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El presidente que supo complacer a todos

Por Aleksander Bovin Para LA NACION
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30 de marzo de 2000  

MOSCU

La campaña electoral rusa fue plúmbea. Ojalá pudiera decir que fue tediosa porque ahora somos una democracia normal, un país donde la política es algo cotidiano y no una cuestión de vida o muerte. Pero Rusia sigue siendo otro tipo de país. De ahí que no deban ser bienvenidas unas elecciones que, por su resultado absolutamente predecible, parecen soviéticas. Quedan pendientes cuestiones fundamentales y decisiones difíciles, para las cuales se necesita consenso. Y nuestros comicios democráticos no lo proporcionaron.

El electorado estaba tan aburrido que, en verdad, se dudó de que acudiera a las urnas el 51 por ciento de los votantes elegibles, mínimo necesario para dar validez a los resultados. Semejante nivel de abstención al menos habría infundido cierto interés a las elecciones. Fuera de Rusia, por supuesto, el resto del mundo se preocupó por nuestra "campaña", probablemente sólo porque la democracia rusa sigue pareciendo una gran novedad.

Como se esperaba desde hace meses, Vladimir Putin ganó por amplio margen. Ya no es presidente interino. Ahora gobierna por derecho propio. Pero, ¿cuál es su mandato? Nadie lo sabe con certeza. Quizás encontremos algún indicio del tono que tendrá su presidencia indagando las causas de su ascenso meteórico.

Promesa de cambio

Putin representa un cambio, aunque sea incipiente, para sus compatriotas, desde hace tiempo hartos de Boris Yeltsin. Aquel favorito de las multitudes, ídolo de las mujeres y los intelectuales, se había vuelto un viejo achacoso; daba lástima. La gente estaba harta de su "imprevisibilidad", su incapacidad de dominar su mal genio, de obligar a la corrupta banda del Kremlin a comportarse, si no con integridad, al menos con sensatez. Lo acusaba de haber convertido a Rusia en el hazmerreír del mundo. Estaba harta de sus promesas incumplidas.

Por todo esto, Yeltsin es un personaje trágico. Asumió responsabilidades que excedían sus fuerzas. Sin duda, salvó las libertades traídas por Gorbachov _libertad de elección, de palabra, de prensa, de conciencia_, pero no logró proporcionar una libertad verdadera y sostenible: la de vivir en un Estado responsable, seguro y estable.

En tales circunstancias, cualquier candidato presidencial elegido entre los allegados a Yeltsin parecía condenado al fracaso. Putin pudo superar a su protector porque no provenía de Moscú ni del Kremlin. No era visto como una figura del manoseado mazo de naipes políticos del Kremlin, barajado por tantos gobiernos, ni como hechura de la Familia (los asesores, partidarios y asistentes de confianza de Yeltsin).

Su juventud, su energía, su capacidad de hablar en un lenguaje comprensible para las masas son las señales visibles del cambio que Putin parece prometer. Y, más importante aún, lo es todo para todos. Nuestros intelectuales lo aman porque suele asistir al teatro, la ópera y el ballet. Los economistas lo aplauden porque entiende el mercado libre. Los abogados están contentos porque prometió establecer "la dictadura de la ley". Los políticos de todos los colores lo respaldan porque su programa recorre toda la gama, desde el comunismo hasta el liberalismo. Por último, y esto no es lo menos importante, es un ex militar y ex agente de la KGB.

Chechenia también anunció su promesa de cambio. Si bien, para muchos, el segundo conflicto fue maquinado pensando en las elecciones presidenciales, los chechenos, al invadir Daghestán en agosto de 1999, proporcionaron a Putin una causa unificadora y un tema para su campaña. Siempre oportunista, Putin captó el estado de ánimo del país y se jugó. Basó sus políticas en la "unidad de Rusia" y la "amenaza de desintegración nacional" y, en consecuencia, "asumió la noble tarea de reprimir drásticamente a todos los separatistas".

Así como los estados del Norte respaldaron a Abraham Lincoln durante la Guerra de Secesión, del mismo modo la mayoría de los rusos apoyaron sinceramente a Putin porque no vaciló en luchar por "la integridad de Rusia". Tal decisión también supo jugar con el orgullo nacional herido, al demostrar que Rusia era capaz de actuar atendiendo a sus propios intereses y tomar decisiones duras sin importarle lo que decía Occidente.

Un Estado fuerte

Putin concentró sus energías en reconquistar Chechenia, pero su verdadera presa (que no perdió de vista) era Rusia. La promesa de fortalecer el Estado, imponiendo un orden y una disciplina encapsulados en la guerra de Chechenia, pareció evidenciar sus aspiraciones presidenciales. La "dictadura de la ley" _el único tipo de dictadura que Rusia jamás conoció_ es el centro de su programa y la verdadera fuente de su fuerza y popularidad. A los rusos les gustan los líderes fuertes y todos (en especial Occidente) insisten en que Rusia necesita someterse al imperio de la ley. Putin es, quizás, uno de los pocos líderes que han basado su popularidad en la promesa de ser duros.

Sin embargo, pese a su imagen de hombre duro de la KGB, Putin es ducho en el arte de agradar al pueblo. En verdad, su atributo más sorprendente es la flexibilidad intelectual: dice lo que todos quieren escuchar. En esto, se asemeja a un espejo mágico: quien se mire en él, se verá a sí mismo. Es una cualidad útil durante una campaña electoral, por cuanto lo acerca a todos: a los que miran hacia delante y los que miran atrás; a los demócratas liberales y los conservadores "malos liberales"; a los nacionalistas, patriotas, comunistas e independientes; a los federalistas y a quienes prefieren una confederación.

Putin sabe llevar todos estos sombreros. Pero serlo todo para todos sólo sirve en una campaña. En el gobierno, esta misma cualidad puede debilitarlo. Para triunfar, Putin debe gobernar con algo más que popularidad. ¿Qué dará entonces a Rusia? Este es el misterio que encaramos los rusos; después de la tediosa campaña sólo nos queda un acertijo. Es justamente lo contrario de lo que debería ser una democracia. Las campañas deben entusiasmar y señalar el camino; gobernar es el tráfago monótono de aplicar políticas minuciosas, el esfuerzo por ir ganando el apoyo suficiente para ejecutar las acciones necesarias, con el fin de acrecentar la prosperidad y la libertad. Aquí, el éxito requiere no sólo complacer sino también oponerse. Para obtener resultados, Putin tendrá que dejar de ser agradable a todos y empezar a gobernar en serio.

© Project Syndicate y La Nación

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

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