El plástico, de colorido recurso a villano inesperado

Barato, práctico y presente en casi todas las facetas de la vida humana, este material hoy representa una seria amenaza para el medio ambiente y la salud
Martín De Ambrosio
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30 de noviembre de 2019  

Bolsas de plástico se acumulan en el Ceamse de José León Suárez, en julio de este año
Bolsas de plástico se acumulan en el Ceamse de José León Suárez, en julio de este año Crédito: Agustín Marcarian/Reuters

Consecuencias insospechadas. El mundo está lleno de consecuencias insospechadas. Y en particular el mundo del llamado medio ambiente o ambiente a secas. Era imposible de prever para los primeros industriales ingleses del siglo XVIII que más de doscientos años después el uso intensivo de energía (carbón, petróleo y otros combustibles fósiles) iba a modificar el clima de todo el planeta vía gases de efecto invernadero y generar una crisis sin precedentes. Ni se sospechaba.

También era imposible de prever que un grupo de refrigerantes nuevos, baratos, no tóxicos y que solucionaban problemas industriales, iba a comerse parte de la capa de ozono que en la atmósfera retiene los peligrosos rayos ultravioletas. Fueron conocidos como CFC (clorofluorcarbonados); cuando los científicos lo advirtieron, la industria encontró un reemplazo y se prohibieron en todo el mundo, el agujero en la capa de ozono empezó a sanar.

Lo mismo sucedió con una sustancia barata, liviana, flexible y a la vez resistente, fácil de limpiar, lo que se dice una panacea, que se transformó en un villano omnipresente que inunda ecosistemas, contamina hasta el cordón umbilical de los recién nacidos, y genera enormes preocupaciones en científicos y ambientalistas. Porque entrar se entra fácil; el tema es salir de ese laberinto químico llamado plástico -otra consecuencia del desarrollo industrial-, que empezó con aquella baquelita de 1907 y que, por cierto, también tuvo efectos culturales: el celuloide, otro plástico, es sinónimo de cine y fue clave en su difusión tanto como el vinílico en el caso de la música.

Los números abruman y dan una idea de hasta dónde se llegó (y, lo que es peor, lo que viene en el futuro, dado que el consumo no cesa y se diversifica): se producen más de cuatrocientos millones de toneladas cada año, lo que es igual a la masa de dos tercios de la población mundial y el acumulado es de más de ocho mil millones de toneladas ( https://ourworldindata.org/plastic-pollution).

Llueve sobre plastificado

Hay estudios que relacionan el plástico con el desarrollo de cáncer y problemas hormonales (endocrinos), pero otros no tan obvios que marcan la incidencia del plástico en inflamaciones cardíacas y en la enfermedad inflamatoria intestinal, así como en diabetes, artritis reumatoide, accidentes cerebro-vasculares y trastornos del sistema inmune, entre otros, según el informe Plástico y salud del Centro por el Derecho Ambiental Internacional (CIEL, www.ciel.org/plasticandhealth). Porque no solo nos afecta el plástico que se ve, sino también el fragmentado, el que queda en partículas que no se pueden ver y se ingieren alegremente, en algún momento de la cadena alimentaria.

El investigador estadounidense Gregory Wetherbee estaba en las montañas Rocallosas, en el estado de Colorado. Investigaba la contaminación con nitrógeno y había tomado unas muestras de lluvia para analizar. De modo que no buscaba lo que encontró: toda una pléyade de microplásticos en el agua que cae del cielo en una región relativamente apartada. "Fue un hallazgo azaroso, pero oportuno", dijo. Estamos rodeados. "Todos vivimos en Plasticville", escribió Susan Freinkel en su libro Plástico.Un idilio tóxico (Tusquets, 2012), en el que repasa la historia y las consecuencias de este derivado de la industria petrolera. "No tuve claro hasta qué extremo el plástico había invadido mi vida hasta que decidí pasar un día sin tocar nada que estuviera hecho de ese material. La inutilidad de este experimento resultó evidente unos diez segundos después de levantarme en la mañana elegida, mientras me dirigía arrastrando los pies hasta el baño con cara de sueño: el asiento del inodoro era de plástico. Cambié rápidamente de plan: me pasaría el día anotando todo lo que tocara que estuviera hecho de plástico". En menos de una hora había llenado una página de su cuaderno (también fabricado con plástico, igual que su lapicera). De hecho, lo difícil es encontrar algo de consumo cotidiano que no tenga alguna forma de plástico: de la ropa a los anteojos, la computadora, los mangos de las cosas, interruptores de luz, frascos y todo alrededor; incluso los humanos entramos al quirófano para meternos plástico y -supuestamente- mejorar nuestro aspecto. Las personas que encaran una vida de plástico cero tienen que mostrar un ascetismo casi heroico; sin embargo, hasta hace cien años la vida normal era así.

El juguete dice "hecho con plásticos reciclados" y el consumidor, con conciencia, decide hacer la compra. Pero no tan rápido. "Uno lo compra confiado, y piensa que hace el bien, pero los reciclajes no son inocuos. Puede haber problemas con retardantes como el bromo, que hacen que el reciclaje sea más tóxico al concentrar sustancias. De hecho, las plantas de reciclaje no conocen cuál es la composición de lo que están reciclando. Y la concentración de contaminantes es hasta mil veces lo autorizado en el plástico virgen", alertó David Azoulay, director del Programa de Salud Ambiental de CIEL, durante el seminario "El plástico y la salud", organizado por la ONG Salud sin Daño, este año. Tampoco Greenpeace suscribe al reciclado como solución, pero sí a la reducción del consumo (¿cómo convencer a las sociedades de que dejen de consumir plástico, que es barato y omnipresente? Ese es el famoso quid de la cuestión).

