El perdón como fuerza política

Por Pedro J. Frías Para LA NACION
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29 de abril de 2004  

El perdón puede convertirse en instrumento institucional cuando se vuelve fuerza política. La afirmación pertenece al arzobispo de Milán, Dionigi Tettamanzi, que la explicó hace poco en estos términos: "Estamos llamados a cumplir con un salto cultural, porque el perdón no es sólo un hecho ético individual. Si es considerado como valor interpersonal y social, más que individual, si se entiende que va más allá de la relación entre yo y el otro y abarca las relaciones entre grupos y pueblos, entonces el perdón se vuelve fuerza política". Y el arzobispo se apoya en reiteradas afirmaciones de Juan Pablo II.

El arzobispo se refiere al temor por el terrorismo, que paraliza a Europa y, seguramente, a la posguerra en Irak.

Creo que es oportuno pensar en esto cuando en la Argentina, desde el Gobierno, se prefiere la memoria. Bien por la memoria, pero no por el rencor que quiere testimoniar. Necesitamos la reconciliación, que es el producto social del perdón. Una sociedad reconciliada no vive en el pasado. Puede desarrollar sus proyectos o, al menos, intentarlo. Construye su futuro.

Cómo se disuelve la sociedad

Detengámonos en la reconciliación. ¿No está demasiado fragmentada nuestra sociedad? Lo vengo advirtiendo desde hace algunos años y es notorio también en Occidente. ¿Cómo se disuelve una sociedad? Con el individualismo, que diluye los vínculos sociales en los egoísmos particulares; con el relativismo, para el cual todo es igual. Y ¿qué hay de malo en una sociedad fragmentada?

Todos podemos responder por nuestra experiencia de vida: en el nivel de los poderes del Estado, se hace difícil la gobernabilidad y, por eso, no hay políticas de Estado, que son las que se cumplen sucesivamente, por gobiernos de cualquier signo político. Esas políticas de Estado son las reclamadas en el presente para superar nuestra crisis.

Los peligros no nos son ajenos: si la gobernabilidad a través de las instituciones se torna difícil, se recurre al populismo. Con él se asocian el "clientelismo", tan vinculado con la asistencia social, y la "transversalidad", para crear poder personal prescindiendo de los partidos como operadores orgánicos de la vida política. ¿No es eso lo que está ocurriendo entre nosotros?

Debo significar que el gobernante tiene que buscar apoyo en las democracias, pero apoyo para un ejercicio lo más consensuado posible de su poder, no para seguir sólo sus opciones ideológicas, que son anticuadas, ni para buscar reelecciones sucesivas, y menos para crear hegemonías.

Detestar la impunidad

El perdón necesita una visión espiritual de la vida en sociedad, que nos lleva a dar prioridad a la cooperación, sobre todo en las crisis. No significa impunidad, que debemos detestar, porque la Justicia da a cada uno lo suyo, pero sin desunir. Porque desunidos, los enfrentamientos nos harán muy débiles o darán motivos a gestores autoritarios y a poderes hegemónicos. Como hay desasosiego en la vida argentina, debemos advertirlo como un deseo profundo de cambiar.

Y sí. ¿Por qué no cambiar? Me vuelve siempre a la memoria el facilismo argentino, que debemos superar, reconstruyendo la cultura del trabajo, del ahorro y de la solidaridad.

La solidaridad ha crecido, y nos vamos sintiendo corresponsables de los otros. La sociedad civil va creciendo, pero falta aún institucionalizarla y darle recursos para sus proyectos.

El perdón debe ser usado como una estrategia social y política. Debe estar unido a gestiones confiables, transparentes y eficaces en el Estado, en el mundo empresario y en las organizaciones civiles y, desde luego, exige dar prioridad a la educación moral, intelectual y técnica, porque su crisis es voz común, pero no se advierte prioridad para mejorarla, para volver a ser la Argentina, ese pueblo que fue conocido por el acceso de todos a la educación. Pero en serio.

Y vuelvo, al final, a las frases del arzobispo de Milán: "A veces existe el riesgo de ensuciarse las manos, pero la espiritualidad no es una fuga, sino al contrario. Es la forma de involucrarse en la realidad más radical, creativa y revolucionaria, porque asume modelos de vida alternativos que cambian la historia".

Aunque no quiera yo perdonar, Max Weber me lo aconsejaría para vivir según mis responsabilidades, no siempre según mis preferencias.

En definitiva: se trata de instalar en la sociedad "un proyecto apetecible de futuro compartido", como reclamaba Ortega y Gasset.

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