El país de los fanáticos

Jorge Sigal
Jorge Sigal PARA LA NACION
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14 de agosto de 2013  

Nunca pensé que un israelí pudiera convencerme de que mi país es un territorio colonizado por fanáticos. ¿Cómo es posible que una persona nacida y criada en Jerusalén, esa pequeña porción del universo siempre en disputa, siempre a un paso de convertirse en hoguera, conozca tan bien a los argentinos?

Amos Oz, de él estoy hablando, escritor consagrado, entre otros, con el Premio Israel de Literatura, el Goethe y el Príncipe de Asturias, escribió un pequeño y bello libro, cuya cuarta edición fue publicada por Siruela en diciembre del año pasado. Se trata de un ensayo de cien páginas en el que el autor se autodefine como "experto en fanatismo comparado". Y no le faltan razones para ostentar ese título.

Hijo de judíos europeos víctimas de la persecución racial, Oz ha dedicado su vida, además de a la literatura, a estudiar las razones del odio y a pelear a brazo partido contra el flagelo de la guerra y el rencor entre israelíes y palestinos. Es un militante cotidiano de la lucha por la paz. Pero a diferencia de muchos otros intelectuales, este escritor nacido en 1939 ha desarrollado un particular sentido de la introspección. Para hablar del verdadero significado de la paz, entendida -como él mismo aclara- no como un acto de amor sino de razón, necesitó antes curarse en salud. Con un lenguaje pulcro y de una sencillez admirable, confiesa en Contra el fanatismo que su juventud, como la de la mayoría de los israelíes de su generación, estuvo atravesada por la pasión de la intolerancia radical. Por eso ofrece una primera recomendación a los lectores: para abandonar el fanatismo, ante todo, uno debe estar dispuesto a traicionar. "Traición -dice- no es lo contrario de amor; es una de sus opciones. Traidor es quien cambia a ojos de aquellos que no pueden cambiar y no cambiarán, aquellos que odian cambiar y no pueden concebir el cambio, a pesar de que siempre quieren cambiarle a uno. En otras palabras -remata- traidor, a ojos del fanático, es cualquiera que cambia. Y es dura la elección entre convertirse en un fanático o convertirse en un traidor."

Pero con ser importante, este reconocimiento es sólo un primer paso. Porque, según el escritor, lo más trascendente para superar o prevenir el mal que aqueja a los fanáticos es comprender que el otro existe. "La semilla del fanatismo siempre brota al asumir una superioridad moral que impide llegar a un acuerdo", explica. Y rechaza "el culto a la personalidad, la idealización de líderes políticos o religiosos, la adoración de individuos seductores", como alimentos habituales de este flagelo tan antiguo como la humanidad misma.

A estas alturas del texto, mágicamente, uno empieza a entender que el autor no habla tan sólo del fundamentalismo islámico o sionista, los karmas que acompañaron su vida. Habla también de nosotros. ¿Cómo interpretar si no los discursos políticos que opacan nuestra realidad en los últimos tiempos? La idea de amigo-enemigo, una dialéctica contagiosa que ahora traspasa las fronteras del oficialismo, ha generado en la Argentina un clima bélico que sólo puede propiciar más dosis de locura que de razón. Vamos por todo, vencer o morir, patria o muerte. Son consignas que abrevan en la misma fuente: eliminar al contrario.

Para quienes alguna vez entendimos la evolución social como el resultado de la lucha de clases, nada debería sorprendernos. La sola idea de arribar a un paraíso de iguales suponía antes la eliminación de quienes se oponían a él. El propósito de aquella batalla era la dictadura del proletariado y no la democracia "formal" o "burguesa". Queríamos hacer la revolución para forzar la paz de los ganadores. La idea del acuerdo, de la "alianza de clases", si figuraba en los planes tenía solamente una razón práctica: llegar a la meta. Y esa meta incluía, tarde o temprano, una dosis considerable de violencia, partera de la historia según Carlos Marx. Aunque existían -como en cualquier época- los amantes de la sangre, no era la de entonces una generación de crueles patológicos como ha tratado de mostrarla cierta caricatura historiográfica. La mayoría era gente normal y corriente enamorada de una causa sacrificial que incluía a la muerte como uno de los caminos para la redención. La crueldad fue una deformación inevitable -y horrorosa- de aquella concepción. No muy diferente, digámoslo al pasar, del concepto "al enemigo ni justicia", nacido no de la Internacional Comunista sino de auténtica matriz nacional y popular.

No es tan difícil comprender cómo y cuándo se pasa la línea de la cordura, entendida ésta como la capacidad de reconocer que los demás también pueden tener razón. Finalmente, la mayoría de las grandes tragedias humanas han comenzado con pequeños desvaríos.

Quienes hoy propician desde el poder los discursos envenenados y la arrogancia de las mayorías electorales le han sumado a la concepción totalizadora una dosis elevada de resentimiento, generando en su cruzada un extendido clima de impotencia. Porque si la revolución tenía algo a su favor era el sueño de hacerla realidad: el "sacrificio" se concebía como una escala insoslayable hasta arribar a la "victoria final". La lucha de clases, se suponía, cesaba con el triunfo de los desposeídos y la instalación del "poder popular". O sea, había vida después de la muerte. En cambio, ahora, la extraña conjunción de líderes que amasan fortunas de dudoso origen proclaman un estatismo hueco, practican el resentimiento gestual y el clientelismo conservador, reivindican un pasado que no les pertenece y vacían de contenido la participación política (descartando de cuajo la existencia del otro), no hace más que instalar la violencia (aunque sea verbal) sin ofrecer nada a cambio. No hay paraíso al final del túnel, existe apenas un presente de adjetivos agraviantes.

En su prédica por erradicar las pasiones ciegas, Amos Oz hace también una advertencia que deberían atender quienes en la Argentina se encierran en discursos opositores y se convierten, finalmente, en fundamentalistas de signo contrario al de la religión oficial: "Mucho cuidado, el fanatismo es pegajoso, más contagioso que cualquier virus. Se puede contraer fácilmente, incluso al intentar vencerlo o combatirlo".

La construcción de la razón es un trabajo entre diferentes, entre los que piensan distinto, pero se reconocen entre sí. Lo otro, el proyecto del país faccioso, dividido entre leales y traidores, entre obsecuentes y sediciosos, donde cada uno atiende su propio juego y detesta al que piensa distinto, sólo conduce hacia el abismo. Ese país, el de los fanáticos, mete miedo.

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