos del país han levantado fugazmente el espeso velo que oculta una grave realidad que nos cuesta admitir: está agonizando la concepción que dio origen a la escuela que conocimos.

¿Cuáles son algunos de esos signos alarmantes? Jóvenes provenientes de grupos sociales cultural y económicamente privilegiados ejercen una inexplicable violencia contra las instituciones en las que deberían haberse formado. No pocas veces los justifican sus padres y los toleran las autoridades educativas. Alumnos indignados por un fracaso escolar, entusiastamente asistidos por padres y hasta por abuelos, descargan cadenazos contra maestros y profesores.

Aprobados por decreto

Pasa casi inadvertida una situación que hubiera justificado un escándalo nacional: mediante un decreto, 134.500 alumnos primarios y secundarios acaban de aprobar el curso 1998 en una provincia porque, a causa de las huelgas, sólo asistieron a sesenta días de clase. Algo similar había ocurrido ya en 1997. En otra provincia se anticipó la finalización del año lectivo porque, según explicó su máxima autoridad educativa, los docentes, que desde hace tiempo no cobran sus salarios, no pueden afrontar el gasto de trasladarse hasta la escuela.

Los responsables de una institución educativa estimulan a sus alumnos a falsificar pruebas para mejorar los resultados de una evaluación y aumentar el prestigio del colegio (y su clientela). El director de otra escuela decide aprobar a un alumno reprobado en varias materias "como un acto de humanidad, porque debe viajar al exterior". No es infrecuente comprobar que ciertos estudiantes son promovidos para evitar así su deserción: la denominada "promoción social".

Aunque muchas de estas situaciones son excepcionales, constituyen sin embargo preocupantes señales de la profunda crisis que afecta a la valoración social de la educación entre nosotros. Parecen haberse desacreditado los fines que hasta ahora le asignábamos: la difusión del conocimiento y la socialización de niños y jóvenes. Es que progresivamente retroceden esas funciones tradicionales de la escuela y se privilegian otras nuevas: atender a los niños abandonados por sus padres (la "escuela guardería"), mantener a los adolescentes alejados del mercado laboral en el que no pueden insertarse (la "escuela estacionamiento").

El conocimiento interesa cada vez menos, a pesar de lo que pregona tanto vacío discurso acerca del próximo milenio. Lo que sigue interesando, y mucho, es el diploma que certifica presuntos logros, importando poco que éstos en realidad no existan. No se han oído protestas airadas de los padres de alumnos aprobados "por decreto" o "por razones de humanidad".

Como afirmó recientemente Jacques Julliard a propósito del caso francés, parecería haberse roto el contrato que vinculaba a la escuela, la República y los ciudadanos. Ese pacto prometía a la gente similares posibilidades de ascenso social gracias al trabajo y a la instrucción, aseguraba a la República la profundización de los lazos cívicos y garantizaba a la institución educativa y a los docentes el respeto, el sostén y la protección de la Nación.

Tecnología y espectáculo

Asediada por profundas transformaciones sociales, la escuela sucumbe ante el ataque del sistema mercantil, corporizado en un aparato de difusión que preconiza valores y normas que están en las antípodas de la moral escolar. La afectan el despiadado individualismo dominante y una ideología igualitaria que corroe el fundamento mismo de la experiencia educativa, que adquiere sentido cuando está basada en el respeto de la autoridad que da el saber. La idea misma de una empresa educativa nacional, de un servicio público, se desvanece aceleradamente y es reemplazada por un descarnado consumismo escolar, por el resultado obtenido sin importar el medio, por el descrédito de todo esfuerzo, por la resignación de todo ejemplo, por la justificación de todo exceso.

El acelerado proceso de banalización de la educación, que desesperadamente se busca "incorporar a la vida", es decir, a la realidad del espectáculo, junto con la desmedida confianza puesta en la tecnología para resolver los problemas de la enseñanza, ha conducido a la desacralización de la función de los maestros, en ocasiones con su colaboración activa.

Por otra parte, la ideología de la década de 1960, que concibió la escuela como un espacio democrático fundado no ya sobre la autoridad del saber sino sobre las relaciones de fuerza de docentes, alumnos y padres, la ha convertido en escenario de negociación permanente entre esos grupos. Las declaraciones de algunos protagonistas de los recientes acontecimientos comentados muestran que nadie se anima a decir que no, nadie asume el incómodo pero imprescindible papel de ejemplo.

Días atrás, un nuevo estudio de opinión confirmó lo que tantas veces comentamos: siete de cada diez padres argentinos están conformes con la educación que reciben sus hijos. No parecen advertir que ellos tienen dificultades para hacer simples abstracciones, para expresarse o para comprender lo que leen.

¿Educación para el trabajo?

El hecho de que se argumente que las pruebas están mal diseñadas o que se afirme que, aunque los estudiantes tengan dificultades para comprender textos complejos, pueden entender lo que les exigirán sus futuros empleadores (¿el precio de las hamburgesas, los títulos de los videos?) no hace sino confirmar hasta dónde estamos dispuestos a llegar para ocultar la mediocridad en que nos desenvolvemos. Esta empobrecedora y deshumanizante idea de la "educación para el trabajo" se consolida aceleradamente en la conciencia social.

Aunque felizmente no todo en el panorama educativo es negativo, las señales comentadas muestran que muy posiblemente nos encaminamos hacia la agonía irreversible de la institución escolar que conocimos. No resulta fácil la convivencia de la sociedad que tenemos, que endiosa el dinero, promueve la desigualdad y alienta la violencia, con la escuela que decimos querer, promotora del civismo, de la igualdad de oportunidades y de la racionalidad. Por eso, deberíamos pensar seriamente en rediscutir el contrato que dio origen a la escuela, y establecer con claridad qué esperamos de ella y qué esfuerzos, sociales y personales, estamos dispuestos a hacer para concretar tales expectativas. Porque, como afirma Julliard, es preciso advertir que "el debilitamiento continuo de nuestro sistema de enseñanza no es sino el signo más evidente, el más escandaloso, del naufragio espiritual de una sociedad incapaz de mirarse de frente".

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