El presupuesto social y los programas del Fondo Monetario

Por Vito Tanzi Para La Nación
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26 de octubre de 2000  

WASHINGTON

En repetidas ocasiones se ha sostenido que el Fondo Monetario Internacional (FMI) es responsable del incremento de la pobreza en los países en desarrollo, particularmente forzándolos a reducir los gastos para ciertos programas como los de salud y los de educación. Pero las protestas violentas y la repetición no hacen verdadero el argumento. En el mejor de los casos, esas acusaciones son anticuadas; en el peor, son una mera plataforma ideológica.

Las estadísticas son sin duda claras: en sesenta y seis países en los que se aplicaron programas del FMI entre 1985 y 1998, el gasto per cápita en salud y en educación se incrementó más del dos por ciento anual en valores constantes. Estas cifras muestran cómo el FMI enfatiza la importancia que tiene mantener los gastos en salud y en educación cuando se trata de países que enfrentan problemas de presupuesto. El Fondo insiste en que es posible crear ahorros reduciendo los gastos no productivos, como presupuestos excesivos para las fuerzas armadas, subsidios para sectores que ya son estables y prácticas administrativas ineficaces. Es verdad que el presupuesto para el sector militar en loscuarenta y un países de los que el FMI tiene información se redujo en una proporción equivalente a casi el uno por ciento del producto bruto interno (PBI) entre 1993 y 1997.

Entre los países en los que se aplican programas del FMI, es en los de menor ingreso donde se han aumentado en mayor medida los gastos para salud y para educación. Esa diferencia será aún más evidente cuando se incremente la reducción de deuda en virtud de la Iniciativa para Países Pobres Altamente Endeudados, dado que una de las condiciones principales para recibir este apoyo es que el dinero ahorrado se utilice para combatir la pobreza.

A través de esa iniciativa, de las cuarenta y una naciones que cumplen con los requisitos, diez recibieron ayuda en 1999, y esperamos incluir otras diez para finales de este año. Los pagos de deuda de los países con los que se dio inicio a este apoyo, como Bolivia y Uganda, tuvieron una reducción de hasta el uno por ciento del PBI, lo que abre campo para incrementar sustancialmente el gasto en salud y en educación. En el presupuesto de Tanzania para 2001, los gastos que se destinan a programas relacionados con la reducción de la pobreza presentan un aumento del 44 por ciento.

Es posible que hace veinte años la opinión del FMI en cuanto a política fiscal se centrara en el estado de las cuentas del gobierno. Con el tiempo, conforme fue más claro que el peso de los ajustes fiscales recaía en aquellas personas que tenían menos voz y voto (generalmente los pobres), el FMI reconoció que no era adecuado poner el foco en los resultados fiscales de corto plazo. Desde finales de los años 80, el Fondo piensa en la inversión en desarrollo humano como una de las formas de promover el crecimiento económico sostenido. Hoy en día el FMI enfatiza la importancia de proteger (o incrementar) los gastos dirigidos a mejorar la situación de los pobres al mismo tiempo que se mantienen los objetivos fijados para dichos gastos y se mejoran los mecanismos de gobierno de forma que estas personas en verdad tengan voz y voto.

Composición del gasto público

Claro está que para reducir la pobreza no basta con echar dinero a los problemas. La calidad y la composición del gasto son tan importantes como la cantidad gastada.

El gasto público debe estar dirigido a los sectores más necesitados. Es común que para la gente pobre el acceso a los servicios de salud y de educación sea limitado. En muchos de los países pobres altamente endeudados se invierte mucho dinero en hospitales urbanos y en educación superior en relación con el que se invierte en centros rurales de salud y en educación primaria. De la población total de estos países, el 20 por ciento más pobre recibe sólo el 14 por ciento de los gastos en salud y en educación, mientras que el 20 por ciento más rico recibe el 30.

La necesidad de plantear metas claras para el gasto público se aplica de igual forma a los beneficios sociales. En Indonesia solía subsidiarse ampliamente la producción de aceite para cocinar y de otros productos de alto consumo, lo que beneficiaba sobre todo a la clase media. A pesar de todas las críticas, el programa apoyado por el FMI eliminó la mayor parte de esos subsidios y el dinero ahorrado se empleó en subsidios mejor aplicados, utilizándolo para cosas como la producción de un tipo de arroz que era consumido principalmente por la gente pobre. Para mejorar los objetivos del gasto público de manera que se logre la mayor reducción posible de la pobreza con los recursos disponibles, ahora el FMI pide a todos los países pobres a los que presta dinero que preparen estrategias integrales de reducción de la pobreza.

Segundo, los fondos deben ser canalizados eficientemente. Las pérdidas por corrupción o por gastos excesivos en la administración del programa deben ser minimizadas. Es vital que las operaciones del gobierno sean más transparentes. El programa apoyado por el FMI en Nigeria, por ejemplo, incluye la Iniciativa de Reducción de la Pobreza, cuyo objetivo es que los fondos sean utilizados de forma productiva, así como garantizar que hasta el último centavo de los fondos públicos para la reducción de la pobreza se gaste en el cumplimiento de dicho objetivo.

Finalmente, debe reconocerse que, cualquiera que sea la razón, el hecho de que las políticas se apliquen con las mejores intenciones no necesariamente significa que darán buenos resultados. Sabemos que ha habido resultados positivos en los países en los que se aplican los programas del FMI. La tasa de inscripción en las escuelas aumentó el uno por ciento anual, y con mayor velocidad tratándose de mujeres que de varones, lo que redujo la separación de géneros. La mortandad infantil cayó anualmente el 22 por ciento, y aun más rápido para niños menores de cinco años. Las tasas de vacunación se incrementaron casi el cinco por ciento anual.

Sin embargo, el FMI no es complaciente: pretende que las políticas den buenos resultados. No hay mayor verdad que decir que la gente es el futuro de un país, y promover mejoras en la salud y educación puede ser una de las decisiones más sanas que tome una nación. Pero no debe darse prioridad a la educación y a la salud a expensas de otros programas de gobierno, como salubridad o construcción de caminos rurales, que podrían ser igualmente importantes para la reducción de la pobreza. No debemos perder de vista el árbol por mirar las ramas.

Todavía hay mucho por hacer para mejorar la situación de los más pobres entre los pobres. No cabe duda de que aún hay muchas cosas que no sabemos acerca de cómo reducir la pobreza. En algunos países escasea hasta información confiable acerca del estado general de las cosas. Pero el FMI está dando su mayor esfuerzo para ayudar a los países a alcanzar la meta de reducir la pobreza global a la mitad para 2015 y, como muestran los números, no son sólo palabras.

© Project Syndicate y La Nación

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