El mito peronista de la abundancia

Daniel Bilotta
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14 de diciembre de 2017  

El peronismo tiene por el mito una predilección única. Es la narración que mejor le sienta para explicar por vía de lo fantástico cada crisis que atravesó en la historia. De aquel inicial con el avión negro en el que regresaría su líder del exilio a nuestros días, ese relato sufrió distorsiones. El héroe semidiós capaz de concretar hazañas fuera de alcance para un simple mortal ya no se ubica en el campo de los valores propios, sino en otro más ajeno, pero no identificado, precisamente, con el del enemigo.

Tal vez para justificar el acuerdo que las nuevas autoridades del PJ bonaerense institucionalizarán con Cambiemos en la Legislatura, esta modalidad reciente alude a la supuesta abundancia de dinero en las arcas del Tesoro que tendrá María Eugenia Vidal con la reforma fiscal, que elimina el artículo 104 del impuesto a las ganancias y el tope de 650 millones de pesos al Fondo del Conurbano, congelado en ese monto desde 1996.

Se trata de la virtual reinterpretación de otro mito peronista. El de las desbordadas arcas del Banco Central por lingotes de oro: acumulados por esa razón en los pasillos de la entidad y convertidos, literalmente, en obstáculos. Refuerzo de la idea de una edad dorada en la Argentina de los años 50 bajo un gobierno de ese signo. Con desparpajo que parece inherente al cargo en el nuevo siglo, algunos intendentes del conurbano toman como base cierta de cálculo la leyenda que ayudan a construir y divulgar: "Si Daniel Scioli hubiese tenido el 10% de esos recursos hoy sería presidente". Es curioso. De los $ 20.000 millones que el gobierno bonaerense recibirá este año mientras se tramitan las reformas, el 16% se distribuirá entre los jefes comunales.

Es decir, $ 1200 millones más que los que hubiese precisado el ex gobernador si se sigue una lógica que, es seguro, no les servirá para ponerse de acuerdo sobre quién competirá con Vidal -si es que resuelve ir por un segundo mandato-, a juzgar por la dificultosa reorganización partidaria que debería confirmar el 17 de diciembre a Gustavo Menéndez como su nuevo titular. Junto a los intendentes de La Matanza y Lomas de Zamora, Verónica Magario y Martín Insaurralde, respectivamente, el de Merlo es potencial candidato en esa disputa.

Pero no todos comparten esa hipótesis. A dos meses de las elecciones que convirtieron a Mauricio Macri en presidente en 2015, un ex ministro de Scioli y un veterano ex legislador del peronismo bonaerense, reconocido por su oposición a los Kirchner desde tiempos de Néstor, compartieron almuerzo en los alrededores de La Plata. Para sorpresa del segundo, el primero le confesó el alivio porque su jefe político no fue el ganador. Perplejo ante lo que escuchaba, el ex legislador preguntó por qué. "¿Te imaginás a Cristina diciéndole: «Daniel, me quedo a vivir en Olivos, porque me gusta», y él respondiéndole: «Está bien Cristina, me arreglo con Villa La Ñata...»".

La anécdota es útil para ilustrar la ausencia total de reclamos al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner por parte de Scioli. A la inacción de esos ocho años, Hernán Lacunza, ministro de Economía de Vidal, le atribuye 3 de los 10 puntos de coparticipación federal perdidos: del 28% histórico a un 18%. Los otros 7 puntos corresponden al pacto fiscal de 1988, más recordado como el del presidente Raúl Alfonsín y el gobernador Antonio Cafiero que convalidó esa quita con el argumento de darle gobernabilidad al sistema democrático.

Vencedor en las internas del PJ y luego elegido para suceder a Alfonsín, Carlos Menem aportó una solución parcial que hizo recrudecer, a la larga, el problema. Ideó en 1991 el Fondo del Conurbano con el 10% del impuesto a las ganancias para favorecer la candidatura a gobernador de Eduardo Duhalde. Pero ordenó al Congreso congelarlo en 1996 para perjudicar a Duhalde en la carrera presidencial.

Según el ministro de Economía de Vidal, recién en 2019, cuando se le reconozca $ 65.000 millones de pesos, se llegará al 23% de lo que percibe la provincia por ese concepto. A valores de 2017, la distribución del Fondo del Conurbano expresa inequidad crónica. Cualquier habitante de la Argentina recibe en promedio 4000 pesos, con excepción de los bonaerenses a quienes les toca el equivalente a un pocillo de café en Capital y Gran Buenos Aires: 40 pesos.

Hay otra perspectiva que contribuye a comprender por qué esta reasignación de recursos es apenas una reparación. Aun después de haber triplicado su valor desde 2016, el Servicio Alimentario Escolar (SAE) tiene per cápita casi 17 pesos. Es lo que recibe en alimentos cada alumno que asiste a un comedor en un establecimiento educativo público. La ciudad de Buenos Aires destina 62 pesos por cada almuerzo, en una dieta que incluye desayuno o merienda ($ 7) y refrigerio ($ 12).

Pero más inquietante todavía es el pasivo en infraestructura de los últimos 20 años y estimado en casi 500.000 millones de pesos por el Ministerio de Economía: una exorbitante desinversión que impidió la construcción y el mantenimiento de calles, rutas, cloacas, hospitales y la realización de las imprescindibles obras hidráulicas.

Cautelosa para no irritar sensibilidades políticas, Vidal evita arrogarse lo que podría suponer una resignificación semántica de la consigna más emblemática en la propaganda gubernamental de la era K: no fue magia. Es lo que le impide reivindicar una maniobra audaz respaldada por Macri. El inicio de una ofensiva judicial para reclamar 400.000 millones de pesos por el Fondo del Conurbano ante la Corte Suprema, que involucró por decisión del tribunal al resto de las provincias en el expediente y fue la clave para forzar una negociación.

El acuerdo también pone fin a las demandas por deudas cruzadas entre la Nación y las provincias, excepto en el caso de San Luis, y deja a salvo a los gobernadores de explicar una paradójica inversión del federalismo que suelen reivindicar, pero que en este caso lucía sustituido por un unitarismo casi salvaje por el cerrado rechazo a que la situación de Buenos Aires fuese resuelta. Efecto colateral de un revisionismo histórico aplicado en forma tardía. La base de ese entendimiento pasa por convertir todos los recursos previstos por el artículo 104 de Ganancias en coparticipables y por la compensación de la Nación a las provincias que deban cederlos para que Buenos Aires recupere en forma parcial lo que venía perdiendo: en dos años llegará a 13.000 pesos por habitante en ese concepto. Mejor que los actuales 10.000, pero lejos de los 30.000 en promedio de los de otras provincias.

El peronismo parece desoír esos argumentos e insiste en instalar el mito de la abundancia para explicar el éxito político de Vidal en la provincia, al amparo de lo efectiva que siempre le resultó esa fórmula, pero que esta vez luce una atípica vulnerabilidad. No basta para justificar la incapacidad de corregir esta anomalía en el apogeo del kirchnerismo como actor central del poder. Lo extraordinario de ese tipo de relato enmudece cuando el sentido común lo invalida por demasiado increíble.

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