El Norte y el Sur

El norte de América latina está señalando un derrotero mejor, gracias por cierto a su proximidad con los Estados Unidos
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27 de agosto de 2000  

LOS esquemas que ponen en evidencia la estratificación del sistema internacional suelen dividir el mundo en dos regiones diferentes: en el norte reina el desarrollo y en el sur, como una deuda pendiente imposible de reparar, late permanentemente el problema del subdesarrollo. Estos modelos, muy difundidos hace ya más de cuatro décadas, no suelen tomar en cuenta las diferencias que se manifiestan en el hemisferio norte (Rusia, en los últimos diez años, ofrece una patética muestra de subdesarrollo de nuevo cuño), ni tampoco destacan los cambios que sobrevienen dentro de una misma región.

Si generalizamos con ánimo reduccionista, América latina configura una región desde México hasta Tierra del Fuego. Si, en cambio, afilamos la puntería es posible comprobar que, en espacio tan vasto, conviven por lo menos tres conjuntos de países. El primer conjunto está formado por México y América Central. La transformación pacífica del régimen hegemónico del PRI, cuyo puntapié inicial fue dado por la victoria de Vicente Fox, goza en los días que corren de los mejores auspicios. Son tan fuertes estas tendencias que antiguos feudos provinciales, dominados por caciques partidarios y poderes señoriales, crujen bajo el impulso de la alternancia.

En la última semana, el triunfo en las elecciones de gobernador en Chiapas de Pablo Salazar (un político escindido del PRI y aliado, junto con otras fuerzas, con el partido de Fox) ha puesto una vez más al viejo aparato del PRI contra la pared. Desde que, en su admirable Caminos sin ley, Graham Greene bosquejó en 1939 el paisaje hosco de las iglesias tapiadas y de la nueva oligarquía que se alzaba sobre esos despojos, hasta la más reciente rebelión del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el estado de Chiapas encierra una historia de miseria y represión. ¿Podrán los nuevos gobernantes entablar un diálogo constructivo con esa guerrilla sui generis ? Todo dependerá, al cabo, de la vocación reformista que aliente a la coalición vencedora.

Paradójicamente, México debe realizar hacia dentro de sus fronteras la misma operación que, como potencia anfitriona y moderadora, llevó a cabo con los bandos combatientes en la sangrienta guerra civil de América Central. Hoy Guatemala y El Salvador atraviesan una etapa más estable que aquella que les tocó soportar hace veinte años. Su relativa pacificación, mellada por los rastros de la injusticia aún vigente y de las feroces agresiones de las facciones en pugna, contrasta con el tembladeral en que está inmersa la región norte de América del Sur.

En este segundo conjunto de países, integrado por Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú, las fracturas se presentan formando un tríptico: la guerra civil (Colombia), las tentaciones autoritarias (Venezuela y Perú) y el desbarajuste económico (Ecuador.) Son tres pruebas simultáneas: la guerra civil anuncia un compromiso más acentuado de los Estados Unidos en Colombia y la militarización defensiva de las fronteras (Brasil y Perú ya han movilizado tropas); la emergencia de nuevas formas de autoritarismo rasga el velo sobre los desajustes que aquejan a la democracia representativa y a los partidos políticos en Venezuela y Perú; por fin, el oleaje de sucesivas crisis ha convertido una pequeña economía como la de Ecuador en el banco de pruebas que, según los resultados, podría medir el éxito o el fracaso de la dolarización.

Mientras el norte de América latina está señalando un derrotero mejor, gracias por cierto a su proximidad con los Estados Unidos, el norte de América del Sur padece síntomas de regresión. Esta circunstancia está trazando un límite peligroso. América del Sur corre el riesgo de escindirse en zonas dominadas por conflictos agudos y áreas sostenidas por una frágil reserva de estabilidad. La tarea que compete a las cinco democracias que aún persisten en el Cono Sur, y que conforman nuestro tercer conjunto de países (Brasil, Uruguay, Argentina, Chile y Bolivia) consiste en defender y acrecentar esas reservas.

El problema es crítico por varias razones. Dentro de este último conjunto hay países cuyo desenvolvimiento democrático está atascado. En el Paraguay no sólo es preciso levantar la hipoteca de Oviedo, sino también contribuir solidariamente a que las instituciones funcionen de una manera razonable. El sistema que se pergeñó luego del colapso del año pasado, consistente en un primer magistrado designado que debe coexistir con un vicepresidente elegido, es una invitación al desorden institucional. Más aún, si, como acaba de acontecer, el candidato victorioso (el liberal Julio César Franco que con el apoyo de Oviedo derrotó por escasísimo margen al oficialista Félix Argaña) proviene de una corriente contraria a la del presidente en ejercicio, Luis González Macchi.

Lo que de aquí en más ocurra en Paraguay no debe pasarse por alto. En una comunidad democrática de naciones, la semejanza entre sus regímenes políticos es tan necesaria como la aptitud de los gobernantes para transmitir al mundo y a la región un mensaje firme, originado en liderazgos compartidos.

Urge el desarrollo de este nuevo tipo de liderazgos en el Cono Sur, debido a la rapidez con que crece la inestabilidad regional. Si la guerra civil se ahonda en Colombia, no sería desacertado concebir la hipótesis de que nuestros países tendrán que diseñar estrategias comunes en pos de una necesaria pacificación. La apertura hacia el Cono Sur, que impulsa el Presidente electo de México, puede robustecer esta comunidad regional de naciones democráticas. Ello exige concebir formas de integración política todavía más acentuadas que las que actualmente existen y, de paso, no dejarse enredar por las inevitables dificultades que surgen en cualquier proceso de integración económica.

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