El lento regreso de Peter Handke

Pedro B. Rey
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13 de octubre de 2019  

Tal vez convenga empezar a hablar de Peter Handke -ya que el Nobel trae de regreso su figura- con un homenaje indirecto al viejo mundo editorial argentino. Lo primero que llegó a mis manos del escritor austríaco fue su primera novela y no hubo que ir a buscarla a ningún lado: ya estaba ahí, algo envejecida, esperando en un estante. El ejemplar formaba parte de Narradores de hoy, la colección que sacaba el Centro Editor de América Latina a principios de los años setenta y que, después de tanto verla repetida en bibliotecas ajenas, sospecho impulsó más de una carrera lectora. El libro tenía su rareza: se llamaba Los avispones y contaba la historia con la "visión" de un ciego. Desde la contratapa, una foto quemada mostraba a Handke cuando era una joven promesa con dientes de conejo, flequillo y anteojos. Internet, como se sabe, reescribe la historia de manera sinuosa: esa edición precursora no se cita en ningún lado.

Tanto tiempo después no existe un solo Handke. Los avispones (1966) pertenecía a una época donde "todavía (lo dice el propio autor) se esperaba algo de los escritores jóvenes". Había algo objetivista, cierta construcción posmoderna en ese libro temprano. Las novelas que siguieron abrirían el paso a relatos de errancia, con personajes casi siempre en movimiento, que se perdían de manera algo sonámbula en los pliegues del mundo. Nombro solo dos: Carta breve para un largo adiós y Lento regreso. Los cinéfilos encontrarán el mismo tono en las primeras películas de Wim Wenders, que no solo filmó El miedo del arquero frente al tiro penal sino que tuvo a Handke como estrecho colaborador en sus mejores guiones. De hecho, la posterior desorientación del cineasta, ¿no habría que atribuirla a que el austríaco ya no tenía tiempo para él?

Handke se volcó más tarde a una particular forma de ensayo derivada de un nuevo hábito. Él, que siempre había despreciado los diarios, empezó a llevar uno. Fue una liberación, según confesó alguna vez, que reservaba su cuota de tristeza: "Apenas terminaba de escribir algo -declaraba por entonces-, había cosas que me olvidaba, que habían estado ahí un instante solamente. Y ese instante había desaparecido para toda la eternidad. Porque el instante tenía una forma, con palabras precisas que no volvían nunca (...) Ahora, aunque no tenga nada que escribir, escribo".

Para Handke -y ahí están sus ensayos sobre el cansancio, sobre un día logrado, sobre los lápices, el jukebox- escribir en sus libretas se volvió lo más parecido a respirar. Y la deriva no tenía fin: "Cuanto más intentaba recuperar esos instantes más se ampliaba el agujero que buscaba rellenar". Ese nuevo estilo, y la atmósfera de algunos de sus primeros libros, tendrían eco en cierta literatura argentina de los años noventa, que es cuando Handke -tanto después de aquellos avispones inaugurales- se puso de moda por un breve lapso. De la misma forma que los monólogos circulares de otro austríaco, Thomas Bernhard, dejaron su huella en novelas sin astucia ni razón, la reflexividad desconcertada de Handke marcaría relatos con más dudas que beneficios.

A fines de siglo pasado, sin embargo, Handke cometió un par de aparentes suicidios simbólicos. El más público y urticante resultó su defensa de los serbios cuando los bombardeos de la OTAN; el más privado y literario fue llevar a niveles de concentración inéditos su solitaria aventura estética. Por lo primero todavía lo señalan de manera acusadora los biempensantes europeos; en relación a lo segundo, más de un crítico de su idioma, el alemán, consideró que su literatura se había desviado sin retorno.

El ejemplo más extremo que conozco en esa línea es El año que pasé en la bahía de nadie: un escritor austríaco instalado cerca de París (hacía poco que Handke se había mudado ahí, el jardín donde el jueves, tras el anuncio del Nobel, recibió a varios periodistas) pasa el tiempo escribiendo en esa casa rodeada de naturaleza mientras imagina qué hacen sus amigos de viaje (un cantante, un lector, un pintor, una amiga, un cura, su hijo). Son setecientas páginas de ruminaciones solipsistas, descripciones de un puntillismo exacerbado que crean, según subtítulo, "un cuento de hadas de los nuevos tiempos".

Todavía hoy prefiero la desesperación en movimiento de Carta breve... esa road movie inclasificable que atraviesa todo Estados Unidos para terminar con una fabulosa charla con el cineasta John Ford, pero El año que pasé en la bahía de nadie produce el escalofrío de lo que parece inventado para el futuro. No vivía lejos de Handke cuando leí el libro. Una amiga austríaca que lo había tratado me consiguió su número de fax. Le escribí una, dos, una decena de veces para preguntarle por ese extraño cuento de hadas. Por suerte -tampoco yo lo habría hecho, se me ocurre- nunca contestó. No hay nada más imperdonable que hablar de enigmas sin explicación.

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