El principio y el fin de un ciclo histórico

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14 de diciembre de 2003  

No fue el aleteo de una mariposa, sino la contundencia de sobornos pagados a cambio de una ley. Pero ese hecho, decidido en el plácido otoño del año 2000, terminó provocando el ciclón político y económico que se abatió sobre la Argentina un año y medio más tarde. Nada sería igual a partir de aquella crisis global, que diezmó a la sociedad y a la economía y sólo a parte de la terca política.

Mario Pontaquarto le ha hecho a la historia, aun a costa de su propia inmolación, una invalorable contribución. Su declaración judicial del viernes, durante la cual relató las coimas pagadas por la ley laboral, podría convertirse en el hilo que terminará hilvanando los muchos aspectos sueltos de la causa, que mereció la indiferencia de los jueces, como siempre, y la pertinacia de dos fiscales honestos, como nunca.

Un alto funcionario actual señaló que los sobornos en el Senado eran, para la política, lo que para los militares fueron las violaciones a los derechos humanos en la década del 70. Sin el conocimiento de la verdad, la sospecha social recaería sobre todos siempre, dijo.

¿Sólo un compromiso con la verdad? Hay algo más, también: con las palabras de Pontaquarto en la mano, Néstor Kirchner podría hurgar, si tiene voluntad, en los necesarios cambios de la política y el Parlamento que reclama la sociedad.

El primer recuerdo del Presidente, cuando leyó lo que había dicho Pontaquarto, estuvo dedicado al ex vicepresidente Carlos "Chacho" Alvarez. Esto lo reivindica. Tenía razón. Hasta explica su renuncia, deslizó, corto y concluyente.

Hasta ahora, la corporación política se ocupó de que pagaran los denunciantes y no los denunciados. El propio Alvarez debió dejar el segundo lugar más iridiscente de la política argentina, la vicepresidencia, mientras se esforzaba por explicar una renuncia que la gente común nunca terminó de entender.

Antonio Cafiero, el veterano senador peronista que llevó la denuncia periodística al propio recinto del Senado, fue apartado luego de los cargos que tenía, aislado hasta el extremo de que todos los senadores abandonaban la sesión del cuerpo cuando él las debía presidir. Rafael Bielsa, el actual canciller, tuvo que irse de la Sigen tras firmar un dictamen según el cual las coimas se habían pagado, definitivamente, con dineros de la SIDE.

Daniel Scioli sorprendió a muchos: debió llegar él al Senado para descubrir que Pontaquarto, sospechoso desde el inicio de haber participado en el escándalo, seguía ahí. Lo echó.

La renuncia de Alvarez; la ruptura de la coalición que había ganado las elecciones de 1999; el efecto letal que el conflicto tuvo sobre la ya frágil economía; la escasa conducción de un presidente que se ocupaba más del proceso judicial por los sobornos que de corregir la dirección de la crisis, apresuraron el conflicto político y económico hasta concluir con la catástrofe de diciembre de 2001.

El peronismo bonaerense, que no había participado del trasiego de coimas en el Senado, aprovechó la debilidad de Fernando de la Rúa para asestarle el tiro de gracia a su gobierno. Con buenas y con malas artes, llegó al poder nacional por primera vez en su historia.

No ocurrió una revolución. Por lo tanto, los cambios son lentos; a veces, confusos; otras, contradictorios. Pero con Kirchner accedió al poder una generación de políticos que no está asociada a los errores de los últimos veinte años; tampoco le tocó convivir con el poder dinámico de los militares en la vida pública. Sin el estrépito de hace dos años, a Kirchner le hubiera aguardado un largo camino hasta cumplir con su ambición presidencial.

El viejo peronismo bonaerense no dejó el poder por convicción, sino empujado por la opinión social. De Kirchner depende ahora si él será el eje de un cambio real en las prácticas de la política histórica o si, por el contrario, se convertirá de hecho en un eficiente protector de la antigua corporación.

Durante los años 90, la sociedad argentina vivió, en la misma medida, cambios económicos profundos y demasiadas ficciones. El resultado, que estalló a fines de 2001, muestra los peores índices sociales que la Argentina haya registrado desde que existen mediciones creíbles. El viejo país del pleno empleo y el ascenso social es ya sólo una nostalgia.

En ese cuadro de extrema tensión social se incorporaron los piqueteros como parte del paisaje urbano. Comenzaron como una auténtica expresión de insatisfacción social y ahora han terminado, en gran parte, como herramienta del clientelismo político o del proyecto revolucionario de pequeños grupos de la izquierda paleolítica.

El Presidente ha comenzado a decir en público las reflexiones que solía hacer en privado: los piqueteros son rehenes de grupos políticos, que deben respetar el derecho de los argentinos a desplazarse sin obstáculos y deben, también, encontrar un modo de convivencia pacífica con la sociedad; golpeó. Fue más allá de Duhalde y nombró con precisión a los grupos de izquierda que estarían usando esa tragedia social.

¿Por qué lo hizo? Dejemos que hable el propio Kirchner. Yo tengo una opinión sobre el fenómeno piquetero. Mi silencio se podía entender como una cobardía. Simplemente he expresado esa opinión, pero no la trasladaré a los palos. No creo que ésa sea la solución , subrayó.

Sin embargo, uno de los cambios más notables a partir del colapso de diciembre de 2001 se advirtió en la economía. El diario The Wall Street Journal acaba de publicar que la devaluación no mejoró las exportaciones argentinas. La información es cierta, pero deben tenerse en cuenta otros datos: la virtual recesión de Brasil significó una caída de 900 millones de dólares en las exportaciones al principal cliente de la Argentina y, además, no se han restablecido aún formas eficientes de financiación.

La conclusión coincide con una vieja prédica de Roberto Lavagna: sólo la devaluación no mejorará la competitividad de la economía argentina. Necesita también de un sistema financiero que funcione con cierta normalidad. Es notable, con todo, que se haya instalado en la Argentina, por primera vez en 25 años, un intenso debate sobre la calidad y la cantidad de las exportaciones nacionales.

Ni siquiera las peleas internas del mundo empresarial son ajenas a los modelos económicos en pugna. Paolo Roca y Luis Pagani (dueños de las dos empresas industriales con mayor capacidad exportadora, Techint y Arcor) acaban de acordar una acción común en la Unión Industrial para dotarla de un programa industrialista.

Construido a golpe de fusta un amplio espacio político propio, del que careció en los orígenes, el propio Kirchner parece haber visto que llegó la hora de interesarse personalmente por el universo empresarial.

Aceptó un pedido de reunión del presidente de la Unión Industrial, Alberto Alvarez Gaiani; recibió en su despacho a varios inversores extranjeros de empresas públicas; aceptó que los ministros Lavagna y Julio De Vido firmaran un acuerdo interno para negociar la privatización más conflictiva, la de Aguas Argentinas, donde prevalece más el espíritu del acuerdo que el de la ruptura, y se presentó en la Cámara de Comercio para escuchar un discurso de Carlos de la Vega, dirigente de empresa que cultivó, históricamente, ideas diferentes de las de Kirchner.

El 10 de diciembre no pasó nada, pero sólo a simple vista. Diciembre se ha convertido en un mes en que las viejas cosas caducan y las antiguas verdades dejan de ser absolutas.

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