El secreto del Sinaí

Por Ignacio Pérez del Viso Para LA NACION
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24 de marzo de 2000  

Cuando Juan Pablo II llegó al convento de Santa Catalina, en el Sinaí, lanzó una exhortación a cumplir los Mandamientos. Estas palabras habrán decepcionado a algunos, que esperaban algo más original, más solemne, más místico. Sin embargo, en este evento se encierra un secreto.

Nos hemos hecho de los Mandamientos una idea un tanto abstracta, como si fueran eternos, sin relación con la historia, y universales, sin relación con nadie en particular. Los vemos como un código de normas impersonales, o una imposición de la voluntad divina sin participación de la libertad humana.

Alianza nupcial

Ahora bien, al peregrinar a las fuentes, el Papa nos sitúa en un lugar preciso, el Sinaí, y en un momento de la historia, el del encuentro de Moisés con su Dios. Ahí reside el misterio, el secreto del Sinaí. Descubrimos los Mandamientos como voces muy personales, dentro de una experiencia religiosa, que la tradición ha conservado en su memoria.

En el Sinaí, Dios no impone su ley a los humanos. Más bien le propone al pueblo de Israel, símbolo de toda la humanidad, un pacto, como se acostumbraba en aquella época, entre un rey poderoso _el faraón, por ejemplo_ y el jefe de una tribu modesta. Ambos se prometían lealtad y ayuda mutua.

Además de un pacto o alianza, que podía quedar en una fría relación política, Dios le sugiere a su pueblo algo más íntimo, explicitado por los profetas en los siglos posteriores. Le propone un matrimonio, como si Él fuera el marido, y la nación escogida, su esposa. Y esta boda es un símbolo del matrimonio místico entre Dios y la humanidad.

Cuando su esposa le es infiel, ¿cómo reacciona Dios? "La llevaré al desierto _dice_ y la enamoraré de nuevo." Cuando la humanidad recurre a la violencia y a las guerras para solventar sus diferencias, Dios vuelve a enamorarla y a hacerle sentir el gusto por la paz y la alegría de la convivencia.

Después de las guerras del siglo XX, después de una atrocidad como el Holocausto, parecería que Dios hubiera perdido la capacidad de enamorar a su esposa. Pero el diario íntimo de Ana Frank o la lista de Schindler nos recuerdan que el corazón humano continúa sediento de ternura.

En la alianza nupcial del Sinaí, los novios se intercambian los anillos. Dios le entrega a su esposa las Tablas de la Ley, como el regalo más precioso, y ella le entrega el día sábado, culminación de toda la semana.

Tablas de carne

Para San Pablo, Dios no escribió su ley de amor en tablas de piedra, sino de carne, es decir, en el corazón de cada uno de sus hijos. El misterio del Sinaí nos ayuda a comprender el misterio del corazón humano. Desde el origen de la humanidad, miles de años antes de Moisés, se viene realizando la epifanía de Dios en la intimidad de cada conciencia, en el seno de cada familia, en la vida de cada pueblo.

Los Diez Mandamientos son diez promesas divinas. "Honra a tu padre y a tu madre, y tendrás una larga vida", leemos en la Biblia. Y parafraseando otros textos, podemos añadir: "No mientas y creerán en tu palabra; comparte tus bienes y nunca quedarás abandonado; cultiva la fidelidad y ella te acompañará".

En la Parábola del Buen Samaritano, Jesús mostró lo que significa una ética nacida de la persona. Los dos que pasaron primero y siguieron su camino tendrían sus obligaciones. "Hicieron un rodeo" para no verle la cara al herido por los ladrones, para no cruzar las miradas y quedar atrapados.

El samaritano, en cambio, lo miró y fue mirado. Se compadeció de él y detuvo su andar. Le lavó las heridas, lo puso en su cabalgadura y lo llevó a la posada, y dejó dinero para su atención. "Lo que gastes de más te lo pagaré al volver", dijo al posadero. Entre el herido y él se estableció una relación personal. Volverá un día para comprobar su curación y festejar juntos el retorno a la vida.

En nuestra cultura informática nos movemos con estadísticas. Discutimos si hay más o menos pobres para atacar o defender al gobierno. Quizás haya más pobres, en forma impersonal, como hay más deudas o más evasión de impuestos. Hemos hecho un rodeo, cuantificando al pobre, para no mirarlo a la cara.

Juan Pablo II nos recuerda que los Diez Mandamientos no son fórmulas abstractas sino palabras del diálogo entre Dios y el creyente, en la intimidad del corazón. El secreto del Sinaí consiste en que la ética nace de un lenguaje de enamorados, de un intercambio de dones en la amistad, de un matrimonio de libertades.

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