El pueblo en la calle exorcizó a la muerte

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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22 de febrero de 2015  

Algo quedó claro tras las multitudinarias marchas del miércoles: ninguna muerte política es tan poca cosa en la democracia argentina como para mirar para otro lado y seguir de largo como si no hubiese pasado nada. Mucho menos para tratar de imponer festicholas forzadas con el fin de disimular el hedor moral por un cadáver al que las máximas autoridades del Estado pretenden ignorar.

Funcionarios y medios adictos se pusieron de acuerdo para echarles Flit a los preparativos de la marcha del 18-F: se prontuarió a los fiscales organizadores, se agitó la bandera del "golpe blando", el secretario de Seguridad, Sergio Berni, salió a asustar con que podía "haber provocaciones" y hasta la agencia Télam amenazó con granizo para la tarde en que se llovió todo y las calles igual se llenaron de millares de paraguas.

Al final no hubo granizo, ni provocaciones, ni "golpe blando", pero sí mucha -muchísima- gente, aunque quizá no tanta para la consideración de Página 12, que el miércoles en su portada online se empecinó en mantener en primer plano el acto matutino de la Presidenta que inauguraba por tercera vez la central nuclear de Atucha. Peor fue el resentido título principal de su edición papel del día siguiente ("Bajo el paraguas de la muerte") y las malhumoradas consideraciones de sus columnistas apabullados por la incómoda evidencia del pueblo en las calles.

En efecto, si la indiferencia social hubiese sobrevenido a la muerte aún dudosa del fiscal Alberto Nisman, si la sociedad compraba a libro cerrado las cantilenas oficialistas del "golpe blando" y su aversión a las multitudes ajenas, y no se hubiese movilizado masivamente en las principales ciudades del país, a pesar de las inclemencias climáticas, el sistema democrático habría sido herido de gravedad.

Ya lo explican los psicoanalistas: los duelos que no se hacen a tiempo y se niegan, reaparecen tarde o temprano con manifestaciones más patológicas e irreversibles. Por suerte, la Argentina pudo hacer su duelo y resignificar así la muerte de Nisman, más allá de la consideración que se tenga o no de su trabajo. Una catarsis que la sociedad se vio obligada a expresar multitudinariamente porque el Estado se negó a hacerlo en su representación y no le quedó otra escapatoria que la eclosión callejera. Fue como un cable a tierra que evitó que se terminara por quemar toda la instalación.

No es la primera vez que sucede. Cada vez que, desde la restauración de la democracia en 1983, la Argentina sufrió la anomalía de una muerte política no quedó lugar para la indiferencia. Hubo conmoción social en 1990 con el crimen de María Soledad Morales, que derrumbó el imperio de los Saadi en Catamarca; el caso Carrasco, en 1994, terminó con el servicio militar en la Argentina; el asesinato del reportero gráfico José Luis Cabezas, en 1997, dejó al desnudo el poder oculto de Alfredo Yabrán y arrasó a la oscura cúpula de la policía bonaerense. Cayó el gobierno de Fernando de la Rúa por los 39 muertos de la represión del 19 y 20 de diciembre de 2001, y Eduardo Duhalde debió adelantar las elecciones en 2003 cuando, otra vez, la Bonaerense mató a los piqueteros Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. Al secretario de la Unión Ferroviaria, José Pedraza, le dieron quince años de prisión por haber instigado la refriega que terminó con la vida del militante del Partido Obrero Mariano Ferreyra, en 2010.

En todos esos casos, la participación activa de los medios de comunicación fue vital al acompañar intensamente cada uno de esos procesos hasta lograr restañar, aunque fuera en parte, algunas de las graves heridas que habían infligido al sistema.

Aquellas tragedias que no se pudieron (o no se quisieron) esclarecer, o donde la Justicia flaquea, tarda más de la cuenta o se muestra turbia -los atentados a la embajada de Israel y a la AMIA, la desaparición de Julio López, Cromagnon y la tragedia de Once- son pústulas enquistadas que envenenan la democracia y ponen en riesgo su salud, con sus recurrentes planteos y desgracias suplementarias (suicidios, muertes dudosas, escándalos judiciales, etcétera).

El Gobierno trató de desalentar lo más posible la imprescindible descarga social por el fin enigmático de Nisman. Lo intentó de todas las maneras posibles -cadenas nacionales, hiperactividad oficial y radicalización del discurso contra la marcha que potenció la usina de comunicación estatal y paraestatal- y, sin embargo, no lo consiguió.

Las calles se llenaron igual, aunque se cayera el cielo y Boca debutara en la Libertadores, aunque Canal 7 transmitiera un documental de pajaritos y señales de cable de empresarios cercanos al Gobierno apuntasen a sectores raleados de la concentración. Los que se quedaron en casa por la lluvia también adhirieron virtualmente a la marcha al elegir mayoritariamente aquellas señales de TV no obsecuentes y más críticas que se vieron muy favorecidas en el encendido. Una vez más, la verdad le ganó a la mentira.

Lamentablemente, la Presidenta prefirió no escuchar el mensaje del 18-F y lanzó ayer su proclama bélica contra el Poder Judicial. Se avecina otro tipo de tormentas

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