El problema del liderazgo

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9 de diciembre de 2001  

La carencia de liderazgo fue el conflicto que acompañó al gobierno de Fernando de la Rúa desde el momento mismo en que se hizo cargo del poder. La ausencia de ese requisito político comenzó a analizarse primero en la política local, hasta que explotó en el escenario internacional a través de la prensa y de los dirigentes extranjeros. Pero siempre fue el Presidente el que se ocupó de abonar con datos diarios esa inferencia.

La Argentina venía –es cierto– de experiencias como las de Raúl Alfonsín y Carlos Menem, dos políticos influidos claramente por el sesgo del antiguo caudillismo. El cambio debía ser necesariamente notable, sobre todo porque De la Rúa era, al mismo tiempo, el primer presidente argentino de un gobierno de coalición, lo que le aportó una limitación adicional a su jefatura política.

Sin embargo, no debe confundirse carencia de liderazgo con falta de vocación de poder. De la Rúa tiene vocación de poder –y, más aún, de concentración de poder en su persona– y es uno de los presidentes más celosos de su investidura y de la preservación de sus atribuciones y facultades. Ensimismado en esas formas puede llegar a perder, en cambio, la oportunidad del liderazgo global del proceso político.

De la Rúa es, por ejemplo, un presidente renuente al diálogo en tanto éste busque las formas de una concertación política. Teme que la concertación, que conlleva el requisito de la concesión, termine por apagar, cuestionar o limitar su poder. Es llamativa su mirada del poder porque le impide ver que a través del diálogo podría liderar él mismo una etapa más fructífera y sólida de la política argentina.

Otro rasgo que alimentó la leyenda de su falta de liderazgo fue el de intentar siempre ser el jefe de los buenos momentos, y un inocente, o una víctima, en la constante mala hora del poder en la Argentina de los últimos años. Así sucedió con la salida del gabinete de casi todos los ministros que renunciaron, pero el caso más iridiscente fue el del ex jefe de la cartera económica Ricardo López Murphy.

López Murphy confeccionó su duro plan de ajuste (que no era tan duro a la luz de lo que pasó después) con la aprobación del Presidente. Leal y franco como es, el entonces ministro hasta le dio la oportunidad a De la Rúa de aceptarle la renuncia antes de hacer los anuncios. El Presidente le ratificó su apoyo entonces y en todo momento, pero le soltó la mano no bien entrevió que sus medidas habían caído mal en la política y en la sociedad.

Enamorado de los espacios propios y preocupado en que su jefatura no fuera cuestionada hasta donde llega su mirada, abandonó en cambio el liderazgo de la coalición que lo llevó al poder, hasta que ésta implosionó, y de la oposición encarnada en el peronismo.

Nunca ningún delarruista pudo explicar por qué De la Rúa lo dejó ir a su ex vicepresidente Carlos Alvarez cuando sabía de antemano que le dejaba al justicialismo (por la inmodificable relación de fuerzas en el Senado) la posibilidad de nombrarle un vicepresidente de hecho. El pronóstico se cumplió en los últimos días. Y una de las características de un líder es, precisamente, la aptitud para advertir con antelación el decurso de la historia.

La política necesita en algún momento de cierta disciplina y De la Rúa tiende a abrir muchos procesos al mismo tiempo, pero también a no cerrar ninguno. El resultado provoca la sensación de que la política anda en el aire, girando en el vacío.

Dentro de ese estilo, casi ninguna de las promesas públicas que el Presidente hizo a la sociedad –y también a los organismos multilaterales de crédito– se cumplieron. Basta recordar la ley de infraestructura o el plan social lanzados a la opinión pública y que todavía rebotan en el Gobierno de despacho en despacho. Pueden recordarse también los acuerdos con el Fondo Monetario para modificar las obras sociales y el régimen previsional. Ninguno se hizo efectivo.

El punto central del estilo refiere al sistema presidencial de decisiones. Es un sistema que concentra el poder casi obsesivamente, pero que muy pocas veces resuelve.

Es cierto que De la Rúa debió tomar medidas casi draconianas durante su gestión perseguido por el espectro del déficit indómito, como las dos reducciones de salarios en la administración pública o el aumento de los impuestos. Pero llegó a esas decisiones con el cuchillo en la garganta y contra la pared, y quizá porque no se habían adoptado antes otras decisiones que hubieran evitado la vecindad del abismo.

Su sistema de decisión es naturalmente muy lento y se inclina a conformar a todos los componentes de un conflicto, lo cual termina por esterilizar las medidas cuando éstas salen de su oficina. Es un sistema complicado que además confunde a sus colaboradores, porque suele encargarles la misma misión a varios funcionarios o acostumbra, también, a ignorar las funciones institucionales de los ministros. Puede, por ejemplo, mandarlo al ministro de Economía a hablar con el embajador de los Estados Unidos o pedirle al canciller que haga una gestión ante el Fondo Monetario Internacional.

La concentración y la indecisión, la renuencia a articular políticas abarcativas y, en última instancia, la imposibilidad de resolver los problemas de fondo han construido la imagen de falta de liderazgo en la administración del presidente De la Rúa, que ya no es una impresión, sino una certeza, dentro y fuera del país.

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