El pasado se impuso al futuro

Diego Ramiro Guelar
Diego Ramiro Guelar PARA LA NACION
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29 de junio de 2016  

PEKÍN-. En su discurso para la juventud académica, Winston Churchill proponía constituir "los Estados Unidos de Europa" (Zurich, 1946), pero el mensaje estaba dirigido a la "Europa continental", a la que el gran estadista consideraba débil y fácil presa del expansivo José Stalin y su avasalladora Unión Soviética.

No pensaban así los franceses Jean Monet y Robert Schuman ni los alemanes Ludwig Erhard y Konrad Adenauer, quienes debatían entre la integración política y el "mercado común", mientras organizaban la Comunidad del Acero y el Carbón, en 1951, para colocar en una órbita franco-alemana los productos por los que habían guerreado durante los últimos 100 años. A ellos se sumaron Italia, Bélgica, Luxemburgo y Holanda, para juntos lanzar la Comunidad Económica Europea (Tratado de Roma, 1957).

Gran Bretaña no fue de la partida y en 1960 impulsó la creación de la Asociación Europea de Libre Comercio (AELC), para competir con la CEE, asociada a Suiza, Austria, Dinamarca, Noruega, Finlandia, Suecia y Portugal. Esta última experiencia fracasó y en 1973, quejándose, Gran Bretaña se sumó a la CEE (todos los otros países que integraron la AELC terminaron haciendo lo mismo, con la excepción de Noruega y Suiza). El Reino Unido tampoco quiso integrar los acuerdos transfronterizos de Schengen en 1985, que lograron asociar a la casi totalidad de los países europeos, incluyendo a aquellos que todavía no eran parte de la CEE.

En 1992, se creó en Maastricht la Unión Europea, e Inglaterra impuso cláusulas que le permitían seleccionar en qué acordaba y en qué no con el resto de sus socios. Tampoco formó parte de la zona del euro, en la que se unificó la moneda a partir de 1999, ni integró el Banco Central Europeo, que hoy conforman 19 países.

Es así como -siempre- el Reino Unido marcó su identidad de ser "no europeo" por instinto y a través de una práctica de rechazo al objetivo de integrarse a una entidad común europea que implica una forma de "soberanía compartida" transnacional y superadora de las identidades nacionales que se conformaron en Europa desde el Tratado de Westfalia, en 1648.

No puede, en consecuencia, sorprendernos la decisión adoptada el 24 del actual. Claro que los tiempos han cambiado y un 64% de jóvenes más la mayoría contundente de los londinenses, los escoceses y los irlandeses del Norte votaron por la permanencia en la unión. Es así como se produce una verdadera "grieta" cuyas consecuencias son difíciles de prever. Veremos qué queda del viejo Reino Unido de Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte (estos dos últimos ya están demandando sus propios referéndums para independizarse y unificarse con Irlanda, respectivamente).

Por otro lado, se negociará un "acuerdo de asociación" con la Unión Europea, parecido al de Noruega, por el cual los ingleses disfrutarán de un trato "cuasi comunitario", pero no participarán de las decisiones europeas y sólo podrán adherir o rechazar lo que se les ofrezca.

Asimismo, Francia y Alemania seguirán siendo los pilares de la construcción europea y deberán enfrentar otros referéndums impulsados por un creciente sector de la derecha europea, xenófobo y nacionalista, que utilizará el ejemplo inglés para intentar la destrucción de Europa.

En mi humilde opinión, no lo lograrán: el Viejo Continente aprenderá de sus errores y se apalancará sobre las nuevas generaciones, que no participan de los viejos miedos y prejuicios.

Desde mi actual posición, lo que sí puedo afirmar es que China apoya la integración europea. Pero, al mismo tiempo, sus nuevos multibillonarios -que aman Gran Bretaña- ya están comprando propiedades allí con las facilidades que les ofrecen el derrumbe de la libra y la creciente "baratura" de sus castillos rurales y sus penthouses urbanos.

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