El peñón, un referente de las Malvinas

En cinco kilómetros cuadrados viven 26.000 personas, pero las compañías registradas son 28.000, muchas de ellas off shore
En cinco kilómetros cuadrados viven 26.000 personas, pero las compañías registradas son 28.000, muchas de ellas off shore
Silvia Pisani
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26 de agosto de 2001  

GIBRALTAR.- Como la mayoría de los gibraltareños, el presidente del gobierno local, Peter Caruana, no desciende de anglosajones, sino -afirma- de malteses. Pero también podría haber sido de italianos, españoles o franceses, algunas de las tantas migraciones que llegaron aquí a lo largo de los años.

Para quien visita esta colonia británica procedente de Buenos Aires, nada resulta tan familiar como la guía telefónica. No por cantidad de abonados -30.000 parecen una broma-, pero sí por el origen de sus apellidos. Muchos de los que aquí se ven son los mismos que se repiten en la Argentina.

Pero con no ser poca cosa, allí termina la semejanza. Pese a integrar la península ibérica, los gibraltareños se sienten parte de lo que queda del ex Imperio Británico. Y defienden tal condición, aunque con cierto aire renovador. Y allí está lo novedoso.

"Somos una colonia. Ahora hemos crecido en autonomía y, sin aspirar a ser independientes -porque eso sería absurdo y, además, Gran Bretaña no lo permitiría-, deseamos modernizar nuestros lazos con Londres, descolonizar y convertirnos en socios constitucionales", dice Caruana. Y lo dice convencido.

¿Y qué le hace pensar que Londres aceptará esa "modernización", sea lo que signifique el término?, pregunta enseguida LA NACION. Pero el primer ministro quiere hablar un poco más del pasado antes de abordar el futuro. Bueno, después de todo, es su oficina. Se llega allí tras saludar a sólo un guardia y subir dos pisos por escaleras. Hay un fuerte olor a pegamento por culpa de una moquette nueva. Pero salvo eso, todo lo demás es de aire británico: el mobiliario oscuro, los caramelos de fruta sobre la mesa, el idioma en el que Caruana prefiere expresarse, el corte de su camisa y el diseño pesado de sus zapatos negros.

Y, por supuesto, el retrato de la reina Isabel presidiéndolo todo. Se la ve allí como con 30 años -y otros tantos kilos- menos. Curioso. Porque según la frase que más repite Caruana para fundamentar su aspiración de cambio institucional ("Hemos entrado en un nuevo milenio"), algunos lo hicieron más que otros, por lo que muestra la foto de la soberana.

Gibraltar es un peñón de 500 metros de alto y 5 kilómetros cuadrados de territorio donde todo cabe: desde una pista de aterrizaje hasta un cementerio. Pero no todo puede funcionar al mismo tiempo: si aterrizan aviones, buena parte de Gibraltar tiene que quedarse quieta a riesgo de ser aplastada en plena maniobra.

Antes, el territorio era más pequeño todavía. "En los últimos 20 años hemos ganado 1,5 kilómetros cuadrados al mar", confiesa James Tipping, director del Centro Financiero.

Eso equivale al 30 por ciento del territorio original. Mire si a China o a Brasil se les da por hacer lo mismo, comenta LA NACION.

-Nosotros avanzamos sobre nuestro espacio marítimo.

-Que se desplazó un poco más hacia fuera.

-En cierto modo..., podría decirse.

La admisión de Tipping, impávido, le hizo sacar lo mejor de su flema británica.

Tal peculiaridad le debe resultar útil como referente de lo que hoy es la fuente de ingresos más importante de Gibraltar: la banca financiera off shore . Los números en que se traduce el negocio son significativos. En el peñón son más las compañías registradas que los residentes: 26.000 contra 28.000. Y de estas últimas, 8800 son off shore . Se les pregunta poco y se acepta su dinero.

El primer ministro Caruana defiende a rajatabla esa actividad. "No somos una jurisdicción delincuente", afirma.

-¿Y quién los acusa de serlo?

-Hay una maquinaria propagandística española que sostiene que aquí somos todos ladrones. Poco podemos hacer contra eso. En España son 40 millones de habitantes y nosotros, 26.000. Lo que buscan es desestabilizar nuestra economía porque una sana y solvente como la que tenemos ahora no les conviene.

Con eso se llega al meollo del problema. Una disputa de soberanía entre dos países miembros de la Unión Europea que, por cierto, irrita mucho a Bruselas. Hace 300 años que Gibraltar depende de Londres. Y hace unas cuantas décadas ya que Madrid renovó -hasta ahora en vano- sus reclamos de soberanía. En el medio, los gibraltareños decidieron hacer un referéndum. Fue en 1967 y el 99,5 por ciento de los 12.000 votantes optó por permanecer bajo dominio británico.

