El problema del mal de muchos

Por Néstor O. Scibona Para LA NACION
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23 de junio de 2002  

Más que como una epidemia, habría que caracterizarlo como un juego de espejos. Uruguay acaba de hacer lo que la Argentina no se atrevió a plantearse seriamente hace poco más de tres años, cuando Brasil devaluó su moneda. La situación brasileña, a su vez, se asemeja a la de la Argentina en septiembre del año pasado, cuando la incertidumbre política disparó la tasa de riesgo país hasta niveles estratosféricos; sólo que su efecto en los mercados internacionales esta vez puede ser temible. Chile es un mundo aparte, pero está pagando el precio de ser la única casa relativamente presentable dentro de un vecindario cada vez más peligroso.

Con estas diferencias de tiempo y espacio, suponer que todos estos países se están contagiando ahora del efecto tango, como pretenden algunos funcionarios del gobierno argentino, constituye un exceso de simplificación que puede llevar a conclusiones equivocadas. Como creer, por ejemplo, que un eventual agravamiento de la crisis en Brasil hará que el FMI se olvide de sus exigencias a la Argentina y de que se trata del único país que declaró y celebró en el Congreso el default total de su deuda externa.

El ministro Roberto Lavagna viajará esta semana a Washington, por segunda vez desde que asumió, hace dos meses, con algunos pocos avances y varios retrocesos. Entre estos últimos se destaca la renuncia del tercer presidente del Banco Central en poco más de un año, las dificultades para armar un programa monetario creíble y la persistente indefinición sobre la inevitable reestructuración del sistema financiero. De ahí que uno de los últimos actos de Mario Blejer haya sido acordar que el BCRA deje de vender dólares con cuentagotas para que las reservas no bajen del cercano piso de 9000 millones. En el plano fiscal, en cambio, puede mostrar una situación algo más desahogada a nivel nacional (por el efecto combinado de las retenciones a la exportación y el impacto alcista de la inflación sobre la recaudación impositiva), pero aún falta saber qué forma tomará el ajuste en las provincias.

El propio Lavagna, en el artículo que la semana pasada publicó LA NACION, reveló que su estrategia es de mínima: consiste en evitar que la Argentina caiga también en cesación de pagos con los organismos financieros internacionales con los cuales afronta vencimientos por 6300 millones de dólares en lo que resta de este año y que la dejaría totalmente aislada del mundo. Hay una cuenta regresiva que finaliza el 15 de julio: ese día deberían pagarse 1100 millones al FMI y 700 millones al BID. Si no logra una refinanciación, el nivel de reservas descendería tan peligrosamente como podría hacerlo la paridad del peso frente al dólar. Pero dos días después vence el plazo para que los ahorristas atrapados en el corralón puedan ejercer la decepcionante opción entre mantener sus depósitos pesificados y reprogramados compulsivamente o aceptar el bono en dólares a 10 años que les ofrece un Estado en default . Sin ese dato, no será posible elaborar un programa monetario que abarque el año 2003. Máxime cuando sigue sin obturarse el drenaje de fondos del corralito, en parte por los recursos judiciales que siguen sucediéndose como si no estuviera vigente la "ley tapón" que sancionó apresuradamente el Congreso hace dos meses. "La cadena de mandos está rota en el Poder Judicial", aseguran en el Palacio de Hacienda.

Con estos apremios, Lavagna apuesta a conseguir un acuerdo stand by a un año, con metas explícitas hasta diciembre. Ello permitiría congelar el escenario agónico de la pérdida constante de reservas y, luego, activar la negociación de un préstamo del Banco Mundial para prefinanciar exportaciones. Así se le daría algún sentido al sacrificio que significó la brutal maxidevaluación del peso, que sigue sin reflejarse en las ventas externas porque no hay crédito para quienes producen bienes exportables. Si el stand by no fuera posible, la alternativa sería gestionar una incierta tregua de tres meses para el vencimiento del FMI, que sólo permitiría ganar tiempo.

En uno y otro caso, el verdadero problema es que el Gobierno sigue sin tener un programa económico, ni tampoco seguridades de llegar con buena salud política a las fechas que se están negociando. Hasta que no exista un gobierno surgido de las urnas será difícil que pueda producirse un cambio importante de expectativas.

Eramos pocos...

Con una Argentina que no acierta a encontrar el camino de salida, el desencadenamiento de la crisis de confianza en Brasil constituye una pésima noticia porque puede comprometer por mucho tiempo el acceso de la región a los mercados de capitales.

Una incógnita en este sentido es qué actitud adoptarán los países del G-7 frente a la crisis brasileña, cuyo origen claramente no es el contagio argentino, como algunos errónea o interesadamente suponen, sino la evidencia de que Lula tiene esta vez grandes chances de convertirse en el sucesor de Fernando Henrique Cardoso y que "algo" puede ocurrir también allí con la atención de los servicios de su abultada deuda pública interna y externa.

Para los inversores internacionales, la experiencia argentina está suficientemente fresca como para recordar que quienes no se deshicieron a tiempo de los papeles de deuda terminaron perdiendo mucho más que aquellos que reaccionaron rápidamente. Esta dinámica acelera la velocidad de la crisis, a la que también contribuyen, ciertamente, las calificadoras de riesgo que -como ocurrió con la Argentina- suelen cubrirse recomendando vender títulos. El drama brasileño es que buena parte de su deuda externa está indexada por un dólar que ha vuelto a trepar como en sus mejores momentos y que, para frenarlo, la única herramienta disponible es subir las tasas de interés, con la que se ajusta la abultada deuda interna. Que esto ocurra cuando Brasil acaba de obtener un aporte de 10.000 millones de dólares del FMI revela además que, a la hora del pánico, los inversores no reparan en rendimientos ni en equilibrios macroeconómicos. De hecho, Brasil tiene un superávit fiscal primario (o sea, antes del pago de intereses) que ahora promete llevar de 3,5 a 3,75% del PBI. Turquía, otro país en crisis, lo elevó al 5% después de varios ajustes. Y la Argentina aún no logra llegar al 1%, como para sentarse a negociar en algún momento con el tendal de acreedores que dejó con el default , la maxidevaluación y la pesificación de su deuda interna.

Las primeras declaraciones del Tesoro de los Estados Unidos hacen suponer que Brasil tampoco puede esperar demasiado del FMI, lo cual es congruente con el nuevo enfoque del gobierno republicano, en el sentido de que el salvamento financiero externo va detrás y no delante de los esfuerzos de cada país por resolver las crisis.

Por de pronto, está claro que América latina no está en la agenda de prioridades de Washington, como la Argentina ya lo sabe por experiencia propia y reciente. A menos que la crisis brasileña llegue a tales extremos que su efecto de contagio sobre los mercados internacionales sea tan intenso como para poner en peligro la precaria estabilidad política y social de la región. Aun así, suponer que la Argentina pueda salir ganando de este mal de muchos es una mala apuesta antes que un consuelo. En el vecindario riesgoso en que se ha convertido América del Sur, los errores argentinos han sido demasiado escandalosos como para pretender algún beneficio directo.

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