El rating sentimental del juego de las lágrimas

Por Orlando Barone
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22 de octubre de 2000  

A la mayor parte de las personas no le resulta fácil llorar, y menos ante otros. El llanto es esa expresión emocional que hace segregar lágrimas, y las lágrimas son el goteo natural de que se compone el llanto. Las lágrimas de las Meleágrides y las Helíades, las hijas del Sol, se transforman en ámbar. No todas las lágrimas son ámbar y ni siquiera lágrimas. No lo son las del cocodrilo, que salvo que se sea explorador nadie ha visto. O las lágrimas de David, goteo vegetal de una graminácea de la cual se hacen collares. Ni tampoco hay ningún valle de lágrimas ni lágrimas de sangre, salvo las que caen de un póster de Rodrigo. La hiena ríe porque es sincera; si llorara sería considerada buena, pero ella quiere ser franca y no actuar con demagogia.

No existe ningún análisis químico-espiritual que permita saber de qué se componen las gotas oculares que derrama Moria Casán, tan unipersonales, y tan ajenas a dramas terrestres colectivos como los de la miseria y la exclusión que a tantos duelen en seco, sin lágrimas. Nadie ha contado las veces que ha llorado ante las cámaras Silvio Soldán, pero sí ha visto reírse muchas veces a Silvia Süller.

¿Qué empuja a protagonistas famosos a llorar en la televisión? ¿Qué pérdida de la delicadeza privada del dolor los expone al impudor de emociones de difusión mediática? Ultimamente, la pantalla del televisor parece competir en llorones y lloronas notorios de tal incontinencia lagrimal que, en comparación, la gente común luce insensible. La escena o el escenario en que el protagonista deja caer lágrimas suele ser un ámbito colmado de camarógrafos, productores, utileros y algún vendedor de pochoclo, en general curtidos en la indiferencia de tener que ver cosas que, si las viesen con atención, se morirían de veras de tristeza.

La exteriorización del llanto ficcional en una actriz o un actor les demandan el gran esfuerzo interior de remitirse psicológicamente a padecimientos o emociones recordables que inciten a las lágrimas; el recurso de la irritación restregándose los ojos o untándolos con cebolla cruda es menos académico, aunque fugazmente efectivo. La interesada idea de que el marketing de la lágrima tiene efectos directos sobre el televidente debe estar incitando a la difusión de esta tendencia.

Fue increíble verlo llorar a Ramón Palito Ortega en el programa de Susana Giménez porque en las películas no se lo podía hacer llorar ni pinchándole los párpados. Ni llorar ni actuar: nada. Cecilia Bolocco, en el mismo lugar, gimoteó elegantemente insinuando la revelación de cuál es la clase de seducción que una dama joven, con los ojos humedecidos, puede producir en un señor mayor siempre dispuesto a la asistencia.

Lloraron Claudia Villafañe en Sábado Bus (no le faltan motivos), y hace tiempo, a causa de un libro en contra, lloraron los Duhalde en el programa Hora Clave .

La que nunca lloró ni llorará nunca es María Julia Alsogaray: su tipo psicológico se lo impide. La famosa historia de que Carlos Menem lloró cuando estaba detenido, según el relato de Horacio Verbitsky, no corresponde incluirla porque no lloró por televisión.

El asunto se circunscribe a quienes lloran sin el muerto; a las lágrimas selectivas que brotan, como en las telenovelas, justo en el instante de suspenso. La tendencia descubre una nueva calificación del llanto tradicional de emociones, sean éstas de dolor o alegría.

Hoy se llora ante las cámaras y ante el público por cuestiones íntimas y privadas. A diferencia de la risa que deja afuera al que no participa del jolgorio, el llanto es contagioso. No se ríe por las mismas cosas, pero sí se llora por lo mismo. Nada causa más impacto emotivo que la lágrima oportuna. Solitaria o recurrente, o como parte de un llanto contenido o copioso.

Decir de alguien que es un "llorón" es decir de él que es un quejoso interesado. Pero la ciencia determina que en ciertos trastornos de ansiedad la tensión emocional puede provocar llanto. Este llanto actuaría como alivio. De seguir el ejemplo de Ortega lagrimeando, muchos senadores en igual situación se sentirían aliviados. Si es que eso es posible en condiciones morales tan extremas.

La señorita Bolocco tiene otros argumentos para justificar las lágrimas derramadas; podrían ser el caprichoso desdén de su probable hijastra, el impacto emocional del vínculo con un "sabio", según su propia evaluación de su pareja; o la modesta ilusión de que de producirse una boda bilateral ésta sería el mayor aporte que nadie haya hecho en favor de la unidad de la Argentina y Chile.

Hace casi diez años hubo un llanto verdadero que con el tiempo adquiere una desgarradora premonición: el de Domingo Cavallo golpeado por el desesperado reclamo de la jubilada Norma Plá, que compadecida le dijo: "No llore, ministro". Fue el primer llanto humano global y augural surgido del verdugo. Nadie mejor que Cavallo para anticiparse a las consecuencias de las fuerzas que había desatado y que acabarían en dolor sobre tantos. Lloró porque sabía que el sistema insaciable exige consumir gente, siempre. Dicen que las cenizas de Norma Plá están dispersas o enterradas en la plaza Lavalle. Cavallo, celebrado en Bologna, acaba de confesarse un poquitín arrepentido de algún déficit social, que él resolvería si le dieran otra vez la responsabilidad del patíbulo.

Si hoy los argentinos que deberían llorar de verdad lloraran, no alcanzarían los pañuelos, ni la televisión, ni las alcantarillas, ni los acueductos.

Lástima que Fernando de Santibañes no renunció en el programa de TV Hora Clave la noche antes. Con una sola lágrima de formato clásico que hubiese derramado -aunque hubiera sido seca-, habría pasado a ser el primer banquero mártir.

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