El nuevo modelo económico europeo

Por Rudi Dornbusch Para LA NACION
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23 de marzo de 2000  

CAMBRIDGE, Massachusetts.- LOS economistas de todo el mundo se afanan por descubrir y explicar las causas de la bonanza récord norteamericana. Pese a los ocho años de crecimiento, no se observa la menor señal de aceleración inflacionaria. Por lo demás, a ningún norteamericano parece importarle un bledo la economía tradicional. Impera la "nueva economía", con su lema: "Entra en Internet o muere".

Los inversores norteamericanos tradicionales no aciertan a explicarse por qué las ganancias de una compañía son, de pronto, una mala brújula para predecir qué acciones serán muy atractivas y cuáles fracasarán probablemente. Toda empresa que no tenga un .com en su nombre, o piense tenerlo, estaría condenada. Si establece un nuevo vínculo económico, remontará el vuelo; si se aferra a las prácticas de la "vieja economía", sus acciones no valdrán nada. Los gurúes de la vieja escuela afirman que esta prosperidad improductiva, sin ganancias, no puede durar: pronto o, quizá, muy pronto, el mercado accionario volverá a la cordura. Cuando ello ocurra, la prolongada prosperidad norteamericana perderá su hechizo y la noción de la "nueva economía" caerá en el olvido, como las modas del año pasado.

Todo esto se ve ahora desde un ángulo completamente nuevo que vale la pena examinar, a saber: los Estados Unidos no son un caso tan excepcional; Europa se está incorporando al juego de la nueva economía. Tal vez, los mercados bursátiles europeos sean todavía los únicos que participan en ella, pero es un comienzo.

¿Por qué parece vacilar Europa? El euro está débil; no tiene la menor pizca del encanto esperado cuando su lanzamiento, en 1999. Además, los gobiernos europeos permanecen a la defensiva: no está en camino ninguna reforma significativa en el mercado laboral, ninguna iniciativa desreguladora. Si bien es cierto que Alemania está oficializando un importante acuerdo tributario, conforme al cual las grandes instituciones financieras podrán liquidar sus enormes carteras de acciones de sociedades anónimas sin pagar impuestos punitorios a las ganancias de capital, los gobiernos europeos sólo han accedido, cuando mucho, a permitir la racionalización de sus actividades bancarias y algunas fusiones internacionales.

A pesar de estas pequeñas medidas estatales, las acciones de la nueva economía se están convirtiendo en piezas de caza mayor en los mercados bursátiles europeos. Esto refleja no sólo la gran cantidad de fusiones locales e internacionales ocurridas últimamente, sino también, y en forma creciente, la presencia de la nueva economía en empresas establecidas. Siemens está trinchando un corte de carne escogido al presentar su empresa de semiconductores como una de las mayores ofertas públicas de acciones (IPO) de la historia europea. Las suscripciones ya exceden la emisión y se comercian en el "mercado gris" al triple de su probable precio de emisión.

Otras compañías estudian sus carteras, cuchillo en mano, para no quedar excluidas. Grandes instituciones financieras, como el Deutsche Bank, destapan sus enormes ollas de capitales, hoy atados a holdings industriales, casi sin pensar en otra cosa que no sea participar en un escenario de capitales empresariales, financiación de emprendimientos e IPO al estilo norteamericano.

El camino a la prosperidad

Hasta ahora, todo esto era un espectáculo secundario centrado en el Neumarkt alemán, pero ya está atrayendo la atención general. Y no sólo en Alemania, un país habitualmente lerdo en liberar su economía. En Suiza, Italia, España y Francia, la nueva economía hace el mismo furor o, quizá, más. Tanto ella como la tecnología son inmensamente populares en toda Europa, porque por ese camino se accede mucho mejor a la prosperidad que esperando a que los gobiernos, sindicatos y burócratas se pongan de acuerdo respecto a la reestructuración de la vieja economía.

En verdad, los gobiernos europeos no tardarán mucho en adoptar la generación de riqueza que constituye la quintaesencia de la nueva economía, e incluso se atribuirán el mérito. A medida que las acciones europeas de la nueva economía se remonten hasta la estratosfera, el resto del mundo entrará ansiosamente en el juego. Desde los Estados Unidos y el Lejano Oriente vendrán capitales accionarios a reclamar un papel en este espectáculo, que tal vez será una reposición para quien se lo haya perdido en los Estados Unidos o, simplemente, quiera volver a verlo.

Un crecimiento tan vigoroso del mercado accionario hará subir el euro, con lo que aumentarán los retornos de los inversores extranjeros muy por encima de los niveles asequibles con las meras ganancias de capital. Tal lo ocurrido en Japón el año pasado: la reestructuración de las sociedades anónimas sólo fue el primer paso del resurgimiento accionario. Luego, la alta tecnología y la nueva economía fueron las consignas para obtener cotizaciones superiores a las norteamericanas. Por supuesto, también subió el valor del yen.

Regalo del cielo

Este auge potencial del mercado accionario es un regalo del cielo para una economía europea atascada en un sendero trillado. Europa posee una riqueza formidable pero dormida, y un capital humano formidable pero maniatado por la falta de iniciativa, regulaciones contraproducentes, burocracias e insuficientes motivaciones para lucrar (digamos que es poco codicioso).

Los líderes europeos deberían adherirse a la liberación: ella les traerá una vida mucho más desahogada y una Europa mucho más libre. La nueva economía europea está en marcha. Quizá la riqueza que genera conmocione a los gobiernos lo suficiente para liberar al resto de la economía del Viejo Mundo.

© Project Syndicate y La Nación (Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

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