El punto ciego del Nobel

La noticia fue que no hubo noticia
Pedro B. Rey
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28 de octubre de 2018  

La noticia fue que no hubo noticia. Por primera vez en décadas, octubre se va sin haber dejado un Premio Nobel de Literatura. Contra todos los pronósticos, el síndrome de abstinencia de ese vicio cíclico y obligatorio –para los que escribimos sobre esos asuntos– fue mínimo.

Desde 1943 que no se le concedía a nadie. Esa última vez, que encabalgó una suspensión de cuatro años, hubo una razón de época: la Segunda Guerra Mundial. Hoy, hay otra: las acusaciones contra el cónyuge de una de las jurados por corrupciones varias, desde filtración de datos sobre ganadores hasta abuso sexual.

La crisis doméstica que arrasó a la academia sueca con fuerza bélica coincide con otro signo de los tiempos. No hace falta volver sobre los lugares comunes de siempre: que un premio nunca es medida de valor para una obra; que el Nobel, bien mirado, se salteó a casi todos los autores centrales del siglo pasado. Lo sintomático del tropiezo de este año es que fue contemporáneo de la tímida actualización que había empezado a sugerir el jurado sueco. El premio, que empezó a darse en 1901, venía insuflado del espíritu "progresista" decimonónico: un gran escritor –parecen sugerir sus bases– es también una gran persona, y le hace bien no tanto a la literatura como a la humanidad. ¡Pequeño error!

En los últimos años, amplió un poco su mira: señaló primero a la cronista bielorrusa Svetlana Alexiévich (2015), cultora de un género nunca considerado; dio un giro de timón premiando a Bob Dylan (2016), un cantautor que reniega de hacer poesía; y, por último, se lo otorgó a Kazuo Ishiguro (2017), inglés de origen japonés, novelista bien literario que vive regaladamente en un caserón en la campiña inglesa y que, hace apenas una década, hubiera sido mirado de reojo como dudoso bestseller de qualité.

Bien mirado, lo mejor del Nobel en el pasado fue lo que más se le criticaba: su tensión política. Basta recordar el caso de Boris Pasternak, que se transformó en una novela real de la Guerra fría. Sin embargo, no todo puede cambiar como si nada. Hay un punto ciego en el premio que ni la crisis de estos tiempos fluctuantes pueda acaso modificar. Basta repasar la lista más que centenaria de laureados para entender que el sentido del humor no encuentra recompensa (aunque Samuel Beckett y Saul Bellow lo tengan a su ácida manera) y, muy particularmente, que de su reino quedan desterrados los escritores juguetones que tienen como único horizonte comprometido la pura literatura. Borges, claro está, hacía ruido por partida doble. Pero tampoco se pensó en Raymond Queneau o en Vladimir Nabokov (por muy ruso en el exilio que fuera). De ahí que el nombre de César Aira –proponerlo como candidato se ha convertido últimamente en deporte nacional– suene a priori como un contrasentido, un chiste salido de la imaginación del mismo escritor. Para que ocurra algo así, para que a Aira lo premien alguna vez en Estocolmo, debería producirse un verdadero sismo, que el comité escandinavo enloquezca y se mimetice con los libros del argentino. Parece inverosímil, pero quién sabe: no sería la primera vez que la literatura tome la realidad por asalto.

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