El principio de un cambio musulmán

Thomas L. Friedman
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27 de enero de 2002  

JACOBABAD, Paquistán

El discurso del presidente de Paquistán, Pervez Musharraf, el 12 de enero último, dirigido a toda su nación, tiene el potencial -el potencial- de contener anuncios de un tipo de progreso inconcebible para el mundo musulmán y cuyo único antecedente recién se encuentra en 1977, cuando se produjo la visita de Anwar el-Sadat a Israel. ¿Por qué? Porque, por primera vez desde el 11 de septiembre, un líder musulmán se ha atrevido a admitir públicamente el problema real: que el extremismo musulmán echó raíces en los sistemas educacionales y en los mecanismos de gobierno de muchas de sus sociedades, y ha dejado a buena parte del mundo musulmán en un estado de retraso.

Pero Musharraf trazó un esquema para hacer algo al respecto: no sólo arrojar a la cárcel a todos los extremistas, sino enfrentar sus ideas extremistas con escuelas modernas y un islam progresista. Desde el 11 de septiembre ha resultado evidente que lo que necesitamos es una guerra "dentro" del islam, y no "contra" el islam, y finalmente ha habido un líder que lo declara públicamente. Sería muy agradable si algunos líderes musulmanes árabes hicieran otro tanto.

"El día del ajuste de cuentas ha llegado -dijo Musharraf a su pueblo-. ¿Queremos que Paquistán se convierta en un Estado teocrático? ¿Creemos que la educación religiosa por sí sola es suficiente para establecer un gobierno, o deseamos emerger como un Estado islámico dinámico? El veredicto de las masas es en favor de un estado islámico progresista".

El presidente paquistaní prometió reformar las madrazas, o escuelas islámicas, que sólo enseñan el Corán, y no ciencias, matemáticas y literatura. Desde los bazares hasta las barberías, la mayoría silenciosa de Paquistán respondió: "Ya es hora de que eso suceda". Los académicos han argumentado desde hace tiempo que a medida que cambian las políticas internas de un país, otro tanto debe ocurrir con su política exterior. Lo que ocurrió en Paquistán ha sido exactamente lo opuesto. Como consecuencia de los sucesos del 11 de septiembre y el ataque subsecuente contra el Parlamento indio por parte de terroristas cachemiros pro paquistaníes, Estados Unidos e India dejaron en claro que la política exterior de Paquistán debía cambiar... y que la opción, de no ser así, es que Estados Unidos lo destruiría económicamente e India lo haría militarmente.

No hay nada para aclarar la mente como la perspectiva de ser ahorcado a la mañana siguiente. De forma que Musharraf terminó abruptamente el apoyo de Paquistán a los talibanes y a los militantes que buscan liberar a Cachemira.

Después de crear una nueva política exterior paquistaní, el desafío de Musharraf es ahora desarrollar un amplio apoyo interno.

La antigua política exterior de Paquistán fue forjada en la década de 1980 bajo el mando del dictador general Zia Ul-Haq. Zia sabía que era un gobernante ilegítimo, así que, en las palabras del analista político paquistaní Husain Haqqani, "basó su gobierno en una alianza con los militares y las mezquitas". Recurrió a ciertos clérigos y al islam militante para bendecir a su régimen. Pero Musharraf se dio cuenta de que utilizar a los militantes en Cachemira y Afganistán destruiría a Paquistán desde el exterior y que depender de ellos para legitimar su régimen militar destruiría a Paquistán desde adentro. De forma que ha creado una visión que satisface las aspiraciones de la mayoría secularizada o religiosa moderada. Para conquistar el apoyo de esta gente, sin embargo, será preciso que les dé poder, y eso sólo será posible con un retorno gradual de la democracia. "Cuando uno está dependiendo de los militares y de los militantes para permanecer en el poder, todo lo que se tiene que hacer es dar órdenes -dice Haqqani-. Pero cuando se tiene que depender del pueblo más amplio, de los sectores moderados, es preciso dirigir, es preciso persuadir y dar poder a la gente para que hablen por ellos mismos". Para decirlo con otras palabras, ahora que Paquistán ha modificado su política exterior, Musharraf puede rehacer todas las cárceles de Paquistán -arrestar a tantos islamitas militantes como sea posible- o puede rehacer la política de Paquistán y pasar de una alianza con los militares y las mezquitas a una alianza con los militares y los hombres de negocios y el sector productivo.

Para hacer eso, no obstante, tendrá que compartir el poder, atraer a mejor gente al mundo de la política y atreverse a celebrar elecciones, lo que también expondría a la luz lo pequeño que es el apoyo con el que cuentan los radicales islamitas. Cuando no han estado reforzados por el ejército, nunca han podido atraer a más del 5 por ciento de la población. Al ingresar en auto a la capital de Paquistán, Islamabad, siempre me llama la atención el hecho de que el Parlamento, la Presidencia y la Suprema Corte se encuentren en el mismo amplio bulevar: la avenida de la Constitución.

Lo único que no está en la avenida de la Constitución es la constitución de Paquistán, que está suspendida. Esa es la ruta que Musharraf debe reabrir porque es la única que lo llevará de una alianza con las mezquitas a una alianza con el grueso de la población. Y si tiene éxito, ¿quién sabe cuántos otros líderes seguirán sus huellas?

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