El microcentro, un caos

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20 de marzo de 2000  

EL problema del tránsito en el microcentro de la ciudad de Buenos Aires sigue siendo preocupante. En 1999 fue concretado el ensanche de algunas aceras y la consiguiente reducción del espacio disponible en sus calzadas. Asimismo, se anunció un novedoso y sofisticado sistema de control del acceso a esa zona y fueron difundidas las nuevas normas que en ese ámbito regirán la circulación de los vehículos públicos y los particulares.

Han transcurrido casi seis meses desde que dichas medidas quedaron listas para entrar en funcionamiento. Sin embargo, al día de hoy ninguna ha sido puesta en vigor y tan injustificable demora ha convertido el microcentro en una verdadera jungla donde la única ley que impera es, precisamente, la de la selva.

Las aceras ensanchadas no sólo se han transformado en inmejorables mostradores en los cuales los vendedores ambulantes despliegan impunemente sus mercancías sino que, también, son utilizadas como playas de estacionamiento de motos y ciclomotores que hacen caso omiso de la existencia de los lugares especialmente habilitados para esa finalidad.

Tampoco son respetadas las reglamentaciones del tránsito, especialmente las referidas a la prohibición de estacionar, las que establecen los horarios de carga y descarga de mercaderías y las que rigen el ingreso de vehículos, actualmente irrestricto a pesar de la añeja obligación de controlarlo.

Todas esas circunstancias provocan prolongados y fastidiosos embotellamientos del tránsito vehicular, agravado por la permanente presencia de vehículos transportadores de caudales que por allí circulan o se encuentran estacionados y por la gran cantidad de taxis que se desplazan sin pasajeros, algunos de los cuales son utilizados para perpetrar la modalidad delictiva conocida como salidera de bancos. Hace unos días, el gobierno porteño anunció el operativo denominado Tránsito Solidario, que estará a cargo de efectivos de la Policía Federal y que será aplicado a partir de hoy. Es responsabilidad de las autoridades locales preocuparse porque esa iniciativa sea puesta en práctica con pleno rigor, estricta equidad e imprescindible continuidad. Así lo imponen la impostergable necesidad de solucionar la caótica situación imperante, la obligación de darle una finalidad útil al dinero y el tiempo invertidos para realizar esas obras y, en forma primordial, el respeto al cual son merecedores los vecinos, que en muchos casos han contribuido a solventarlas, pagando puntualmente sus obligaciones fiscales.

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