El Kursk golpea la democracia rusa

Por Vyacheslav Nikonov Para LA NACION
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25 de agosto de 2000  

MOSCU

El hundimiento del submarino Kursk y la muerte de toda su tripulación, ¿hundirán también la revolución de Putin? Hasta ahora, el poder del presidente Putin había sido único en la historia de Rusia: se basaba en su gran popularidad, y estaba legitimado por el voto. Podía acobardar a los oligarcas del país hasta la sumisión y hacer que la cámara alta de la Duma se plegara a su voluntad; su popularidad era universal y los demás elementos del gobierno, desprestigiados en su mayor parte, lo sabían. Sin embargo, la forma en que manejó la crisis del Kursk dañó ese mandato democrático, porque se mostró tan desdeñoso de la vida humana como todos sus predecesores en el Kremlin. El éxito que tenga en recuperarse determinará si la revolución de Putin sigue siendo democrática o si regresará a la autocracia para alcanzar sus metas.

No tengo duda de que Putin encontrará gente a quién culpar por no haber buscado a tiempo ayuda del exterior para el submarino. De hecho, la crisis del Kursk podría ofrecerle la oportunidad de hacer una limpieza más profunda en las fuerzas armadas. La primera puesta a prueba de su capacidad de recuperarse serán las próximas elecciones regionales que se llevarán a cabo en toda Rusia. Entre octubre y diciembre, se disputarán más del 40 por ciento de las gobernaciones del país. Dado que la recuperación de la autoridad de Moscú sobre el resto de la Federación de Rusia es pieza central de la plataforma del presidente, necesita reparar su popularidad con urgencia.

Aunque las reformas de Putin a la cámara alta de la Duma han conseguido quitarle su excesiva concentración de poder y su inmunidad parlamentaria, los gobernadores conservan poderes amplios en sus regiones. Pocos pueden copar la escena nacional o desairar al Kremlin, como lo hacían durante la era de Yeltsin, pero su poder es real y controlarlos no va a resultar fácil.

Oligarcas temerosos

El dominio de Putin ya ha cambiado la forma en la que se conducirán las campañas. Ahora, el dinero es menos importante que hace apenas un año. Lo que interesa es controlar el poder administrativo. El nombramiento de prefectos presidenciales en toda Rusia le da al Kremlin un fuerte apoyo para dirigir la administración estatal. Puesto que las campañas serán más baratas, a los gobernadores les costrará trabajo comprar su reelección, porque sus contrarios podrán montar una oposición creíble.

Aun si un gobernador quisiera comprar una elección, las fuentes de financiamiento para las campañas se están secando. Putin ha atemorizado a los oligarcas, que en el pasado buscaron vínculos cercanos con los mandatarios locales con la esperanza de obtener su ayuda para apoderarse del control de fábricas, minas y otros bienes. De hecho, el "mensaje" directo que el presidente les ha enviado es claro: no se metan en política. Pero si los hombres más ricos de Rusia consideraran que el presidente está seriamente dañado, podrían volver a la política y financiar a sus oponentes regionales.

Sin embargo, aunque debilitado, Putin está recibiendo los beneficios de una economía que ha cambiado. Apenas el 17,9 por ciento de los electores potenciales consideran la situación del país "catastrófica", una proporción mucho menor que en cualquier momento después del fin del comunismo; sólo el 15,6 por ciento afirman que viven por debajo de la línea de pobreza. Las voces de protesta están disminuyendo. Más aún, el crecimiento económico se ve por todas partes. En algunos lugares, como la región de Chelyabinsk por ejemplo, aumentó un impresionante 25 por ciento en un año.

Este milagro económico ha permitido que algunas regiones se hayan puesto al día en el pago de pensiones y salarios atrasados. Está en juego un factor democrático de "sentirse bien". En esto, Putin ha conseguido algo único en la historia rusa: La gente está satisfecha con los logros económicos de su gobierno no debido a la propaganda, sino a que sus vidas están mejorando visiblemente.

Adiós a las ideologías

Esto significa que la gran batalla entre comunistas y reformadores democráticos que caracterizó a todas las elecciones desde 1991 es cosa del pasado. A la gente no le importa nada la ideología. Lo que les interesa son los precios, las oportunidades de trabajo, la salud y la educación. Quieren un gobierno que refleje sus valores humanos, como lo pone de manifiesto la respuesta a la crisis del Kursk. Las quejas sobre las restricciones a la libertad de prensa o a la libertad económica, tan populares en Moscú, no tienen gran resonancia en las provincias.

Por ello, aun si Putin se ve debilitado, el Kremlin puede confiar en que se deshará de los famosos "gobernadores rojos" de Bryansk, Volgogrado y Voronezh a través del funcionamiento normal de la democracia; esto es, si el Kremlin se asegura de que las votaciones en esas regiones sean relativamente honestas. Lo mismo se aplica para regiones que tienen gobernadores conocidos pero descarriados, como Kursk, con el gobernador Rutskoi (que encabezó el golpe en contra de Yeltsin en octubre de 1993) y Kaliningrad con su corrupto gobernador Gorbenko.

Pero en aquéllas regiones encabezadas por políticos fuertes -Astrakán, Chelyabinsk, Krasnodar y Stavropol, por ejemplo- el daño que ha sufrido Putin en la última semana disminuye sus posibilidades de sacar del poder a los líderes opositores. Hay en esto algo vagamente tranquilizador. Parece que ahora el poder presidencial depende del apoyo popular y, ¿acaso la democracia no se se basa en la aprobación de los gobernados? Si este resulta ser el caso, tal vez los marinos del Kursk no habrán muerto en vano.

© LA NACION y Project Syndicate

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