El muchacho bueno y el predicador malo

Por Carlos Alberto Montaner
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29 de octubre de 2000  

MADRID.- ¿Qué revelaron los debates entre Bush y Gore? Fundamentalmente, dos personalidades diferentes. Bush comparece como un tipo sencillo, jovial, campechano, vulnerable, tal vez algo inseguro. Gore se presenta como todo lo contrario: dominante, convencido de su superioridad intelectual, más serio. Los dos -además- se asemejan a sus voces. Bush habla en un tono cálido, pero relajado. Gore engola la voz, la imposta como los locutores antiguos o como Mario Lanza cuando cantaba O sole mio . Bush siempre parece que te va a hacer un cuento de polacos o de curas. Con Gore, en cambio, temes que te dé una lección sobre la pérdida de la capa de ozono y el riesgo de contraer cáncer en la coronilla que amenaza a los lapones.

Si la pregunta no fuera quién debe ser el próximo presidente de los Estados Unidos, sino con cuál se sentiría más a gusto jugando una partida de póquer, probablemente Bush ganaría con facilidad.

En estas elecciones parece que esto es importante. El país va bien, no hay grandes peligros en el horizonte, el desempleo es más raro que los enanos albinos, y no existen nuevos temas que estremezcan a la sociedad. Sobre el aborto, la pena de muerte o el derecho a portar armas -viejos puntos de fricción y debate-, ya se ha dicho casi todo, lo que ha provocado una especie de sordera general sobre estos grandes asuntos. La ecología ha pasado de moda y la inmigración es un problema tabú del que nadie quiere hablar porque, como reza la vieja advertencia, "cualquier cosa que se declare puede ser tomada en contra".

Los dos candidatos, además, sólo interpretan variantes sobre el mismo tema. Bush, como buen republicano reaganista, propugna una reducción del gasto público y una mayor responsabilidad individual. Gore, descendiente directo del demócrata F. D. Roosevelt, cree que el gobierno central debe desempeñar un papel mucho más decisivo. Las dos posturas se traducen, claro, en un debate sobre la intensidad de la presión fiscal: Bush ofrece menos impuestos y menos servicios. Gore, más impuestos y más servicios.

¿Quién propone el mensaje ganador? Probablemente Bush. A las puertas del siglo XXI la sensibilidad social del norteamericano está más cerca de Reagan que de Roosevelt. El propio Clinton triunfó cuando se apoderó del discurso republicano. En general, la percepción de la labor del gobierno no es muy buena. La mayor parte de la gente confía más en su propio esfuerzo y en los de la sociedad civil que en el sector público. De ahí el énfasis constante de Bush en presentarse como el hombre de la calle, distante de esa inepta burocracia que malgasta insensiblemente los dineros recaudados mediante los impuestos. Gore, sin embargo, apela a otro mercado electoral, quizá más difuso, pero también multitudinario: el de las minorías (negros, hispanos, madres solteras, ancianos, niveles sociales medios y bajos) que sí aprecian y desean mayores cuotas de protección estatal.

En suma: estamos ante una oferta política casi perfecta dentro del contexto político norteamericano. Bush es un republicano moderado. Gore es un demócrata moderado. Ambos reflejan al 95 por ciento de la sociedad norteamericana.

En realidad es una bendición que en las elecciones sólo se discutan temas cuantitativos y no cualitativos. Contrariamente a lo que piensan muchos críticos de la democracia norteamericana, tener que elegir a un presidente por sus rasgos corporales, su body language , y la personalidad que se le supone demuestra la solidez del sistema. Nada fundamental se juega en las urnas. No hay sobresalto. Todo es maravillosamente aburrido, pastoso, carente de dramatismo. Es bueno que, al menos en Estados Unidos, y de forma creciente en Europa, sean muy pocos quienes pretenden derribar el modelo de economía de mercado y democracia liberal. Es reconfortante que todo lo que se discuta sea el perfeccionamiento creciente del sistema y la más apropiada asignación de bienes y servicios.

En todo caso: ¿gobernará mejor Bush o Gore? Dependerá de tres factores: como sople el ciclo económico planetario -la globalización nos afecta a todos-, los asesores que uno u otro elijan, y los cambios tecnológicos y científicos que irrumpan en el mercado. De la combinación de esos tres elementos saldrá la cuenta final de resultados. A Clinton, que nació de pie, le salieron bien los tres.

De los dos candidatos sólo conozco personalmente a uno: a Gore. Estuve con él a solas unos escasos 15 minutos, y los dedicamos íntegramente a hablar de Cuba y de mi inevitable compatriota Fidel Castro. Se comportó, por cierto, como en los debates: fue enérgico: assertive , como dicen los norteamericanos, y me explicó la inmensa repugnancia que le provocaban el Comandante y su dictadura.

Por aquel entonces, 1996, la aviación cubana había derribado dos avionetas norteamericanas sobre aguas internacionales, asesinando a cuatro muchachos cubanoamericanos de Hermanos al Rescate que buscaban náufragos y balseros para auxiliarlos. Entonces su gobierno se proponía apretarle más las clavijas al régimen de Castro, y Gore andaba por Europa con esos planes bajo el brazo.

La verdad es que no me hizo mala impresión: no era el tipo de gente ideal para jugar póquer, pero tampoco eso me preocupaba demasiado.

Al fin y al cabo, yo no juego póquer.

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