El Movimiento que puede destruirlo todo

Jorge Fernández Díaz
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23 de diciembre de 2018  

La primera lección que le dieron los estrategas tuvo que ver con sus principios. Ningún candidato ganaba las primarias del partido si no era enfáticamente contrario a la legalización del aborto , y resulta que durante años el aspirante había ayudado con fondos a quienes la promovían. "Es que esos demócratas de mierda gobiernan todas las ciudades -se excusó Trump-. Hay que hacer hoteles. Hay que untarles". Los estrategas le explicaron a continuación cómo debía denominarse a sí mismo a partir de ahora. Donald soltó de inmediato: "Entonces yo soy, ¿cómo has dicho que se dice? ¿Provida? Estoy en contra del aborto, soy provida, ya te lo digo". Steve Bannon, su Maquiavelo, se sentía impresionado por esa prueba de flexibilidad y quizá por su positiva falta de escrúpulos. Luego trató de implantarle la idea básica: el sistema democrático era manejado por las elites y estaba amañado. Trump, entusiasmadísimo, lo interrumpió: "¡Me encanta! Eso es lo que soy yo. Soy un popularista". Bannon lo corrigió: "No, no. Es populista". A lo que Donald insistió: "Eso, eso, un popularista".

Más adelante, el gurú lo convenció de que sintetizara toda su táctica proselitista en no más de tres conceptos. La economía iba para abajo por culpa de la globalización, y sus oponentes electorales estaban cómodos gestionando el declive: ellos eran ineptos y corruptos. Nosotros defendemos a los "olvidados": "Vamos a acabar con la inmigración ilegal y limitar la legal para restablecer nuestra soberanía; vamos a recuperar los trabajos del sector manufacturero para el país, y vamos a salir de las guerras extranjeras sin sentido. Hillary es el pasado y nosotros somos el futuro", le apuntó. Nada más, eso era todo. La simplificación perfecta que las redes sociales meterían en la conciencia colectiva con la velocidad de un balazo. Donald no debía moverse de ese guion sencillo, pero a poco de comenzar debió hacerlo por culpa de una serie de contratiempos. El más grave sucedió a las 16.05 del 7 de octubre de ese año cuando The Washington Post publicó un artículo: "Trump grabado en 2005 alardeando durante una conversación muy subida de tono sobre las mujeres". En el audio, el "popularista provida" se vanagloriaba de su destreza sexual, y decía específicamente que podía manosear y besar a las damas a su capricho. "Cuando eres una estrella, te dejan hacerlo -confesaba-. Puedes hacer lo que se te antoje. Cogerlas del coño". La traducción cerrilmente ibérica permite publicar aquí de manera textual ese epíteto deplorable y grosero. En el idioma de los argentinos resultaría directamente irreproducible. En tiempos de #MeToo , de alta sensibilidad de género y de potente revolución femenina, parecería que ningún político podría resistir un sincericidio de este calibre. Y, sin embargo, Donald Trump lo resistió. Aconsejado por su estratega, hizo una breve declaración: "No era más que una broma de vestuario, una conversación privada que tuvo lugar hace muchos años. Bill Clinton me ha dicho cosas mucho peores en el campo de golf, mil veces peores. Pido disculpas si alguien se ha ofendido". No fue suficiente, los donantes se retiraron, parecía el fin. Pero Bannon le sugirió que siguiera contrastándose con el marido de Hillary: "Vamos a comparar lo que usted ha dicho con lo que él ha hecho". Donald estaba perplejo, ¿era posible dar vuelta el partido? Steve le respondió: "Reservamos el salón de baile del Hotel Hilton para esta noche. Lo pondremos en Facebook y conseguiremos mil tarugos -término despectivo con que señalaba a los seguidores incondicionales de Trump- con gorras rojas. Y va a haber un mitin de la hostia y va a atacar a los medios de comunicación. Vamos a doblar la apuesta. ¡Que se jodan! ¿A que sí?". También movieron a Melania: "Las palabras que usó mi esposo son inaceptables y me ofenden. Pero no representan al hombre que conozco -declaró-. Tiene el corazón y la mente de un líder. Espero que la gente acepte estas disculpas, como yo he hecho, y se centre en los importantes problemas a los que se enfrenta nuestra nación y el mundo". Y esa misma tarde, el marido tuiteó: "Los medios y el establishment quieren desesperadamente que me retire. ¡Pero nunca lo haré!".

Todas estas escenas surgen de Miedo, la extraordinaria crónica de Bob Woodward que tanto disgustó a la Casa Blanca. El mítico investigador del Watergate revela allí secretos alarmantes acerca de la ignorancia y la impulsividad de quien maneja la principal economía del planeta y acaricia todos los días el botón rojo del destino humano. Pero una de las mayores revelaciones que surgen de sus páginas es sin duda la astucia del inefable Steve Bannon, a quien la revista Time llama "El gran manipulador": un consejero que promovió la división social, la xenofobia, el enfrentamiento, el aislacionismo y el odio a los periodistas. Exoficial de la Marina, excineasta y alumno destacado de las universidades de Georgetown y Harvard, primero se hizo rico con Goldman Sachs y luego se transformó en el gran ideólogo del nuevo nacionalismo. Acompañó a Trump en los primeros meses de gestión y ahora se ha instalado en Bruselas, con la declarada intención de destruir la Unión Europea y coordinar lo que él llama El Movimiento, término que para los españoles tiene tintes franquistas; es porque no han leído nuestras Veinte Verdades. Esta suerte de Internacional Populista promueve y articula a los partidos más peligrosos del globo. Muy especialmente a Matteo Salvini, que gobierna desde Roma, donde también hace furor estas Navidades la novela verídica M, de Mussolini: "Italia es hoy la vanguardia", decretó Bannon. En Hungría dijo que "Orban fue Trump antes que Trump". Se regocijó con el preocupante triunfo de Vox en Andalucía, y trabajó en la metamorfosis de Marine Le Pen, a quien le sugirió exclamar: "No estamos solos". Macron es, para este think tank, un blanco estratégico, puesto que representa no solo la vocación por el comercio internacional, sino también el centro. La democracia es esencialmente centrista puesto que allí, hacia uno y otro lado del espectro pero dejando afuera los extremos, se han establecido siempre los acuerdos profundos de gobernabilidad pacífica. También los llamados populistas de izquierda atacan el centrismo, y tratan de convencer a los progresistas de que abracen sus banderas dando por terminada la experiencia republicana. Y sobre todo animados porque, en teoría, Occidente pronto se debatirá únicamente entre un populismo de derecha y otro de izquierda: solo hay que elegir en qué trinchera pertrecharse. Si eso fuera cierto, y la sociedad más próspera e igualitaria de la historia de la civilización se hundiera para dejar paso a estos políticos "incendiarios y fratricidas" (Javier Marías dixit) que solo piensan en dividir e industrializar el resentimiento, y que tienen una dinámica de radicalización, las naciones estarán destinadas a guerras civiles y cruzadas expansionistas. Este es el gran fenómeno del año, y tal vez de la década; el fantasma que recorre Europa y América, y que se potencia gracias a la revolución tecnológica, a través de la cual hoy es fácil crear burbujas de sentido, revueltas volcánicas y enemistades mortales: allí es posible desacreditar la labor del periodismo ("los medios son los perros guardianes del sistema", Bannon dixit), instalar una cultura de fake news y convertir a un patán en un "líder patriótico". Que se convertirá con el tiempo en un caudillo autoritario. Bienvenidos al nuevo mundo, y feliz Navidad.

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