El mito y el hambre

Por Rodolfo Rabanal
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31 de enero de 2002  

En su número del 11 del actual, el periódico británico The Times Literary Supplement edita una carta de Buenos Aires escrita por Anthony Howell, donde se narra minuciosamente de qué modo el autor toma clases de tango y baila en la Confitería Ideal con elegantes señoras de fino talle y tacos altos.

Howell, a quien no conozco, ha instalado en su imaginación, como muchos otros visitantes extranjeros, la naturaleza mítica de Buenos Aires a partir -y es casi un cliché- del tango, los vetustos salones barriales y la obra de Jorge Luis Borges. Con zapatos acharolados y ropa adecuada, el escritor inglés aprende el arte del dos por cuatro bajo cielos rasos remotos. Al leerlo, uno se pregunta dónde estamos, en qué tiempo, en qué edad. Hasta que, de pronto, irrumpe el presente con manifestantes que golpean cacerolas y derrumban gobiernos, saqueadores que dicen tener hambre y violentos que simplemente destrozan cuanto encuentran a su paso.

En un abrir y cerrar de ojos, la lejana Buenos Aires al borde del caos "estable" se viste de leyenda, como si la peligrosa situación ruinosa en la que nos hallamos certificara el ingreso de la ciudad a una categoría de nostálgico prestigio, a un estadio superior de la evocación intelectual y artística desde la que es posible señalar grandezas perdidas sin comprender del todo la estampida que hoy la aqueja.

* * *

Para Howell, como para Umberto Eco en 1970, Buenos Aires es una ciudad de laberintos, de elegancias mustias, de gente "paqueta" venida a menos y de bellas mujeres que hablan más de un idioma. En menos de un mes sentimos que han pasado años y que todo lo bueno quedó atrás. El escritor y periodista canario Juan Cruz, la semana pasada dedicó una larga endecha a su "Buenos Aires querido" desde el diario El País, de Madrid. Para Juan Cruz, Buenos Aires era una fiesta de viva cultura y de hermosas calles en el centro occidental de América del Sur, una leyenda que no se resigna a perder.

Mientras que en los despachos de la banca internacional, ojos calculadores sólo ven en Buenos Aires una cifra que no cierra, otros, evidentemente, han comenzado a construir un cuadro distinto, la pintura de una ciudad magnífica, refinada, inmensa, culta, pero de pronto arrasada, aislada, como si fuera Roma en el siglo IV o Trieste después de la última Guerra Mundial.

Cuando el cronista Anthony Howell deja la Confitería Ideal -el perfecto escenario para un film de Leopoldo Torre Nilsson- y sale con su pareja tanguera al calor enfurecido de la calle, le pregunta a un saqueador por qué hace lo que hace, y éste le responde: "Porque tengo hambre". Con esas tres palabras, la realidad encarece la leyenda.

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