Empezó entonces una puja descarnada. Pero eso es otra historia. Lo cierto es que hoy Gibraltar es un curioso producto de la geografía política: de un lado de su frontera, se almuerza cochinillo, tortilla y chorizo y el trámite se puede prolongar hasta las 16. Pero apenas se la cruza, a esa misma hora comienza en la terraza de los siete hoteles del peñón el servicio de té con scons y sándwiches de pepino y lechuga. Todo llega servido en porcelana inglesa.

A simple vista, no viven mal los gibraltareños. No tienen desempleo. No importan inflación de la metrópolis. Cobran sueldos en libras supervaluadas y los gastan en deprimidas pesetas apenas cruzan las puertas de "La Verja", tal como se denomina a la reja con que Franco los aisló de España en 1969, en castigo a la opción británica que hicieron en su referéndum.

No son datos menores. Su mayor fortaleza económica parece derivar no tanto en un sentimiento de identidad nacional como sí en firmeza para exhibirlo. "La nacionalidad no se vende ni se negocia. Es un sentimiento. En eso no tiene sentido ir contra el deseo de los pueblos", dice Caruana.

-Pero la ONU rechaza la autodeterminación en el caso de que implique desintegrar un país.

-Nosotros no estamos desintegrando nada. Si Gibraltar se desintegró de España fue hace 300 años y porque España la regaló en el Tratado de Utrech. Y no ahora.

-En las Malvinas también piden autodeterminación. ¿Mantiene algún contacto con las islas?

-Se llaman Falklands, si me perdona.

-En esto, mi perdón no vale mucho. ¿Está en contacto con su gente por este tema o no?

-Nos vemos varias veces al año en reuniones de la Commonwealth. También en los pasillos de Naciones Unidas. Además, visité las islas en 1994. Me alojé en casa del gobernador. Me enamoré del lugar.

-¿Para qué fue?

-Querían consultarnos sobre temas de administración. Allí tienen graves problemas pendientes con los servicios públicos. Pero los irán superando en la medida que afiancen su economía con las licencias de pesca. Están ahora mucho mejor organizados que antes de la guerra.

-¿Qué cambió con la guerra?

-Antes de la invasión no tenían nada. Ahora tienen un sentimiento de identidad más poderoso. El ataque los plantó en el siglo XXI. Se dieron cuenta de sus posibilidades y de que debían organizarse. En algunas cosas, tienen el panorama más claro que nosotros.

-Los kelpers dicen que la isla fue arruinada con las minas argentinas.

-No me pareció que fuera tan grave. Ocurrió sólo en pocos sitios y se trata de terrenos claramente perimetrados.

-¿En qué están mejor organizados que en Gibraltar?

-Por ejemplo, en su Constitución, de 1985, ellos incluyeron específicamente el derecho de autodeterminación. Y eso implica un respaldo de Naciones Unidas que nosotros no tenemos. Es claro que ellos se sienten británicos y eso debe entenderlo el mundo hispanohablante. Ir contra el nivel de identificación de una cultura es absurdo.

-Están los argumentos históricos. Las Malvinas fueron usurpadas.

-En el contexto actual, la única solución aceptable es la que reconoce la autodeterminación. España sostiene que Gibraltar debería ser suya. Pero eso es imposible. Lo mismo le ocurre a la Argentina con las islas. Me cuesta entender cómo dos países democráticos como España y la Argentina no están dispuestos a aceptar la expresión democrática de un pueblo. Entiendo sus reclamos, pero no son válidos.

-¿Por qué no?

-Estamos en el siglo XXI. Cosas que se hacían antes hoy serían inaceptables. España dice que Gibraltar debería serle devuelto. Pero España se lo robó a los moros. Y éstos, a otros. Al final, debería ser del hombre de Neandertal.

-Nadie está obligado a devolver lo que no se reclama.

-No pasa por el reclamo. En este momento histórico, nada es más poderoso que la democracia. La Argentina tiene que aceptar que los habitantes de las islas son las únicas personas que pueden escoger con qué nación se quieren identificar. Aun cuando haya argumentos que afirmen que, años atrás, las islas fueron robadas por los ingleses.

-Usted dice que espera modernizar su relación con Londres. ¿Cómo será?

-Tenemos un proyecto de nueva Constitución que ya está en su poder. No puedo revelarla. Básicamente, nos otorga mayor capacidad de decisión sin alterar la soberanía. Confiamos en que será aprobada.

-Durante un año y contra la voluntad de su gente, Londres le plantó aquí un submarino nuclear averiado, el Tireless. Sin siquiera pedirles permiso ni avisarles de qué se trataba. ¿Cómo puede confiar en Londres?

-Londres no necesita mi consentimiento para traer un submarino.

-Pero sí sabía de su oposición y la de los gibraltareños, y de todos modos les plantó el peligro nuclear bajo sus narices.

-Creo que fue más que nada un shock cultural. Afortunadamente, no pasó nada. Y Londres nos aseguró que nunca volverá a ocurrir.

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