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El malestar que sacude al poder

Héctor D'Amico
Héctor D'Amico LA NACION
El prestigioso analista venezolano afirma que, en el siglo XXI, la autoridad es más fácil de adquirir,más difícil de utilizar y más fácil de perder que en cualquier otro momento de la historia
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23 de julio de 2014  

A diferencia de Robert Browning, el poeta inglés que imaginó el presente como el instante en que el futuro se derrumba en el pasado, Moisés Naím eligió una perspectiva más adecuada para documentar la profunda transformación que sacude al poder en el mundo sin que gran parte de la población la perciba, a pesar de que la padece en todas sus formas. Naím, por sus antecedentes académicos y profesionales, es uno de los intelectuales mejor dotados para describir no sólo cómo condiciona el futuro al presente, sino también a la hora de ordenar, reflexionar y darles sentido a los cambios que impone el tercer milenio. Su último libro, El fin del poder, tiene como protagonista a la política, pero es la hoja de ruta que permite comprender, en un sentido amplio, los desafíos a los que está siendo sometida la autoridad.

En el reportaje que mantuvo días atrás con LA NACION, Naím precisó la magnitud y complejidad del escenario. Estamos, advierte, ante un fenómeno global, relativamente nuevo, que no respeta fronteras, culturas, religiones, políticas, ni la soberanía de los Estados. Los síntomas son visibles de Moscú a San Pablo, de El Cairo a Singapur, pero el diagnóstico no es otro que la degradación del poder tal como lo conocemos. Es la pérdida de la capacidad para lograr que otros hagan o dejen de hacer algo, de impulsar o impedir las acciones actuales o futuras de otros grupos o individuos.

Ex director ejecutivo del Banco Mundial, ministro de Fomento de Venezuela, director del Banco Central de ese país, doctor por el MIT, ganador del Premio Ortega y Gasset de periodismo a la mejor trayectoria profesional y director de la revista Foreign Policy, Naím es uno de los más respetados analistas de la economía y la política internacional.

Apela a la síntesis del eslogan para definir lo que es, en verdad, un cambio de época. Afirma: "En el siglo XXI, el poder es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder que en cualquier otro momento de la historia".

Los casos que elige tienen la eficacia de una radiografía. Anota, por ejemplo, que en 1992, el CEO de una de las 500 empresas más grandes de la revista Fortune tenía un 36% de probabilidades de conservar su puesto durante cinco años, pero que en 1998, ese porcentaje había bajado al 25%. En el mismo período, la permanencia media de un CEO en una empresa norteamericana se redujo de diez a seis años.

El nacimiento del país más joven del planeta, Sudán del Sur, es el caso opuesto y sirve para ilustrar el lado positivo del nuevo orden en marcha. Proclamó su independencia el 9 de julio de 2011 y su creación fue posible gracias a la intervención de docenas de organizaciones no gubernamentales, incluidos grupos cristianos evangélicos. Es un milagro geopolítico focalizado en el corazón de África, pero que obliga a repensar de manera global si el poder militar seguirá estando vinculado de manera inequívoca al concepto de liberación y soberanía.

La Universidad de Harvard hizo su aporte al documentar lo que Naím define como "el creciente auge de las pequeñas fuerzas".Logró probar que en las guerras asimétricas que estallaron entre 1800 y 1849, el bando más débil, tanto en hombres como en armamentos, consiguió sólo el 12% de los objetivos que se propuso. Pero entre 1950 y 1988, los más débiles prevalecieron el 55% de las veces. Las cifras de Harvard ya están incorporadas a la historia militar del siglo XX.

Le pregunto algo elemental a Naím -por qué investigar la degradación del poder- y me responde con una confesión. "Porque también la sufrí", dice.

