El peronismo pone en juego su futuro

Alejandro Poli Gonzalvo
Alejandro Poli Gonzalvo PARA LA NACION
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22 de junio de 2019  

¿Estamos asistiendo al final del peronismo como movimiento político hegemónico? ¿Se está consolidando una nueva coalición de poder que reemplace la hegemonía del peronismo y consolide la trayectoria institucional iniciada en 2015? Las trayectorias históricas son el resultado de elegir alguna de las posibilidades que se ofrecen a un pueblo en razón de su proyecto futuro. Se extienden por amplios períodos y son reemplazadas cuando una nueva coalición sociopolítica desplaza a la vigente hasta ese momento.

Escribía en el párrafo final de Las trayectorias argentinas (edición cerrada en mayo de 2015): "La sociedad argentina ha vivido sujeta a los vaivenes de líderes personalistas en cada cambio de trayectoria y ello ha impedido que se logren consensos básicos permanentes [...] Descartada la hipótesis de un liderazgo fuerte, solo la materialización de un inédito consenso entre las fuerzas políticas concluida la disputa electoral tendría la potencia suficiente para escapar de la oprobiosa atmósfera de la hegemonía kirchnerista e inaugurar una trayectoria institucional que nos devuelva la esperanza, el progreso y la equidad [...] En los próximos tiempos, el proyecto de una democracia liberal que sea el sustento de una trayectoria institucional será puesto a prueba en durísimas condiciones. No podrá fracasar porque, si lo hace, las ideas de modernidad y equidad también fracasarán y tendremos populismo por lustros".

El escenario anticipado en estos párrafos se ha verificado en el gobierno de Cambiemos. Su triunfo en noviembre de 2015 se debió a que supo canalizar las expectativas de una mayoría de ciudadanos que quería dejar atrás el unicato kirchnerista y tenía la esperanza de que el país se encaminara en una senda de progreso y república. La crisis económica que se inició el año pasado redujo la confianza en ese proyecto de cambio y hoy es puesto a prueba por el intento de Cristina Kirchner de regresar al poder. Parecieran repetirse las opciones presidenciales de 2015 y la grieta que las sustentaba. Es cierto que la grieta continúa y es condición necesaria para que los argentinos se expidan entre dos modelos de nación: republicana o populista. Sin embargo, la diáspora peronista introduce un factor diferencial inédito.

En las elecciones del 27 de octubre próximo habrá políticos peronistas en tres fórmulas presidenciales. En Juntos por el Cambio, Miguel Ángel Pichetto representará la corriente renovadora del peronismo histórico, cuyo mayor fracaso fue la derrota de Antonio Cafiero frente al caudillismo de Carlos Menem. Esta corriente ha sido desde entonces minoritaria, sepultada por el tradicional verticalismo del peronismo, capaz de encolumnarse junto al líder de turno sin importar demasiado las consideraciones ideológicas. En el Frente de Todos se ha unido la flor y nata del kirchnerismo, que hizo lo imposible para no aparecer en estado puro y logró enredar a Sergio Massa y su Frente Renovador en una especulación política de la que solo puede salir con enormes pérdidas de prestigio.

La tercera alternativa es Consenso Federal 2030, que integran Roberto Lavagna y Juan Manuel Urtubey. No tiene ninguna chance de ganar las elecciones y solo servirá para posicionar al gobernador salteño de cara al futuro, quien, sin embargo, podría contribuir al armado de un partido peronista orgánico junto con figuras como Juan Schiaretti y otros gobernadores que se decidan a apoyarlos. En resumen, el populismo caudillista del peronismo está concentrado en la fórmula que definió Cristina Kirchner mientras que en los tres binomios hay retazos de peronistas que podrían integrar un partido moderno y con valores democráticos.

En esta instancia de la vida nacional el peronismo no se presenta unido siguiendo la táctica que siempre ha utilizado para conquistar el poder. Cristina Kirchner ha logrado que no exista un liderazgo peronista al estilo tradicional, es decir, ha logrado concretar el proyecto político de su marido cuando soñaba con la transversalidad. Pero claro, el pragmatismo de Néstor Kirchner lo llevó a renegar de ese proyecto cuando le fue funcional para asegurar su poder, mientras que su esposa ha demostrado con creces que su olfato político es inferior a su soberbia.

¿Qué significa esta diáspora? ¿Es una demostración de vitalidad o de debilidad cómo se discute en estos días? Ni lo uno ni lo otro. Se trata de la posibilidad de un reagrupamiento favorable para la consolidación institucional del país en el sistema político argentino. El peronismo se ha dividido y se inserta en dos grandes coaliciones políticas: la del populismo kirchnerista y la que representa la consolidación de una trayectoria histórica que afiance las instituciones de la República, lleve adelante las reformas necesarias para asegurar un desarrollo sostenido y coloque definitivamente a la Argentina en el concierto de las naciones occidentales. La vertiente del peronismo que está presente en Juntos por el Cambio y en Consenso Federal 2030, más la suma de gobernadores de provincia, tiene la responsabilidad histórica de crear un partido peronista orgánico, sólidamente afincado en valores democráticos y que sea una opción moderna de poder. La alternancia republicana que urge instaurar en la Argentina se lo reclama.

Por eso, en las próximas elecciones presidenciales no solo se pone en juego que el país deje atrás un pasado de decadencia: también el peronismo pone en juego su futuro. Es arriesgado realizar vaticinios históricos, pero la consolidación de una trayectoria institucional requiere la presencia de un partido peronista a la altura del siglo XXI que permita la materialización de consensos básicos permanentes. Los peronistas no solo le harían un gran favor al país, sino a ellos mismos: si no se renuevan y olvidan el desvío del kirchnerismo corren el riesgo de desaparecer como factor de poder.

Miembro del Club Político Argentino

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