El legado económico que Macri procura dejar

Fernando Laborda
Fernando Laborda LA NACION
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16 de noviembre de 2018  • 00:01

La sanción de la ley de presupuesto constituyó algo más que una señal política al Fondo Monetario Internacional ( FMI ) y una primera garantía para el plan de estabilización. Ha sido el inicio de un camino del gobierno de Mauricio Macri tendiente a recuperar fortaleza política, tras los numerosos golpes que le asestaron la economía y la sociedad en este 2018.

Alcanzar un consenso político sobre el presupuesto para 2019 era el gran desafío para el gobierno nacional. Porque, más que nunca, estaremos ante una verdadera ley de leyes y no ante un simple cálculo de recursos y erogaciones. La razón es que por primera vez en mucho tiempo se busca el equilibrio fiscal primario, expresado en esa frase, "déficit cero", que es música para los oídos de algunos inversores y empresarios, y una amenazante desafinación para quienes están acostumbrados a vivir del Estado y del derroche de gasto público .

Hubiera sido preferible para muchos que el severo ajuste que propicia bajar el déficit fiscal desde el 2,7% del PBI a cero se caracterizara por un mayor esfuerzo en la disminución del gasto público antes que por más retenciones a las exportaciones e impuestos a los bienes personales y por postergaciones en reducciones de otros tributos. Sin embargo, al margen de ese debate, al mundo financiero le importa otra cosa: la real capacidad del gobierno macrista para convencer a su propia tropa y a algunos sectores de la oposición peronista de acompañarlo en esta batalla contra un desequilibrio fiscal que lleva décadas en la Argentina. De hecho, los mercados bursátiles festejaron ayer la noticia de la aprobación presupuestaria con una fuerte alza de las acciones, aunque el riesgo país volvió a subir.

Durante su primer año de gestión presidencial, Macri y sus operadores parlamentarios exhibieron particular cintura para que el Congreso aprobara un gran número de leyes, a pesar de hallarse el oficialismo en franca minoría. Ese proceso despertó lentamente una fuerte confianza de los agentes económicos, que se sumó al fin del cepo cambiario de la era kirchnerista y al fin del conflicto con los "holdouts" y terminó posibilitando en 2017 un crecimiento de la economía que concluyó con el triunfo electoral de Cambiemos.

Pero pasada la elección de medio término, que permitió aumentar el número de bancas legislativas de la coalición gobernante, sobrevinieron las protestas callejeras, las complicaciones con la oposición para acordar políticas, la postergación indefinida del blanqueo laboral y de otras reformas proyectadas en las relaciones laborales y la tormenta externa que terminó forzando la megadevaluación del peso frente al dólar y haciendo trizas las metas inflacionarias para 2018, originalmente del 15%, ya que el incremento de costo de vida finalizará cerca del 50% anual.

Por todo eso el significado de la aprobación de la ley de presupuesto es especial. Por un lado, porque el Gobierno puede mostrar una señal de cierta fortaleza política detrás del acuerdo parlamentario y, por otra parte, porque le ha puesto una lápida al plan gradualista.

El ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne , aunque con una frase políticamente incorrecta, se ocupó de transmitir la importancia del logro. "En la historia argentina, nunca se hizo un ajuste de esta magnitud sin que caiga un gobierno", dijo. No fue un error no forzado del ministro, sino una sobreactuación dirigida a persuadir a los agentes económicos sobre la existencia de una firme decisión del Gobierno por ordenar las cuentas públicas y a transmitir confianza a los mercados.

En los últimos meses, en medio de los indicadores del fracaso del gradualismo y de los cimbronazos en el mercado cambiario, muchos funcionarios habrán pensado qué legado en materia económica podría dejar un presidente como Macri que, esclavo de sus palabras, había hablado de la "pobreza cero" y de la importancia de ser evaluado en función de la caída de ese índice, o que antes de asumir había sugerido que la inflación era uno de los problemas más sencillos de resolver. Parece evidente, de acuerdo con proyecciones oficiales y privadas, que el actual Gobierno terminará su período constitucional con niveles de inflación y de pobreza bastante semejantes a los que heredó de Cristina Kirchner , y que también concluirá su mandato con un porcentaje de deuda pública sobre el PBI mucho mayor. Pero hoy, aquellos funcionarios saben que el mejor legado económico que puede dejar Macri , junto a una mayor transparencia en la obra pública, es el déficit primario cero.

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