El presidente Macri y la mitad menos uno

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
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11 de diciembre de 2017  • 23:35

El primer mandato presidencial de Mauricio Macri tiene desde hoy más pasado que futuro. El límite temporal es inexorable, aunque el Gobierno haya logrado pasarlo en un momento de vitalidad sólo comparable a la euforia de los momentos inaugurales.

Lejos de los cataclismos que le auguró el kirchnerismo en retirada, pero también distante de poder mostrar algo más que expectativas, Macri ya acomodó su discurso para diferir la llegada de resultados tangibles y concluyentes. No le fue mal usando ese recurso en las elecciones de medio término . Ese triunfo es el que permiten transitar con cierta comodidad la mitad de su gobierno.

Ahora se dispone a extender la vida útil de esa herramienta corriendo el horizonte. El macrismo ya dice y repite que el ciclo imprescindible para un cambio de rumbo de la Argentina no son estos cuatro años, sino ocho, para lo que naturalmente es necesaria una reelección.

El día en el que le queda la mitad menos uno de su mandato, Macri puede disfrutar que el objetivo de quedarse hasta el 2023 en la Casa Rosada tiene la convalidación de los registros sociales de hoy. La encuesta de Poliarquía que publicó ayer LA NACION muestra que el 51 por ciento –ahora sí, una boquense mitad más uno- apoyaría su candidatura presidencial en 2019, contra un 39 por ciento que no lo votaría. El sondeo indica que, en orden decreciente, el apoyo a Macri se concentra en el interior, en la Capital y, por último, en el conurbano bonaerense.

El respaldo al Presidente está acompañado por un cierto optimismo sobre la evolución de la situación económica tanto en el plano general como respecto de la situación personal de los encuestados. Casi la mitad (49 por ciento, el país; 48, la situación personal) cree que la economía estará mejor dentro de un año. La instalación de expectativas es un árbol que sigue dando los mejores frutos a Cambiemos.

Ese apoyo popular choca con una espera sin resultados: la inversión privada, objetivo esencial para un proyecto de restauración capitalista como el que persigue Macri, es una notoria ausencia. Los tenues índices de recuperación de la economía se vienen explicando más por el impulso del gasto estatal en obras y por la multiplicación de créditos hipotecarios y personales que por el anuncio de grandes emprendimientos empresarios.

Otro fallido kirchnerista: Macri “gobierna para los ricos” pero los supuestos ricos no abren su billetera para consolidar a Cambiemos.

“Mauricio, que es futbolero de alma, pero ingeniero de profesión, sabe que hasta ahora hacer menottismo fue muy útil. Y que ahora el bilardismo puede ser la demanda social que viene”, lo describe un hombre de su gabinete.

Esas palabras tienen una traducción concreta. El Presidente acentuó en las últimas semanas su insistencia a los funcionarios para que se cumplan objetivos concretos y específicos. Sabe que el pasado que dice transformar se aleja a cada minuto y que la mirada sobre sus aciertos y errores crecerá cada día más hasta terminar siendo central en las decisiones políticas de los argentinos.

El contexto de derrumbe político del kirchnerismo y el arrastre que eso provoca al conjunto del peronismo le permite a Macri seguir jugando con una cierta comodidad. Pero el cataclismo ha sido tan rotundo que la soledad en la cúspide incluye el riesgo de absorber lo bueno y lo malo. Es por eso que el pedido de detención dictado contra Cristina Kirchner por el juez Claudio Bonadio en la causa por el pacto con Irán fue más lamentado que celebrado en el macrismo. Un asunto de origen judicial que involucra a una ex presidenta y a la vez jefa de la oposición es, más allá de todas las formalidades, una cuestión política que el Gobierno pretende eludir reinstalando una discusión técnica sobre la aplicación de la prisión preventiva.

Al macrismo le preocupa que el avance judicial sobre Cristina espante a los peronistas que firmaron los pactos reformistas que tienen su aprobación pendiente en el Congreso. Esos gobernadores peronistas que en el Senado tienen en Miguel Pichetto a su mejor representante no quieren perder pie en su propio espacio, el PJ, justo ahora que en paralelo con los acuerdos con el Gobierno encontraron que tienen la posibilidad de construir un liderazgo partidario en reemplazo de Cristina.

Una paradoja: es llamativo que las alertas ante los cambios de los criterios judiciales sólo se detonen frente a casos que ponen esos argumentos en tensión. La queja kirchnerista asumida en parte por el macrismo (que quiere una ley para precisar y acotar) por la aplicación de la prisión preventiva a imputados es casi contemporánea con la discusión sobre la flexibilidad para otorgar libertades a criminales que siguen cometiendo graves delitos –asaltos, asesinatos o violaciones- gozando del beneficio de la libertad hasta tanto sean sentenciados en forma definitiva. ¿Debe haber un criterio favorable para los políticos y otro restrictivo para delincuentes comunes? La política podría responder de una vez esos dos dilemas en lugar de poner parches tardíos a hechos consumados.

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