El Nobel y la bacteria de la úlcera

Por Guillermo Jaim Etcheverry Para LA NACION
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4 de octubre de 2005  

"Estaba cambiando el mundo, pero el mundo no lo advertía." Así se refería hace algunos años un médico de Sydney, Australia, a su colega y compatriota Barry Marshall. Junto con Robin Warren, también australiano, Marshall había postulado en 1983 que una bacteria presente en el estómago causaba en muchos pacientes la inflamación del órgano (gastritis), así como úlceras gástricas y duodenales. El mundo ya lo ha advertido, porque ese hallazgo acaba de ser reconocido por la Asamblea Nobel del Instituto Karolinska de Estocolmo con el Premio Nobel en Fisiología o Medicina 2005.

La historia del Helicobacter pylori -la bacteria en cuestión- es apasionante porque desnuda los prejuicios que deben vencer quienes formulan planteos opuestos a los dogmas dominantes en un determinado momento histórico. En 1979, Warren, quien se desempeñaba como patólogo en el Hospital Real de Perth, Australia, encontró una bacteria poco común alojada en las zonas inflamadas de las muestras de estómago extraídas de enfermos de gastritis. Ese hallazgo fue recibido con escepticismo: si bien desde 1875 se conocía la presencia de bacterias espiraladas en el estómago, se pensaba que era un artefacto, ya que todos habían aprendido que las bacterias no podían sobrevivir en el medio ácido del estómago. Sin embargo, Warren prosiguió sus estudios y confirmó que la presencia del germen era frecuente y que estaba estrechamente vinculada con un tipo específico de gastritis.

En 1981, un gastroenterólogo del hospital, Barry Marshall, se aproximó a Warren en busca de un proyecto de investigación. El resultado de esa colaboración fue lo que muchos consideran el logro más significativo de la medicina australiana de los últimos decenios.

Warren y Marshall, nacidos respectivamente en 1937 y 1951, estudiaron un numeroso grupo de pacientes. Se exploraba en ellos el interior de la cavidad gástrica, mediante la endoscopia. Confirmaron la vinculación de la gastritis con la bacteria y advirtieron que ésta se hallaba en todos los pacientes con úlcera duodenal, en la mayoría de quienes tenían úlcera del estómago y en la mitad de los pacientes con cáncer gástrico.

En 1982 lograron hacer crecer la bacteria fuera del organismo. Como casi siempre en la ciencia, intervino la suerte. Durante más de un año intentaron sin éxito cultivarla hasta que, en una semana de Pascuas, los cultivos quedaron inadvertidamente en la incubadora. Esa prolongación del lapso utilizado hasta entonces, de dos a seis días, determinó el crecimiento exitoso y el aislamiento del microbio. Se lo identificó como el Helicobacter pylori, debido a su forma helicoidal y a su hallazgo en el píloro, la región del estómago que antecede a la primera porción del intestino delgado, el duodeno. La respuesta de la comunidad científica fue de gran escepticismo, porque durante años se venía sosteniendo que la úlcera resultaba de la exagerada producción de ácido como consecuencia del stress, de la ingesta de alimentos agresivos y de otras causas similares. Afirmar que era una enfermedad infecciosa equivalía a una herejía sin fundamento. Sin embargo, el grupo de Perth continuó reuniendo evidencia para fundar su teoría, que sostenía que la infección era causante de gastritis que, a su vez, podían generar úlceras en el revestimiento mucoso del estómago.

Convencido de que no había mejor manera de demostrar su hipótesis, el propio Marshall ingirió un cultivo de la bacteria. A la semana comenzó con síntomas agudos de gastritis y las biopsias demostraron que había desarrollado tanto la infección con el H. pylori como una severa gastritis aguda. Recurriendo al bismuto - que hasta entonces se había utilizado para tratar las úlceras sin conocer el mecanismo - y a los antibióticos, logró erradicar por completo la bacteria y mejorar.

