El mañana electoral

Julio Barbaro Para LA NACION
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9 de diciembre de 2009  

Somos una sociedad que arrastra delirios de grandezas perdidas, en su dificultad por transitar presentes con demasiadas culpas y escasos logros.

Hay dos expresiones que, al convertirse en sentencias, lastiman y detienen la necesaria apuesta al futuro. Una le impone al peronismo la obligación de cargar con todas las frustraciones y la otra corresponde a la visión de quienes lo consideran único propietario de los aciertos y del mañana electoral. Ambas son perjudiciales en la medida en que nos convierten en una sociedad que carga una división trágica, de la cual no puede ni siquiera intentar salir.

Si el peronismo al que pertenecí tuvo sus importantes aportes, el uso desmesurado de su nombre, en manos de los que sólo lo ven como un instrumento para sus ambiciones, intenta cuestionar lo mejor de su legado. Como sociedad, resultan tan ilógicas las referencias a viejos sueños de grandeza como su visión opuesta, según la cual cometimos todos los errores que nos condenan a algún infierno mediocre.

Sin sueños de grandezas perdidas ni miedos a decadencias eternas, podemos, en cambio, intentar un rumbo con humildad y proyecto, una salida en sincronía con los hermanos vecinos, superadora de las demencias de algunos economistas extremos y de ciertos revolucionarios trasnochados. Los lugares comunes, según los cuales sin el peronismo no se puede gobernar, sólo remiten a cercanas frustraciones, como si algún destino las obligara a retornar.

No imagino que estemos obligados a gestar una memoria colectiva única para poder abordar con madurez el futuro, mientras que sin duda necesitamos aceptar los balances de aciertos y errores de cada recuerdo, y asumir que la realidad es más importante que el intento de imponer una memoria acorde con mis deseos.

Las fuerzas políticas que sobreviven tienen todas elementos para aportar y culpas para obligarse a la humildad. Ni siquiera la universal confrontación entre la acumulación capitalista y la distribución necesaria escapa, en nuestras tierras, a la degradación, que la disimula entre las consignas y las apetencias.

Han estallado todos los moldes de partidos políticos. Algunos estamentos que recorrieron el poder intentan reiterar sus experiencias, más ligados a las prebendas recibidas que a los escasos logros concretados para el conjunto social.

La horrenda dictadura arrastró tras ella un pensamiento integrista y decadente; los noventa dan por agotados la teoría de la debilidad de los estados y la mágica riqueza de los economistas privados; con el gobierno de la Alianza se desvanecieron los acuerdos de opositores sin ideas y, en el presente, estamos superando el casual abrazo entre la desmesura sin valores y la conjetura de que todo desborde se asemeja a una posible revolución.

Los doscientos años nos encontrarán soportando la soberbia de los necios y en la angustiosa espera de la humildad de los sabios. Y es entonces cuando el pasado nos obligará a aceptar su transcurso como realidad y no como chivo expiatorio de frustraciones diversas.

Hemos superado con dolor aquellas opciones que, por su sectarismo, necesitaban eliminar a sus contrarios y necesitamos asumir con coraje la tarea de gestar un proyecto colectivo entre las distintas opciones sobrevivientes.

El peronismo es un pedazo de historia demasiado extenso como para que sea ignorado. Quizás haya llegado el momento en que cada quien haga silencio en el momento de opinar sobre la fecha en que supone comenzaron nuestros males. Yo podría ubicarlo en 1966 o en 1976, y si debiera dar una sola fecha, marcaría la de las privatizaciones de las empresas públicas de los 90 como el nacimiento de la miseria y la desmesura de la deuda.

Pero para apostar al futuro, necesito hacer silencio, si de esa manera logramos instalar una salida política que nos devuelva la confianza en el futuro.

Ni hablar del decadente debate que se intenta instalar entre el orden y la justicia, como si todo desorden tuviera en sus raíces un sentido trascendente. Asombra que algunos imaginen un corte de ruta como una expresión de otra cosa que no fuera el absurdo desgranarse del poder estatal, que todavía existan quienes apuestan a algún espontaneísmo como si éste fuera una forma valiosa en sociedad alguna.

Desde el lugar del peronismo, a la noción del orden social, desde la justicia distributiva a la necesaria relación entre trabajo e ingreso, desde la importancia del papel del Estado, todo está cubierto por un manto de una supuesta confrontación ideológica que no es más que la pobre vestimenta de diferentes grupos de ambiciones.

El Estado sigue encerrado en su torre, convertido en territorio de beneficios y favores mientras las viejas derechas, al cuestionarlo, recuerdan sus errores y le devuelven una escasa legitimidad. En el medio, una sociedad desorientada se muestra cada vez más enojada con el Gobierno y menos enamorada de alguna salida posible.

Los viejos partidos han tenido demasiadas fracturas y desvíos como para ser considerados como una estructura política válida para expresar cualquier opción determinada.

La nueva ley en juego terminará por definir estructuras partidarias donde los caciques constituyen la triste degradación de las ideas, donde votar no implica optar por un rumbo para el conjunto, sino tan sólo por un sector beneficiario del uso del poder del Estado.

Peronistas y radicales, socialistas y conservadores tienen hoy la obligación de gestar proyectos definidos que sustituyan orígenes tan fuertes en el ayer como anodinos en el hoy. Sabemos de sobra de dónde venimos. Sólo por un salto de calidad y por una convocatoria a diferentes orígenes, estaremos en condiciones de gestar un nuevo atisbo de esperanza.

Sobre el lugar común de la falta de salida y de la irremediable semejanza de todos los políticos, donde nos instaló la desazón, debemos organizar un proyecto en el que las propuestas resulten más importantes que los hombres que las comparten.

Desde el orden social hasta la justicia distributiva, desde el modelo sindical hasta la enfermedad de las reelecciones, desde la integración regional hasta nuestro lugar en ella, todos los grandes temas de la política están en la mesa para su discusión. Ese es el lugar de la política del futuro, las ideas que se impongan sobre los conflictos por resolver.

Pareciera que la memoria de los 70 hubiera dejado la horrible marca según la cual las ideologías conducen a la peor de las batallas, como si sobre esa memoria desvirtuada se intentara imponer el pragmatismo de los oportunistas.

Urge el retorno al debate de las ideas, las propuestas sobre temas concretos, la superación del agravio y de la acusación que proviene del resentimiento para transitar la sobriedad de los que pueden forjar el camino.

Los sellos del pasado se quedaron vacíos, debemos responder a las preguntas que el presente nos exige. Entre tanto, esos nuevos partidos todavía carecen de nombre y de respuestas.

© LA NACION

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