Es un intelectual pragmático, confiado en que la curiosidad y la duda siempre van de la mano cuando se trata de comprender, deducir unas ideas de otras hasta llegar a una conclusión. Lo opuesto, digamos, a dar por ciertas las verdades irreductibles de cada día. Fue en Caracas, primero como decano, después como ministro de Gobierno, donde se dio cuenta de que las limitaciones del cargo eran muy superiores a las responsabilidades, situación que lo ataba de manos si aspiraba a hacer algo por los demás. Pensó que era culpa suya, un problema de carácter.

"Con los años, lo hablé con muchos presidentes y todos habían pasado por lo mismo. Joschka Fischer, que fue vicecanciller de Alemania, recordó que de chico lo impactaban el tamaño de los edificios oficiales, los enormes despachos. Cuando llegó al poder se dio cuenta de que el propósito era disimular el hecho de que quienes estaban ahí adentro daban órdenes, pero sin que pasara mucho. Kofi Annan recordó algo parecido. La consola que tenía sobre su escritorio de secretario general de la ONU estaba llena de botones, pero al apretarlos lo que obtenía era muy poco. Fernando Henrique Cardoso todavía hoy se asombra de la idea desproporcionada del poder presidencial que tiene la gente. No quiero que los lectores de LA NACION piensen que yo opino que no existen personas con mucho poder, lo que digo es que muchos lo tienen de manera cada vez más restringida y efímera."

Hace una pausa y retoma el diálogo con un comentario al pasar acerca de la obligada foto de las cumbres de presidentes. Coincidimos en que el protocolo de las sonrisas más poderosas del mundo nació, en la Segunda Guerra, como un mensaje de confianza dirigido a la opinión pública, pero se ha ido vaciando de contenido. Al aumentar los problemas del mundo en forma exponencial, comenta Naím, los líderes sienten más que nunca la necesidad de mostrar que son capaces de dialogar. "Cuando esas cumbres no dan respuestas significativas o comprobables lo que consiguen las sociedades de los países allí representados es una foto, se crea la ilusión, la promesa de que podrán trabajar en forma mancomunada."

Entre los factores que impactan y banalizan la política, Naím identifica dos categorías, diferentes por su origen y forma de actuar, pero que dañan por igual la relación entre gobernantes y gobernados. Una es el "micropoder", que agrupa candidatos por lo general desconocidos, muchos sin experiencia, pero que irrumpen con éxito en un partido. Tres ejemplos bastan para entender el cuadro. Tiririca, un cómico brasileño, hizo campaña vestido de payaso y llegó al Congreso como uno de los dos diputados más votados de la historia. El canadiense Rob Ford ganó la alcaldía de Toronto pese a su fama, no desmentida, de maltratador, alcohólico y racista. Christine O'Donnell, militante del Tea Party, se postuló al cargo de senadora con una campaña cuyo argumento dominante era el rechazo a la masturbación.

La segunda categoría es la de "los terribles simplificadores", políticos y hombres de negocios con experiencia, asimilados al establishment, pero igualmente tóxicos para el sistema cuando sus propuestas disparatadas enfurecen a los votantes y contribuyen a empujar a la sociedad a su próxima crisis. Lo hizo François Hollande al anunciar un impuesto del 75% a la renta de los franceses más ricos que fracasó. También las empresas de Internet que provocaron una criminal burbuja económica en Wall Street vendiendo a precios increíbles activos que no tenían. O los senadores y legisladores que desde sus bancas prometieron eliminar el déficit fiscal de los Estados Unidos, nada menos, sin tocar un solo impuesto.