¿Soluciones?

Bien: si ni siquiera reciclar deja de ser peligroso, la sensación es que no hay escapatoria, como suele pasar con el cambio climático, mal que les pese a quienes deben insuflar optimismo a las masas para actuar. El informe de CIEL pide "abordar los riesgos del plástico y tomar decisiones de manera fundamentada que entiendan y tomen en cuenta los impactos en la salud humana de todo el ciclo de vida del plástico. Este tipo de abordaje también es indispensable para evitar la creación de otros problemas ambientales cada vez más complejos al intentar buscar la solución inicial al problema". Y remarca que existen riesgos para la salud humana en cada una de las etapas del ciclo de vida del plástico. El nivel de complejidad de las soluciones es altísimo e involucra a muchos actores.

Claro que, dado el desarrollo tecnológico de una sociedad con robots, algoritmos e inteligencia artificial, siempre está -al menos en el imaginario- la posibilidad de una solución mágica, cierto Deus ex machina que barra con todo el plástico acumulado. Hasta ahora se han conseguido paliativos: una prohibición de compras de bolsas de supermercado acá, un impuesto por allá, una taza para café hecha de otro material más lejos, la limpieza de alguna playa. Nada universal. Se saca de un lado pero va a otro y como es virtualmente eterno, el plástico queda en otro lugar, pero queda... en el planeta. Una posibilidad abierta es la de las bacterias; en concreto, una llamada Ideonella sakaiensis, descubierta en un basural japonés que podría, modificada apropiadamente, digerir los materiales plásticos. O algún otro microorganismo prodigioso (¿un hongo?). Claro que, aunque suena bien, hay que ver con cuidado a qué escala puede hacerse y cómo tener ecológicamente en raya a los bichitos para la solución no se transforme en otro dolor de cabeza impensado.

Otra posibilidad es la incineración, pero los especialistas independientes coinciden: ni locos. De hecho, el informe de CIEL dice, textualmente, "en todas las tecnologías para la gestión de residuos (incluyendo la incineración, coincineración, gasificación y pirolisis) se emiten al aire, agua, y suelos metales tóxicos tales como el plomo y el mercurio, sustancias orgánicas (dioxinas y furanos), gases ácidos y otras sustancias tóxicas. Todos estos tipos de tecnologías exponen directa e indirectamente al personal y comunidades cercanas a sustancias tóxicas, incluyendo la inhalación de aire contaminado, contacto directo con suelo o aguas contaminadas e ingestión de alimentos cultivados en un ambiente contaminado". Y sigue: "Las toxinas de las emisiones, cenizas volantes, y escoria en una quema pueden desplazarse grandes distancias y asentarse en suelos o aguas, e ingresar con el tiempo al cuerpo humano luego de acumularse en los tejidos de plantas y animales". No más preguntas, señor juez.

¿Qué hacemos, entonces? ¿Deben las sociedades regresar a una suerte de época preplástico? Son contados los ejemplos de este tipo de reversiones tecnológicas (por lo general, cada cosa que se puede hacer tecnológica y socialmente, se hace; desde la bomba atómica hasta las redes sociales esclavizantes o la industria automotriz). Pero quizá sea hora de plantear en serio esta posibilidad, antes de que sea demasiado tarde.

No solo de eliminar sorbetes, como se hizo recientemente en la ciudad de Buenos Aires, vive la lucha contra el plástico. Incluso más voluminoso es un consumo que suele estar oculto, como las compras de las grandes instituciones, en especial los hospitales que por una cuestión de higiene y protección usan mucho plástico (desde guantes hasta blísteres para los medicamentos). Pero esa magnitud se puede reducir si se evita lo evitable: plásticos de un solo uso en las cocinas, el telgopor de los vasos de café y miles de accesorios más.

En ese sentido, hay algunas iniciativas en el país, con dos hospitales que empiezan a ser referencia, el Hospital Austral de Pilar y el Hospital Regional de Ushuaia, miembros de la Red Global de Hospitales Verdes y Saludables de Salud sin Daño. "Descubrimos que se usaban muchos descartables en cocina, así que compramos vajilla y armamos los postres en vasos de vidrio. De a poco, redujimos 45.000 vasos de plástico al año, con un ahorro 2500 dólares, con lo que cierra por todos lados la ecuación. Los cubiertos descartables los reemplazamos por cubiertos de abedul y con lo que sobra de la caña de azúcar, unos bioplásticos que son 100% compostables. La consigna es reducir, reutilizar y reciclar", dice María Marta Cozzarin, directora del Hospital Regional de Ushuaia. Y enumera: "Instamos a que la gente del hospital lleve su botella de agua, no caliente los tuppers, tenga cuidado con los deliverys. Para compras sustentables, lo que hacemos es analizar el packaging de los insumos para saber si los accesorios son de cartón o de plástico, para incluirlos en nuestro programa de reciclado".

Como en todas estas campañas, incluso las prohibiciones tienen un doble sentido: el hecho de generar una buena práctica y a la vez comunicar el daño que genera el plástico por doquier, para generar efecto imitación. El hecho de que mucha gente se preguntara por qué se prohibieron los sorbetes es un índice de que aún falta generar conciencia.

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