El poder cede y el pueblo sufre: queda la nación

Por Mariano Gondona
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9 de diciembre de 2001  

En tiempos de crisis, las naciones desnudan su alma. La Argentina no es una excepción. A medida que avanza, la crisis económica se va comiendo a los actores políticos hasta llegar a alturas insospechadas, movilizando reservas que hasta ayer no teníamos en cuenta. Es como una inundación. Primero quedan anegados los bajos, pero es entonces cuando las lomas adquieren inusitado valor.

O, si se quiere, es como una partida de ajedrez. La partida se pierde solamente cuando se rinde el rey. Antes de que esto ocurra, otras piezas que valen de menor a mayor (peones, alfiles y caballos, las rectas torres y la ubicua dama, en este orden ascendente) emplean su poder para defender al rey, sacrificándose por él.

Cuando el presidente De la Rúa envió al ministro Cavallo a Washington en un último intento por evitar que el Fondo Monetario Internacional nos bajara el pulgar, ¿no se estaba "despegando" de él? ¿Qué pasaría si Cavallo volviera con las manos vacías? El jueves por la noche, por televisión, el secretario general de la Presidencia, Nicolás Gallo, fue contundente: el Presidente no debe quedar "pegado" a nadie y todos los hombres del Presidente, por encumbrados que sean, son sacrificables.

¿Es entonces De la Rúa el "rey"? No necesariamente. Admitamos, sí, que sus ministros son alfiles o caballos. Pero De la Rúa no es el rey, puesto que también la Argentina podría, in extremis , prescindir de él.

Digamos que el Presidente es más que un alfil o un caballo pero menos que el por ahora misterioso rey. Una torre, por ejemplo. Si De la Rúa renunciara, quedaría el Congreso para cubrir el vacío. ¿Es el Congreso, por consiguiente, el rey? No: todavía quedan instancias superiores a él. En un plano de poder equivalente al del Presidente, el Congreso es sólo la otra torre.

Si las cosas llegaran a mayores y se disparara al fin el mecanismo de la acefalía que desembocaría en una nueva elección presidencial, el que resolvería la cuestión sería finalmente el pueblo.

Aquí verificamos la existencia de una pieza mayor aún que las torres: la voluntad popular. ¿Es el pueblo, por fin, el rey? No, diríamos que sólo es la dama, puesto que por encima del pueblo asoma, en la última de todas las instancias, la nación. La nación argentina: he aquí el verdadero rey.

El pueblo, el soberano de la democracia, es el conjunto de los contemporáneos. Los ciudadanos argentinos vivientes: éste es, hoy, el pueblo argentino. Pero la nación va más allá porque es la sucesión de una serie de pueblos a través del tiempo. Hay casos extremos en que hasta la dama se sacrifica por el rey.

Así ocurre, por ejemplo, en las guerras. ¿Cuántos millones de rusos, alemanes e ingleses murieron en la sangrienta Segunda Guerra Mundial para que Rusia, Alemania y el Reino Unido los sobrevivieran? ¿Cuántas veces en la historia pueblos heroicos dieron su sangre por la nación, a la que también llamaron "patria"?

Los sufridos "peones"

Si el pueblo argentino es la dama, cada uno de sus miembros, esto es nosotros, es apenas un humilde "peón": el más sacrificable de todos. Millones de argentinos sufren hoy los tormentos de la recesión, el desempleo y el congelamiento de los depósitos. No se crea que no son patrióticos. Como los alemanes, los rusos o los ingleses, darían su vida por la patria. Pero los sufrimientos que ahora padecen con asombrosa mansedumbre, ¿provienen acaso de ella?

¿O resultan en cambio de los errores reiterados de sus dirigentes políticos? Esos dirigentes, no son el rey. Apenas si son torres, alfiles o caballos. Desde el momento en que es el pueblo entero el que hoy sacrifica su bienestar, desde el momento en que no sólo sufren uno o varios ciudadanos sino "todos" ellos, podría decirse que, en la partida de ajedrez que estamos librando, la dama, el pueblo entero, no se está sacrificando por el rey sino por piezas como las torres, alfiles o caballos, menores que ella.

¿No es esto absurdo? ¿En qué partida se ha visto que, en lugar de sacrificar una pieza tan importante como la dama en favor del rey, el jugador lo haga en beneficio de piezas menores? ¿No subyace en nuestra crisis económica el escándalo de la subordinación del pueblo a los intereses de su clase política?

Que esta anómala subordinación existe lo prueba que en los más recientes planes de austeridad que el Gobierno ha lanzado sobre el pueblo no hay ninguna previsión en detrimento de nuestro estrafalario gasto político. Alguna vez, el Presidente llegó a anunciar que sometería la llamada "reforma política" a un plebiscito. Pero nada de esto ocurrió. En el plano de las jubilaciones de privilegio, las pensiones graciables, los gastos reservados y las pequeñas cortes de clientes que rodean a cada legislador, nada o casi nada ha cambiado. Desde los educativos hasta los sociales, todos los gastos del Estado caen en picada arrastrados por la crisis, en tanto el gasto político permanece incólume como si el rey, en definitiva, no fuera otro que él.

A esta comprobación de carácter general ha venido a sumarse, con la reciente restricción de los 250 pesos semanales, un proceso judicial que podría reconocer a los legisladores el derecho de retirar "todos" sus haberes en efectivo. Resulta paradójico que la promotora de esta aclaración judicial haya sido la diputada Alicia Castro, precisamente una de las que más dice defender las causas populares.

El pueblo, la dama, ya ha dado una clara señal de que se siente discriminado por las piezas menores del tablero nacional. Cuando un 40 por ciento de los argentinos se negó a votar positivamente en las elecciones del 14 de octubre, ¿no fue éste su mensaje?

La dieta política

En el fondo de nuestra crisis económica subyace, pues, un escándalo político. Culpable de errores de larga data en el manejo presupuestario, nuestra clase política está en la raíz del Estado insolvente que hoy todos padecemos. Pero, en vez de pagar ella misma la consecuencia de sus errores, los ha desviado en dirección del pueblo. Las torres, alfiles y caballos se han rebelado contra la dama invocando falsamente el nombre del rey, de la nación que sufre y espera.

¿Cómo ubicar otra vez cada pieza del tablero en su auténtico lugar? Imaginemos por un momento un nuevo Estado que, en lugar de desbordar como ahora con legiones de legisladores, concejales y clientes, se redujera drásticamente al papel instrumental que le corresponde. Un Estado sin Senado nacional y con sólo 100 diputados, sin legislaturas bicamerales en provincias, sin absolutamente ningún concejal en las ciudades grandes y pequeñas y, aún más, sin veinticuatro provincias sino seis o siete regiones.

En este Estado mínimo ideal, en esta isla de Utopía, no sólo bajaría drásticamente el gasto político; una dirigencia reducida a la escala de lo necesario, también recuperaría con su sacrificio la confianza popular.

No se trata de sacrificar a la dama sino a las torres, alfiles y caballos. Así se salvaría el rey. ¿Pero tendrá nuestra clase política la grandeza de intentarlo? Como las naciones son imperecederas, esta cuenta se pagará tarde o temprano. ¿No sería mejor entonces que nuestros políticos se adelantaran a los acontecimientos, promoviendo de inmediato una amplia reforma constitucional? Si alguno de ellos levanta esta bandera, una mayoría popular lo seguirá.

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