El poder rendirá examen cada día

La dimensión que tomó la irritación social en los últimos meses no le deja margen de ineficiencia al conjunto de la dirigencia
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23 de diciembre de 2001  

La política no vivirá tranquila durante el próximo año. Pero podría resultar mucho peor si sus dirigentes (y sobre todo, ahora, los del peronismo) eligieran mal en la opción entre la civilización y la barbarie, que es la encrucijada en la que irremediablemente se encontrarán.

El país está atravesando las consecuencias económicas y sociales de un default virtual. No sólo el Gobierno tiene cortado el crédito interno y externo, sino también el sector privado, cada vez más limitado, inclusive, a conseguir las importaciones esenciales, salvo las compradas al contado y con pago previo. Esa crisis de las importaciones no podrá superar los próximos 60 días sin que la producción argentina colapse.

La carencia del crédito, el motor esencial de la economía (consumido y gastado durante décadas por un Estado voraz y dispendioso), está dejando consecuencias imposibles de medir aún en la actividad económica y en la merma del empleo. Todo los economistas han hecho suyo un pronóstico que indica que la caída del PBI en el primer semestre de 2002 será del orden de entre el 6 y el 7 por ciento.

Caída estrepitosa del PBI, exponencial crecimiento del desempleo, parálisis de la economía y falta absoluta de crédito, son precisamente las consecuencias del default, sea éste virtual o formal.

Así las cosas, la economía está definitivamente enhebrada con la política. En los últimos días del año perdido de 2001 se le agregó además un conflicto social de dimensiones monumentales. Hace muy poco tiempo, el delegado de las Naciones Unidas en la Argentina, el diplomático español Carmelo Angulo Barturen, comprometido hasta el límite de su gestión con el drama argentino, le preguntó a este periodista: “¿Por qué el estallido social no está en las calles de la Argentina? ¿Las estadísticas del desempleo y la pobreza son falsas o hay razones sociales que yo no comprendo?”.

Apenas semanas más tarde, las estadísticas y la realidad lograron converger. Angulo Barturen ya no tiene -es de suponer- curiosidad intelectual, sino una soberbia preocupación. Previsor, el diplomático español había preparado antes, al lado de la Iglesia católica argentina, un escenario de diálogo esencial entre los distintos actores políticos, económicos y sociales de la crisis.

Esa mesa, que existe y ya dio sus primeros pasos, aún puede ser útil, cuando el vendaval social fulminó al gobierno de Fernando de la Rúa y a su estilo perpetuo de girar en el vacío, entre los espasmos cada vez más virulentos de la crisis.

El peronismo ha ofrecido, por ahora, una elección tras otra durante 2002, que es la manera de disimular, y de resolver al mismo tiempo, su interna encendida. Los primeros dos meses del año podrían ser tan o más insoportables que los últimos dos meses de De la Rúa, si el justicialismo se abocara sólo a una campaña electoral que no podrá ser ya a cielo abierto.

La gente común ha tomado protagonismo y, aunque a veces actúa de manera arbitraria, le impide a los políticos el ejercicio más simple de caminar por la calle. No habrá actos públicos ni la televisión perderá a sus espectadores entregando las pantallas a los depredadores de cualquier rating.

El peronismo tiene dos opciones por delante:

  • Seguir atendiendo sólo a sus señores feudales, casi jefes de tribus sin un proyecto colectivo, y a la pelea operística ya entre Carlos Menem y Eduardo Duhalde.
  • Asumir que la crisis nacional de dimensiones inéditas no podrá resolverse sólo con el golpe de mano de un partido, el peronismo, que también sufrió el repudio de muchos votantes en las elecciones de hace dos meses.
  • En la primera de las alternativas, al país sólo le aguardarán otras y peores estaciones del infierno, con presidentes que pasarán como ráfagas olvidadas de la historia. El 19 de diciembre, cuando los pacíficos cacerolazos y el depredador vandalismo se llevaron un gobierno, es un precedente demasiado cercano para cualquier presidente. Hay en el peronismo, a veces, una tendencia a creer con exagerada convicción de que es intangible cuando controla el poder.

    Compromiso

    La segunda opción requiere que el gobierno peronista que asume en estas horas, aún cuando fuere de una inquietante precariedad, tenga el mandato de hacer una concertación de políticas comunes con todos los sectores políticos, económicos y sociales. El peronismo debería ser el primero en comprometerse en continuar con esas políticas consensuadas si continuara en el poder después de marzo, como todo lo indica hasta ahora.

    El peronismo apuró los tiempos institucionales con el argumento, en cierta medida razonable, de que el ex presidente De la Rúa sólo podía, por su notable impericia para gobernar, agrandar el incendio de un país que irremediablemente caería en manos del peronismo. Al justicialismo lo empujaba la ambición de poder, que es su razón de existir en la política, pero también el temor de que la sociedad le reprochara no haber hecho nada cuando podía hacerlo.

    Nadie sabe si el peronismo también es consciente de que la sociedad le reprochará con más ganas aún si, una vez reconquistado el poder antes de tiempo, terminara mostrándose sin planes y sin aptitud para resolver la crisis.

    El peronismo ya no tiene un seguro de indemnidad frente a la sociedad. Más aún: aquel default inevitable, formal o virtual, amenaza con llevarse de la vida pública a varios de sus gobernadores. La crisis no distingue entre partidos, sino simplemente entre políticos que deben pagar salarios a fin de mes o los que, por sus cargos parlamentarios, están exceptuados de esa misión casi automática del Estado, pero que se convirtió en una hazaña mensual en muchisimas provincias.

    Puede decirse que la necesidad de buscar un acuerdo mínimo entre dirigentes políticos y sociales es una condición inexorable para salir de la crisis y, sobre todo, para demostrarle al mundo que la Argentina está todavía dentro de las fronteras de la civilización.

    El mayor deaafío

    Sin embargo, el mayor desafío de la dirigencia estará frente a los propios argentinos, a quienes ningún dirigente les demostró aún que tiene la talla política para resolver el colosal conflicto nacional. Nadie vive, en la Argentina, en cualquier momento de la historia. No sólo existe el precedente de una elección reciente e insólita en la que descolló la protesta y la desconfianza.

    La desconfianza social y la bronca han crecido geométricamente desde octubre. Esa dimensión de la irritación social comenzó cuando los políticos argentinos descubrieron que tenían negada, por ejemplo, la extracción bancaria de los 250 pesos semanales. No eran los bancos los que les cerraban las puertas, sino los enfurecidos ahorristas que hacen cola frente a los cajeros y que los despedían a los gritos no bien los veían llegar.

    Poco más tarde, ese furor llegó a la calle. Durante el curso del año 2002, al Argentina podría ser un país normal, con sus ciudadanos en sus casas, en el trabajo, en los bares o en los clubes, si optara por la civilización. O será una nación sublevada e imprevisible, con el tumulto resolviendo de mala manera los conflictos políticos, si decidiera regresar a la barbarie.

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