El paraíso de los gobernadores

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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7 de abril de 2019  

Hay un país en el país que parece otro país. Más allá de algún sobresalto y de un par de frenos a reelecciones prohibidas en La Rioja y Río Negro, en los reinos de los gobernadores predomina la seguridad de que cada uno podrá seguir en el lugar que decida. La distancia con Buenos Aires semeja una regla que determina la tranquilidad: cuanto más lejos de los conflictos nacionales y de la responsabilidad para resolverlos, más apacible es el control del sistema de poder que le toca a cada uno.

La provincia de Buenos Aires está parcialmente despegada de esa norma, por su enorme peso electoral y por su proximidad al poder central, su suerte está atada al resultado nacional. Aun así, si María Eugenia Vidal hubiese logrado despegar la fecha de las elecciones bonaerenses como hicieron casi todos sus pares del resto de las provincias, sería más sencillo su objetivo de reelección. Mal que le pese, Vidal comparte con su antecesor, Daniel Scioli, la coincidencia de tener una mejor imagen que el presidente del momento. Aunque cercanos y metidos en el mismo escenario que los gobiernos centrales, como el resto de los gobernadores, los bonaerenses nunca cargan con la responsabilidad de arreglar los desastres económicos.

Apenas despunta el año electoral y ya se insinúa una tendencia que puede ser una ola en los próximos cuatro meses: la continuidad de quienes gobiernan en las provincias o de los candidatos que pongan. Salvo en Santa Fe, donde la acumulación de mandatos del socialismo reabre la disputa por el poder con el peronismo, es razonable anticipar que el mapa político del interior conservará los mismos colores que en 2015, cuando junto a Macri se afianzaron varios sistemas provinciales que en algunos casos llegan a feudos.

El crecimiento de Cambiemos en las elecciones legislativas de 2017 fue una luz que se apagó con el rigor de la crisis y, lejos de ganar más distritos, el oficialismo prefiere ahora mantener los acuerdos con los jefes provinciales que le permitieron aprobar leyes decisivas en los últimos tres años. El macrismo quedó conforme con el triunfo del oficialismo de Neuquén y espera que hoy ocurra lo mismo en Río Negro, aunque por esa preferencia queden sepultadas las chances de su propia lista. Es, además, una forma de impedir el resurgimiento del kirchnerismo en el interior y de acotarlo al conurbano bonaerense. Cambiemos apenas si aspira a mantener lo que tiene: Capital y Buenos Aires, ademas de Mendoza y Jujuy, a cuyos gobernadores radicales autorizó a desdoblar sus comicios.

Beneficiados por una mejora de 15 puntos de la coparticipación federal por un fallo que la Corte esperó a dictar el día después del triunfo de Macri en segunda vuelta, la mayoría de los gobernadores hicieron un ajuste de sus cuentas en los días del gradualismo. Al momento del ahogo de la Nación, la mayoría de esas provincias tienen sus cuentas en azul, ajenas al colapso que afronta la Casa Rosada.

Antes que termine el invierno, gane quien gane la presidencia, el mismo poder que hoy manda en las provincias estará sentado esperando con quién negociar en la Casa Rosada.

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