El nervio de una vida

Sobre Bailando en la oscuridad, de Karl Ove Knausgaard
Débora Vázquez
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10 de julio de 2016  

Decirse escritor y escribir como Karl Ove Knausgaard (Oslo, 1968) es como haberse recibido de ingeniero para dedicarse a construir edificios con bloques de lego. Esto no significa que el autor noruego sea infantil –tampoco lo son los lego– sino que la redacción de su novela autobiográfica se asemeja a lo que solía llamarse el grado cero de la escritura. Una escritura espontánea, despojada, casi oral y carente de estilo, que Knausgaard consideró a priori "un suicidio literario". Y sin embargo, eso que a primera vista le había parecido tan banal, reiterativo e insignificante al propio novelista ha sido lo que lo llevó a tener una cantidad inusitada de lectores dentro y fuera de su país natal.

Sus detractores, los puristas de la prosa, argumentan que la portación de cara ayuda (una hipótesis con la que seguramente coincida la gente de marketing de la editorial española, que alterna retratos del divo nórdico en las portadas de cada volumen de la saga) y algo de razón tienen, porque Knausgaard es sin duda el actor más apto para representar su vida.

El autor de La muerte del padre es una suerte de solista que siempre toca unplugged. Vale por su intimidad y por sus defectos. Nada de lo humano le es ajeno. Hay una abolición de la distancia con el lector. Un exhibicionismo que se parece a un pacto de voyerismo consentido. El experimento no es del todo novedoso pero funciona y permite penetrar en su mente como en ¿Quieres ser John Malkovich?, film en que los protagonistas eran capaces de acceder al interior del famoso actor a través de un extraño túnel. En los libros de Knausgaard, absolutamente terrenales, el túnel vendría a ser humildemente la lectura.

Más dialogada y casi privada de momentos ensayístico-filosóficos, Bailando en la oscuridad, cuarta entrega de la serie, es la menos literaria de todas. Su protagonista tiene dieciocho años y aterriza en un minúsculo pueblo del norte de Noruega para oficiar de maestro. Obsesivo con su imagen, inseguro en su sexualidad, propenso a los excesos de alcohol, categórico, hormonal, hipersusceptible y eternamente avergonzado por su virginidad, es un adolescente de manual en la era del walkman. Las bandas que suenan en sus oídos son Simple Minds, Talking Heads, Sting y David Bowie, y sus lecturas van de Hemingway a García Márquez, pasando por Joyce, Hamsun y Tolkien.

La cronología del período en que Karl Ove trabaja como maestro se ve drásticamente interrumpida por un flashback de más de doscientas páginas que da cuenta de los últimos años de su bachillerato. El final es esperable, ¿pero quién lee a Knausgaard para llegar a un final? Más bien pocos, sobre todo porque aún quedan por delante dos tomos más.

El especial don de Knausgaard para hacer tangible el terror que sentía ante la presencia del padre, o para hacer creíble la vergüenza infinita, tan próxima a la humillación, que experimentaba ante las pequeñas tragedias de su infancia, se ve eclipsado en este volumen por una cuestión argumental. Por un lado, su padre ya no vive con él, y por otro, el consumo de alcohol le permite romper con las inhibiciones que lo paralizan. Los excesos con la bebida terminan por lo general en escenas escatológicas bastante hiperrealistas, por no decir desagradables. Y los momentos proustianos, esa piedra de toque infalible en sus libros anteriores, tienen en éste una potencia limitada, producto de su juventud, y no logran provocar en el lector auténtico vértigo.

Bailando en la oscuridad es uno de esos libros con los que no conviene hacer trampa. Abrirlo en la mitad, leer el principio o espiar el final no serviría de nada. Knausgaard vale sólo si se lo acompaña de punta a punta; vale por su duración. En sus páginas hay episodios mejores que otros, pero ningún aleph brillando al pie de una escalera. Hay triunfos modestos: el logro de que lo contraten para reseñar discos en un diario local; fallidos intentos por ocultar su atracción por alguna alumna de su clase; o injusticias tontas, como cuando la abuela le prohíbe la entrada porque omitió darle la plata de Navidad a su hermano. Todo un mundo de insignificancias que, casi sin querer, hacen al nervio de una vida.

BAILANDO EN LA OSCURIDAD

Por Karl Ove Knausgaard

Anagrama

Trad.: K. Baggethun y A. Lorenzo

538 páginas

$ 395

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