El profundo sentido de la Navidad

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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24 de diciembre de 2018  

Llevar al hijo al partido, pasar a buscar a la mujer por el trabajo, llamar al plomero, llevar el auto para arreglar el aire acondicionado, averiguar lo del pasaporte, anotar en la agenda eso que no queremos olvidar del trabajo, el dentista de los chicos..., la lista es interminable. Se trata de la vida misma. Está hecha de esos detalles que se van sumando, como engranajes de una maquinaria. Alguna vez lo hemos llamado "la pyme familiar", es decir, el núcleo de producción de hechos y circunstancias que habilitan a que la especie siga su camino, generación tras generación.

El problema es que, como sociedad industrial o tecnocrática que somos, todo termina viviéndose de manera automatizada y, vale recordarlo, nuestra existencia no es, ni mucho menos, automática. Por tal motivo, cada sociedad ha generado ceremonias en las que se recuerda a sí misma que esto de existir no se da "porque sí" y es producto de algo así como un milagro. Sin noción de la maravilla, la lista antes señalada, representando lo "técnico" de la vida, se marchitará como una bella flor en el florero. Toca Navidad ahora. Un niño que nace, un milagro. No importa si se cree o no en la religión que propone la historia, la esencia es patrimonio de todos y, desde la instancia mítica del asunto, signa lo nuevo que emerge desde el misterio. Es una propuesta ya milenaria, para ver la lista de la pyme con nuevos ojos, ojos que, por un instante, quitan cobertura a la realidad y atisban otra dimensión.

Es verdad: se hace difícil la cuestión por la carga parasitaria del consumismo y la parafernalia atontada que banaliza al asunto. Tampoco lo hace fácil la riña con los parientes por ver dónde se hace el encuentro, la inviabilidad de la cuñada o del tío insufrible, las pulseadas de las familias ensambladas o no, y todo aquel conglomerado de detalles emocionales y logísticos que ocupan gran parte del espectro anímico de la experiencia. Eso no impide que pueda recordarse cuál es el origen del acontecimiento, y verlo también reflejado en otras festividades diversas, patrimonio de distintos credos, a través de las cuales se propone mirar para ver, no solamente transitar la vida navegando a través de su superficie.

Están también, claro está, los que renunciaron a darle importancia a lo que consideran fatuo o supersticioso. Eso no descalifica el propósito de buscar un tiempo para honrar aquello extraordinario que habita bajo el manto de la realidad cotidiana. El ser humano, un ser de símbolos, requiere de ese tiempo "especial" desde que se bajó de los árboles, y no es casual que, de una u otra forma, haya generado altos en el camino para re-crear la mirada respecto de su propia vida. De nuestro aletargamiento nos suelen salvar los chicos, quienes ven las cosas por primera vez, sin automatismos, cinismos o hipocresías. Ellos sienten el tiempo de lo extraordinario, y lo cifran en la excitación ante el ritmo de vida que cambia ese día, el banquete, la parentela que se junta. Les queda impregnada para siempre la intuición del momento diferente, la luminosidad distinta, la trasnochada y, por supuesto, los regalos, que hablan de la generosidad que proviene de ese "más allá" misterioso.

Pueden verse las Fiestas de esta forma, o no. Es una propuesta. Como tal, no es ingenua y no soslaya sus dificultades. Entendemos que vale recordar el origen del tiempo diferente de la festividad, para que el ítem "Fiestas" no entre, también, en la lista del inicio, un renglón en la agenda que olvida, para nuestra tristeza, "eso" que le da sentido a todo.

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