El mundo, y el país, están locos, muy locos

Carlos M. Reymundo Roberts
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3 de noviembre de 2018  

River dejó afuera de la Copa Libertadores a Gremio, y Boca, a Palmeiras. ¡Cruje el Mercosur! En realidad, cruje por el triunfo de este señor Bolso, que con ese apellido debería figurar en los cuadernos de la corrupción kirchnerista. En sus primeras declaraciones, el futuro ministro de Economía de don Bolso puso al Mercosur en el horno, y cuando quiso rectificarse resultó menos creíble que el Día de la Lealtad peronista.

A estas alturas deberíamos preguntarnos si el mundo, como el título de aquella película de los años 60 (ojo, no es que yo la haya visto: me la contaron mis abuelos), está loco, loco, loco. Según el ya célebre teorema enunciado por el mendocino Raúl Baglini en los años 80 (en este caso me enteré por boca de mis padres), las propuestas de un candidato son directamente proporcionales a su posibilidad de llegar al poder: cuanto más cerca, más responsables, más racionales, menos zarpadas. El teorema de Baglini, tan sencillo y certero, murió con Trump. Cuanto más se acercaba a la Casa Blanca, más loco parecía, y sigue haciendo de las suyas desde el Salón Oval. Es cierto que la economía norteamericana vuela, pero también volaron, al estallar en mil pedazos, las buenas costumbres, los códigos de convivencia internacional, la previsibilidad, la negociación y no la cultura del Far West como forma de superar conflictos. Sobre las huellas de Trump caminó don Bolso, escandalizando a casa paso, y le fue muy bien. Qué difícil habrá sido el papel de Haddad, su rival. Además de cargar con el muerto de la herencia corrupta del PT, de loco no tiene nada.

El trabajo de los asesores de campaña se ha vuelto complejo y seguramente estarán en el proceso de quemar todos los manuales. Ahora parece que para triunfar hay que hacer un culto de lo políticamente incorrecto. En cualquier momento vamos a escuchar, en los mítines electorales, ideas como estas: "La institución del patriarcado está en un peligroso retroceso", "el que mata a un ladrón tiene 100 años de perdón", "¡a los enemigos, ni justicia!" (uf, se me volvió a escapar el gorila) y "es hora de que los abuelos se pongan a laburar".

¿Creen que hablo en broma? Esta semana lanzó su campaña presidencial el diputado salteño Alfredo Olmedo, el de la campera amarilla. Lo de la campera amarilla, esa que no se saca nunca, no es una referencia: es una definición. Como que no hace falta agregar más nada, ¿no? Pues bien, se presentó y dijo que su ministro de Economía va a ser Javier Milei (qué otro, claro), que piensa cerrar el Banco Central (lo cual tiene sentido: nuestro Banco Central es la Reserva Federal), que repondrá el servicio militar, que admira a Bolsonaro y que paremos con esto de los homosexuales. "Soy el Olmedo argentino", anunció. La reencarnación de Rucucu. Un grande, Alfredito. No le tiene miedo al ridículo, condición indispensable en estos tiempos. Que marche una encuesta de intención de voto. Con fritas.

El mundo está loco, loco, loco. ¿Y la Argentina? Sube la nafta aunque baje el petróleo, y suben los precios de la canasta familiar aunque baje el dólar. María Eugenia Vidal se reunió con Tinelli , y no se sabe cuál de los dos anda de casting. Juan Grabois, el dirigente marxista amigo del Papa y líder de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, acusó a Nike de esclavizar a sus operarios y de sobornar a jueces para que persigan a los que venden imitaciones; y después se presentó a un programa de TV luciendo zapatillas... Nike. La Cámara Federal le quitó al juez Luis Rodríguez la causa por lavado de dinero contra Daniel Muñoz, aquel secretario de Néstor Kirchner que gracias a su habilidad para atender las llamadas y ordenar café pudo comprar propiedades en el exterior por más de 70 millones de dólares. A Rodríguez no lo acusan de demorar la causa, investigar mal o filtrar información a la prensa, sino de favorecer a los acusados; como que se equivocó de laburo. En Santa Cruz, un grupo de encapuchados copó una estancia de Lázaro Báez en busca de plata enterrada; cuando les sacaron las capuchas, al frente de la banda estaba un sujeto que dijo llamarse Máximo Kirchner. El obispo Radrizzani pidió perdón por la misa de Luján en la que tuvo de monaguillos a los Moyano: una sorpresa, porque hasta entonces pensábamos que los que iban a pedir perdón eran los Moyano. Está todo tan raro que debe de ser la primera vez en la historia en que un obispo se disculpa por celebrar una misa.

Por suerte, en medio de este gran berenjenal, Macri aportó una cuota de racionalidad. Se puso al frente del clamor para que, en los partidos por la final de la Libertadores, los hinchas de River puedan ir a la Bombonera, y los de Boca, al Monumental. Obviamente, protegidos por un gran dispositivo de seguridad, con más policías que hinchas, e incluso con la Gendarmería protegiendo a los canas; el Ejército, a los gendarmes, y la Fuerza Aérea, a los milicos. Algunos podrían pensar que el Presidente estaba ocupándose de la maltrecha economía, del aumento del delito o de la inserción de la Argentina en un mundo cuya configuración está cambiando dramáticamente. No, señores, se está ocupando de las cosas importantes.

Que ruede la pelota. Que no se detenga el espectáculo. Que llore la Biblia junto a un calefón.

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