El mejor policía

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16 de diciembre de 2001  

El cabo primero Diego Enrique Chávez ha sido distinguido como el mejor policía del año en la provincia de Buenos Aires. El Senado y el Poder Ejecutivo bonaerenses confirieron ese honor a un joven poseedor de una destacadísima foja de servicios, que en el transcurso de 2001 puso en dos ocasiones su vida en peligro extremo para proteger a reclusos adolescentes que se habían amotinado.

Como suele ocurrir en esos trances, el disturbio fue acompañado por el incendio de enseres; en el otoño pasado una reja candente estampó indeleblemente su trama en la espalda del servidor público. Hace un mes, al intentar controlar el fuego que consumía unos colchones y rescatar, a la vez, a cuatro menores, la inhalación de monóxido de carbono le produjo al cabo Chávez un principio de asfixia y quemaduras en las vías respiratorias, por lo que estuvo cuatro días en el hospital Fiorito, anecdóticamente junto con los mismos muchachos descarriados que había conseguido salvar.

Ahora se ha hecho justicia y es bueno reconocer a las autoridades el mérito de haberla sabido concretar con premura y de haber difundido el hecho. Vale, sobre todo, la decisión de dar a conocer fuera del ámbito policíaco ese comportamiento ejemplar, esa devoción por el cumplimiento del deber esencial que llevó a un agente del orden a sacrificarse en beneficio de aquellos de cuya seguridad se sentía responsable.

La ajetreada sociedad de estos días, cercada por el temor y la desconfianza, necesita estar al tanto de conductas como la premiada. La sociedad requiere, imperiosamente, tener plena certeza a propósito de la calidad y la abnegación de los hombres que la sirven, pues la desesperanza y el escepticismo que suelen embargarla sólo pueden ser contrarrestados mediante la conciencia de que cerca y vigilantes se encuentran caracteres nobles, fuertes y decididos, que hacen un culto del compromiso de servir al bien común.

Pero las circunstancias hazañosas en que participó el cabo primero Chávez admiten otra lectura que es inexcusable mencionar. Pues lo anterior, pese a la verdad profunda que consigna, está anclado en el fondeadero de las abstracciones y las generalidades. Normas, leyes, instituciones y conceptos son elementos precisos en torno de los cuales se constituye y alcanza plenitud la vida; pero no son personas. La seguridad, el deber, la confianza pública son nociones fecundas, pero carentes de carne, de hueso, de angustias. Del otro lado está un hombre de 29 años, casado, padre de tres hijas, puesto en trances de los que ha tenido la fortuna de salir bien, pero de los que muchos otros han salido mal.

Y para nada es una generalidad sino una reiteración de miles de otros casos que ese hombre reciba 500 pesos como emolumento mensual y cobre otro tanto por un trabajo paralelo de custodio privado. No en vano la reseña que LA NACION dedicó a describir las circunstancias que movieron a otorgarle la mencionada distinción llevó el siguiente subtítulo: "Todo por 500 pesos". Y sí, es así; la sociedad pide mucho y compensa muy poco, aparte, por supuesto, de que no hay en el mundo retribución o salario que equivalga al precio de una vida. Sin embargo -y seguramente porque se rigen según otra escala de valores-, siempre existen hombres humildes y leales que se sacrifican por el prójimo, no pocas veces hasta donde más no se puede, sin reparar en ventajas materiales.

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