"El peligro de las grandes burocracias"

Por Carlos Rodríguez Braun Especial para LA NACION
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29 de octubre de 2000  

MADRID.- He escrito mi último libro, con este título, para contribuir a un debate de nuestro tiempo. Cuando yo era joven subsistía la alternativa entre capitalismo y comunismo, al que muchos creíamos superior. Como me dijo en una oportunidad sir Karl Popper, antiguamente afiliado al Partido Comunista, debía ser históricamente superior, por justo e inevitable. Pero el comunismo quebrantó libertades, segó fuentes de prosperidad y derramó sangre inocente de millones de trabajadores. La caída del Muro de Berlín hizo caer también el telón sobre esa polémica; desde entonces, la reflexión se apoyó en dos pilares: la democracia y las libertades civiles y políticas en un marco de paz, por un lado, y la economía de mercado, por otro.

El primer pilar parece obvio, pero los argentinos y españoles de mi generación hemos pasado la mitad de nuestra vida bajo dictaduras, que hoy no tendrían el respaldo del que en su día gozaron. La paz tampoco es baladí, y reconforta que hoy sólo algún artista despistado pueda pensar que el Che Guevara es un héroe por imitar.

Veamos el segundo pilar, y sus grietas. El colapso del comunismo no comportó el triunfo indisputado del liberalismo. Al contrario, la doctrina general defiende a la vez el mercado y la redistribución a cargo del Estado. Este es el centro del análisis de mi libro: no el agresivo Estado comunista, sino el benévolo Estado democrático. (Paréntesis para aficionados a la historia. Siempre me ha parecido una bella simetría el que los comunistas y los socialistas hayan nacido en el mismo año: 1848. Marx y Engels firmaron entonces el Manifiesto Comunista, pero John Stuart Mill publicó al tiempo sus "Principios de Economía Política", que con la distinción entre leyes de producción y de distribución es fuente prístina de la socialdemocracia. Marx debe revolverse en su tumba londinense de Highgate: ¡Stuart Mill, al que despreciaba, lo ha sobrevivido!) La economía de mercado aplaudida hoy está lejos de ser una apoteosis liberal. Esta apoteosis, reiteradamente denunciada por quienes pretenden rescatarnos del "neoliberalismo", es pura ficción. El peso del Estado no se ha reducido apreciablemente en ninguna parte, ni siquiera durante los gobiernos de Reagan y Thatcher, supuestas fieras estaticidas que no dejaron del sector público piedra sobre piedra.

Es verdad que el ritmo de crecimiento de los Estados se ha contenido, y en algunos países se ha invertido suavemente, ayudado por la fase expansiva del ciclo en Europa y Estados Unidos. Los impuestos y las deficiencias del intervencionismo acabaron por poner en cuestión la imparable transferencia de recursos de los ciudadanos hacia el poder político.

Las empresas públicas, otrora baluartes del progreso y la independencia, tienen hoy mala prensa, y su privatización quizá sea irreversible, lo que no quiere decir que hayan sido privatizadas bien, algo sobre lo que hay conciencia en la Argentina y en España, donde se percibe una sana hostilidad hacia todo monopolio, público o privado. La competencia a escala microeconómica es más o menos propiciada desde el poder y, sobre todo, bienvenida desde la opinión pública.

En el plano macroeconómico, la inflación carece de partidarios, y otro tanto sucede con el déficit público y los impuestos; menor, en cambio, es la enemiga hacia el gasto y la deuda de las administraciones públicas.

Impuestos y gastos

Un punto que abordo en mi libro es la tensa contradicción que supone el rechazo a las subidas de impuestos junto a la exigencia de mayores gastos, porque es crucial para entender los problemas del Estado y el mercado desde la óptica democrática. Esta óptica debería ser sometida a intensa discusión y no siempre lo es, entre otras cosas, porque parece que se estaría cuestionando la democracia misma, asunto obviamente delicado en países con dolorosas experiencias dictatoriales, como España y la Argentina. Y no se trata de eso, sino de reflexionar sobre cómo aplicar a la democracia la base del Estado de Derecho, que es la limitación del poder.

Esto exige sacar a la luz aquello que a los políticos les interesa tapar: no sólo su corrupción, sino su tendencia a maximizar el apoyo electoral por medio de estrategias redistributivas, falsamente igualitarias, y el peligro de que un Estado intervencionista sea capturado por los grupos de presión que utilizan el poder para medrar a su socaire. Los liberales europeos, por ejemplo, llevamos muchos años batallando contra la Política Agraria Común y sus injustos subsidios, ejemplo de lobby antisocial; la necesidad de redoblar esfuerzos en este sentido puede verificarse atendiendo al éxito de los globofóbicos, que desde Seattle pretenden presentarse como progresistas cuando destilan el más rancio proteccionismo mercantilista.

El sí-pero-no ante el mercado se extiende mediante un renovado intervencionismo: hoy, no sería aceptable que el Estado organizara una empresa industrial, pero sí lo es que monte grandes burocracias con objeto de ordenar las telecomunicaciones, o preservar la competencia, o impedir los accidentes de tráfico, o proteger la ecología, emprendimientos que hace tan mal como cuando antes dirigía astilleros o siderurgias. Si las burocracias son internacionales, a veces resultan intocables; es curioso cómo un mismo político, que cuando está cerca nos revela su personalidad mejorable, mendaz o depredadora, cuando se va a París a la Unesco mágicamente se convierte en, como diría el marqués de Mirabeau, un ami des hommes .

Y pocos se oponen al brioso caballo de batalla intervencionista del "gasto social" -que se llama social aunque no es la sociedad la que lo gasta, sino sus autoridades.

En todo esto, que cuando los impuestos suben hasta el hartazgo de los electores conduce a una desasosegante parálisis, y a que se presenten bodrios tales como la Tercera Vía con el disfraz de innovaciones analíticas, late el error de intelectuales y artistas, que desde Dickens hasta Sabato pintan invariablemente lúgubres retratos de una realidad que no ha hecho más que mejorar, a pesar del Gobierno, pero mejorar. Persiste extendido el equívoco de que el comercio, la propiedad privada y el mercado eternizan la pobreza y la injusticia; por cierto, dada la desconfianza de las religiones hacia la economía de mercado, hay que saludar los aires que Juan Pablo II ha inyectado en la habitualmente remisa a la libertad jerarquía eclesiástica.

Los liberales que disfrutamos con la controversia tenemos un gran futuro por delante, porque es imposible que convenzamos en un plazo previsible a las voces que desde púlpitos, cátedras y tribunas sin fin nos recetan el viejo bálsamo de Fierabrás: más Estado y menos mercado.

El autor es un economista argentino, doctor en Ciencias Económicas y catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid.

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