El populismo residual de los argentinos

Por Mariano Grondona
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2 de diciembre de 2001  

De marzo en adelante, el retiro de los depósitos fue debilitando al sistema financiero argentino. La última semana, ese proceso gradual se convirtió en estampida. Para detenerla, el Gobierno ha decidido encerrar a los ahorristas detrás de la barrera bancaria. Si bien no les arrebata sus ahorros ni los convierte forzosamente en bonos como el famoso Plan Bonex, restringe seriamente su derecho de propiedad al impedirles convertir en efectivo sus tenencias bancarias -salvo una suma mínima- y girar libremente su capital al exterior, puesto que para ello será necesaria cierta intervención del Banco Central.

Dejemos para otra ocasión el examen de la dudosa legitimidad constitucional de esta medida porque la necesidad, después de todo, tiene cara de hereje. Pero cabe explorar una cuestión previa: esta "encerrona" bancaria, ¿podrá lograr el efecto que busca el Gobierno? Admisible o no en el plano de los principios, ¿será efectiva en el plano de los hechos?

Anotemos, por lo pronto, dos efectos probables a partir de la aplicación del nuevo sistema. La primera es que, en las condiciones de "encierro" que se han creado, es muy difícil que nuevos depósitos vengan a sumarse a los existentes desde fuera del sistema. Nadie va a un lugar desde el cual sabe de antemano que no podrá salir. El dinero, como la gente, no ingresa de buen grado en una prisión.

El primer efecto de las nuevas medidas será, por ello, detener cualquier impulso que sintieran los inversores internos o externos, por débil que haya sido hasta estos momentos, de ingresar en el sistema financiero argentino. Es verdad, por otra parte, que la decisión del Gobierno detendrá la hemorragia de los depósitos que arreció anteayer. ¿Por cuánto tiempo? ¿Cuánto tardará la "viveza criolla" en encontrar salidas no convencionales?

El cuadro de las idas y venidas de los depósitos, en todo caso, se ha modificado. Antes de las nuevas medidas, pocos entraban y muchos salían del sistema financiero. Ahora, nadie entrará, pero pocos saldrán, ya que no les será fácil eludir las vallas del ministro Cavallo.

Tener cautivos a los depositantes no es de todos modos una medida propia de un régimen capitalista, precisamente de parte de un gobierno que presume serlo. El capitalismo funciona plenamente allí donde los ahorristas, pudiendo salirse del sistema, optan por quedarse en él porque les conviene.

Secuestrar a los ahorristas para que no se escapen cuando desearían hacerlo es propio, en cambio, de los sistemas anticapitalistas. Puede justificarse, quizá, como una medida de emergencia. Así ha intentado hacerlo el Gobierno al anunciar que el cautiverio de los ahorristas durará por un plazo relativamente breve, quizá noventa días, mientras se completa el canje de la deuda externa.

Después de ese plazo, y suponiendo que las medidas de emergencia nos salven del derrumbe, ¿cómo seguirá esta historia? ¿Cómo lograr que la Argentina deje de ser compulsiva y pase a ser atractiva para los inversores? ¿Cómo devolver a nuestro país la atracción de las economías capitalistas?

El destino del sobrante

En las economías desarrolladas, la generalidad de las personas poseen, una vez que gastaron para vivir, un "sobrante" cuya dimensión varía enormemente de una a otra persona, pero si decimos que todo aquel que dispone de un sobrante es más o menos "rico", también admitiremos que los "ricos" son mayoritarios en los países desarrollados.

En las economías subdesarrolladas, en cambio, hay muchas personas que en vez de tener un sobrante padecen un "faltante". Constituyen la legión inadmisible de los pobres. Entre nosotros, al menos 14 millones de personas. El paso del subdesarrollo al desarrollo no consiste en otra cosa que en la transformación de los pobres en ricos.

Esto, ¿cómo se logra? Hay dos fórmulas a la vista. Una, el populismo. Otra, el capitalismo. Ambos difieren en el destino que dan al sobrante. El populismo responde a la idea central de que la mejor manera de combatir la pobreza es darles a los que menos tienen lo que les sobra a los que más tienen.

El populismo tiene hondas raíces en la Argentina. En los años cuarenta, era tal la imagen de abundancia que daba la clase agropecuaria que se la empezó a ordeñar para favorecer a otros sectores. Pero el maná que venía de la tierra se agotó antes de lo pensado. ¿Qué se intentó entonces? Emitir dinero para cubrir el bache. Una vez que la hiperinflación agotó este recurso, dando lugar al plan de convertibilidad, la hiperemisión fue reemplazada por el hiperendeudamiento. Este año, el nuevo manantial también se secó.

De ahí en más, como ya el Gobierno no podía emitir ni endeudarse, aparecieron los "impuestazos". Tímidamente primero con Machinea, prosiguieron después con Cavallo a través del impuesto al cheque y todavía subsisten con la media sanción en la Cámara de Diputados del nuevo nivel del 45 por ciento del impuesto a las ganancias de los más ricos.

El 13, 14 y 15 de este mes, por otra parte, la Central de Trabajadores Argentinos de Víctor De Gennaro, la Federación Agraria, la Asamblea de Pequeños y Medianos Empresarios y otras asociaciones pondrán a disposición de la gente 20.000 urnas para que voten una transferencia a los pobres de nada menos que 21.300 millones de pesos anuales a través de la confiscación tributaria de los que más tienen.

La iniciativa de De Gennaro tiene la virtud de poner en blanco y negro, sin tapujos, la inclinación populista que en las iniciativas anteriores había sido vergonzante. De una manera clara o embozada, en suma, la cultura populista no abandona a los argentinos desde hace más de medio siglo.

La fórmula del desarrollo

En un país de cultura populista, ¿debe sorprender que los poseedores del sobrante contemplen la posibilidad de esconder sus capitales? Saben que, movidos por un populismo abierto o vergonzante, tarde o temprano los gobiernos vendrán por ellos. En un país hostil al capital, el clima reinante es la sospecha. Se estima que más de cien mil millones ya se han ido del país en años anteriores. Quedaban bastante menos de cien mil millones dentro del sistema. Pero únicamente altísimas tasas de interés los retenían. Al fin, cuando pese a ello los ahorristas quisieron huir, el Gobierno los ha encerrado en el inmenso corralón de la bancarización forzosa.

Pero la experiencia internacional demuestra que ningún país ha pasado del subdesarrollo al desarrollo mediante el populismo, que multiplica los pobres en nombre de los pobres porque, amenazados por la transferencia forzosa de sus capitales, los inversores que no están no vienen y los que están se van.

El método capitalista, en vez de expropiar a los tenedores de sobrantes los incita a invertir creando un ambiente proclive a los buenos negocios. En vez de castigarlos como el populismo, el capitalismo premia a los tenedores de sobrantes con una rentabilidad anunciada. Es sólo entonces cuando los inversores ya no necesitan cantos de sirena para venir ni barrotes para quedarse.

Nadie niega que, acosado por la emergencia, el Gobierno se vio obligado a la herejía de encerrar a los capitales que quedaban. Pero la sima a la cual hemos llegado debería enseñarnos que, a menos que sustituya su cultura populista por otra capitalista, la Argentina, con menos ricos y más pobres cada día, carece de destino.

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