Entre 1985 y 1987, Warren y Marshall estudiaron el uso de antibióticos como tratamiento de la úlcera. Encontraron que el 80% de los pacientes se curaba de manera permanente con la erradicación del H. pylori, lo que replanteó el tratamiento de la úlcera gastroduodenal. El uso de los antibióticos es actualmente aceptado como componente esencial en ese tratamiento, que ha transformado una enfermedad crónica y recidivante en curable.

¿Cómo sobrevive la bacteria en el ambiente ácido del estómago? Warren demostró que se aloja en el epitelio superficial, cubierta con una gruesa capa de mucus. Encontró también que produce gran cantidad de una enzima que descompone a la urea en amoníaco y anhídrido carbónico, formando una capa alcalina protectora en torno de la bacteria. En base al hallazgo de esta ureasa, se desarrolló una prueba que permite contar con el diagnóstico a los 20 minutos de realizada la biopsia de la mucosa digestiva y comenzar de inmediato el tratamiento. También se desarrolló un análisis no invasivo que permite establecer la presencia de ureasa en el estómago y, por ende, del H. pylori, luego de la ingestión de urea radiactiva, determinando la concentración de anhídrido carbónico en el aire espirado.

A partir de estos datos, cedió la resistencia y se multiplicaron exponencialmente los estudios acerca de la relación del H. pylori con la patología digestiva que se observa en nueve de cada diez úlceras. Se han publicado sobre el tema miles de trabajos, se han realizado innumerables reuniones internacionales y la asociación de la bacteria con la enfermedad ulcerosa ha dado origen a una industria floreciente. La investigación en este campo ha permitido avances importantes, que van desde la biología molecular, identificando los mecanismos de protección de la bacteria y los vinculados con su interacción con la mucosa gástrica, hasta el estudio de migración de poblaciones que se siguen por las variaciones en la constitución genética del H. pylori. En 1997, se identificó su genoma completo, resultado del trabajo cooperativo de 42 autores en seis laboratorios.

De parias científicos, Warren y Marshall pasaron a recibir las más importantes distinciones, como los premios Warren Alpert en la Universidad de Harvard, Paul Ehrlich en Alemania, Ernest Florey en Australia, Lasker y Benjamín Franklin en los EE.UU., entre muchos otros. Esta historia tan curiosa culmina ahora con el Premio Nobel compartido por ambos investigadores, que les fue anticipado en los años pasados debido al innegable impacto de su hallazgo.

Tal vez un aspecto importante, que señala la Asamblea Nobel, es que el descubrimiento de que una de las enfermedades más comunes, la úlcera péptica, tiene un origen microbiano y puede ser curada de manera rápida con importantes beneficios económicos y sociales, ha estimulado la búsqueda de gérmenes como posibles causas de enfermedades inflamatorias crónicas, como la ateroesclerosis, entre otras. Aunque no contamos aún con respuestas definitivas, datos recientes sugieren que una alteración en el reconocimiento de productos microbianos por parte del sistema inmunológico humano puede contribuir al desarrollo de esas enfermedades. "El descubrimiento del H. pylori ha permitido una mejor comprensión de la vinculación entre la infección crónica, la inflamación y el cáncer", dice la Asamblea Nobel para destacar las implicancias generales del hallazgo que reconoció este año.

En esta época en que la creación científica parece ser posible sólo como resultado de un emprendimiento casi industrial, la saga del H. pylori demuestra el poder de la observación y la creatividad de un solo individuo ayudado por tecnologías sencillas. También muestra el resultado de persistir en el esfuerzo aun cuando la comunidad científica demuestre su incredulidad. La ciencia es una actividad humana y, como tal, requiere de todas las condiciones que hacen a cualquier emprendimiento que encaramos los seres humanos. Conserva su agudeza la afirmación de Albert Szent Gyorgi, también premio Nobel: "El descubrimiento consiste en ver lo que todos han visto y pensar lo que nadie pensó".

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