Reseña: Leonardo y Maquiavelo, de Patrick Boucheron

El más probable y menos conocido de los encuentros
Ana María Vara
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27 de enero de 2019  

Leonardo Da Vinci y Niccoló Machiavelli compartieron espacios y proyectos. Curiosos y preocupados por su época, no pudieron no saber uno del otro, no pudieron no haber conversado. Sin embargo, no hay documentos que los vinculen. ¿Cómo salvar ese vacío? ¿Cómo completar la línea de puntos que une a dos de las figuras más importantes del Renacimiento? Patrick Boucheron, profesor del Collège de France y presidente del consejo científico de la École Française de Roma, se atreve en Leonardo y Maquiavelo, siguiendo el camino de unos pocos historiadores ilustres, entre los que se cuenta más recientemente Carlo Ginzburg. En su recorrido, escribe no solamente historia sino también un tratado sobre cómo escribir historia.

Crédito: Sebastián Dufour

La narración arranca el 22 de junio de 1502 en el palacio de Urbino, uno de los más hermosos de la época. César Borgia, hijo del papa Alejandro VI y duque de Valentinois, lo acaba de tomar. Leonardo es figura destacada de su corte, y muy probablemente reside en el palacio a comienzos de julio. El 24 de junio, por la noche, llega Machiavelo, secretario de la Cancillería florentina, enviado en misión diplomática.

"El encuentro tuvo lugar, y nada sabremos de él", cuenta Boucheron. "Tres hombres se cruzan, sin duda se hablan, intercambian una visión en parte común (lo adivinamos puesto que conocemos sus escritos y sus acciones ulteriores) acerca del modo en que los hombres fuerzan el curso de las cosas, pero no podemos decir nada, por lo menos si resistimos valiéndonos de los escrúpulos del historiador, que solo avanza a pie seco, que solo atraviesa el curso del agua vadeando, apoyándose en textos como el paseante se apoya en los guijarros", explica sobre su oficio, con una metáfora elocuente.

Habrá otras coincidencias significativas. Los tres pasarán largos meses en Ímola entre fines de 1502 y comienzos de 1503. En sus cartas, Maquiavelo menciona a "otro depositario de los secretos del duque" y a "uno de los nuestros". La alusión sirve a Boucheron para discutir la posibilidad de que Leonardo actuara como doble agente, de Florencia o del rey de Francia.

Por ahí, por ejemplo, avanza la novela del ruso Dmitri Merezhkovski, El romance de Leonardo Da Vinci, cuyo comentario sirve al historiador para reflexionar sobre sus métodos y sus límites. También sobre sus riquezas: el abanico de alternativas y la discusión de las pruebas puede ser más interesante que decidirse por un único relato imaginario.

Pero, sin dudas, es en los formidables planes sobre el desvío del Arno que Leonardo y Maquiavelo parecen estar más cerca. Los florentinos tienen en Pisa un rival indomable: ataque tras ataque, quedan a las puertas de la ciudad situada aguas abajo, sin poder vencerla. El proyecto de reencauzar el río ofrece ventajas económicas, para aprovechar sus aguas con molinos y regadíos, pero también para anegar la ciudad enemiga.

Hay varios croquis de Leonardo sobre las obras, técnicamente avanzados y animados por una característica "vibración estética", en la descripción de Boucheron. Maquiavelo, por su parte, es "el infatigable promotor del proyecto". El autor de El príncipe confiesa en una carta a la Cancillería: "Tenemos semejante deseo de que esta empresa sea perfecta que no hemos pensado en otra cosa".

Entre julio de 1503, cuando Maquiavelo defiende por primera vez el proyecto y Leonardo es consultado para elaborar los planos, y agosto de 1504, cuando dos mil obreros comienzan a excavar un canal, "no faltan indicios de una colaboración entre ambos hombres en la empresa florentina de defensa territorial", destaca Boucheron. Retomando su metáfora clave, resuelve cómo debe avanzar el historiador: "No es un rompecabezas, sino acaso un vado que atravesar para seguir el curso de esa inquietud común".

Profundo y fascinante, Leonardo y Maquiavelo es una pequeña obra maestra, que nos llega intacta en traducción impecable.

Leonardo y Maquiavelo, Patrick Boucheron, Trad.: Agustina Blanco, FCE, 189 páginas, $ 379

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