Conociendo su posición crítica sobre el tema, rescato dos frases que en su momento Naím arrojó como dardos sobre los gobiernos populistas de América latina, entre los que incluye al de la presidenta Cristina Kirchner. Una es: "El poder para perdurar necesita una audiencia cautiva". La otra: "Más peligroso que el populismo es el continuismo". Dice que son la etiqueta de dos malas maneras de hacer política. Aclara, sin embargo, que en el caso particular de la Argentina, el mayor obstáculo es que el país tiene un serio problema de aprendizaje. "Cuando se repiten ciclos durante décadas y se los vive como algo inevitable, son tan responsables los gobiernos como los votantes. Me hace pensar en esos chicos que, a pesar de ser sanos, cultos, inteligentes, igual tienen dificultades para aprender. Los argentinos no han podido y no pueden resolver colectivamente la tarea de sacar conclusiones de su propia experiencia. Quizás eso explica que haya sido el único país en la historia que pasó de desarrollado a subdesarrollado. Y su situación no va a mejorar hasta que la gente decente acepte meterse en la política, sea creando nuevos partidos o intentando penetrar los existentes, sacando a los plutócratas y burócratas que los han controlado."

Le recuerdo que Miguel Ángel Bastenier, columnista del diario El País, destacó la condición endogámica del justicialismo al describirlo como "el líquido amniótico en el que ha vivido en suspensión la política de la Argentina contemporánea". Nadie podría estar en desacuerdo con esa definición, afirma, pero tampoco nadie sabe qué significa o qué representa hoy el peronismo. "No olvidemos que fue utilizado para casi todo: políticas de extrema derecha, de extrema izquierda; para apoyar una cosa y lo contrario; para respaldar a un líder y a quien se le oponía. Cuando una cosa significa tantas cosas al final no significa nada."

Saber que el vicepresidente Amado Boudou está investigado en cinco causas es una suerte de déjà vu para alguien que en sus columnas ha denunciado tantos escándalos de políticos encumbrados.

"No opino sobre Boudou, pero quiero recordar, porque es útil, que en investigaciones como éstas siempre hay un patrón recurrente. Se lo conoce como lucha contra la corrupción basada en el escándalo. Funciona así. Primero, se detecta un hecho de corrupción; la noticia llega a los medios; enseguida toma fuerza una impugnación de alcance nacional; se abre un proceso judicial; el proceso se extiende en el tiempo y la opinión pública se aburre; pronto, el escándalo es reemplazado por otro que termina repitiendo el mismo patrón. En países como la Argentina, cuando se trata de casos de corrupción, la relación riesgo-rendimiento es siempre desigual: el riesgo es bajo y el rendimiento muy alto."

La mención del papa Francisco es de rigor cuando se pone la lupa sobre los desafíos que golpean al poder arraigado de las grandes religiones. La competencia global por las almas, como la denomina Naím. Su mirada sobre el primer papa no europeo de la historia es de afecto, esperanza y, al mismo tiempo, poco convencional.

La competencia por los fieles, precisa, es ahora muy diferente a las escisiones históricas por cuestiones dogmáticas. Una explicación es que las generaciones jóvenes ya no siguen necesariamente la religión de los padres, un fenómeno que resulta muy preocupante. Otro cambio es que las religiones tradicionales están compitiendo con grupos insurgentes, como las comunidades de base, las denominadas iglesias orgánicas, cercanas pero no jerárquicas, que desafían desde adentro tanto a la Iglesia Católica como a la Iglesia Anglicana. Algo parecido está ocurriendo en el islam, que nunca fue centralizado, y comprueba que las escisiones son consecuencia de interpretaciones opuestas que estudiosos e imanes difunden utilizando los medios digitales en todas sus formas.

Éste es el marco, explica Naím, en el que un hombre en muchos sentidos excepcional llega a Roma y rompe una hegemonía de siglos al jugar con normas y un estilo al que nadie estaba acostumbrado, sobre todo en el Vaticano.

Naím recomienda ser cautelosos respecto de lo que pueda revertir, de la dimensión de los cambios. "Tengamos en cuenta que el Papa, a su manera, también es un insurgente, en su forma de operar, en cómo avanza en la reestructuración del Vaticano. Es el símbolo mayor del insurgente: el que arriba a un centro de poder tradicional, enfrenta los escándalos sexuales y el lujo en su propia casa. A su manera, está tratando de acabar con los monopolios tradicionales, con las elites históricas y los megajugadores que dominaron la curia y el Vaticano."

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