El show debe continuar. Política y TV: ¿una alianza por necesidad?

En este inicio de campaña, cada vez más políticos acceden a enfrentar como invitados el show televisivo de programas de estética y lógica "chimentera", con los que la TV abierta está dando pelea a la crisis de rating que atraviesa. ¿Volvió la pantalla de los 90? ¿O será una adaptación natural de la estrategia electoral a votantes que hoy deciden por las cualidades personales de un candidato más que por sus ideas? Razones de una forma política de la que ni el kirchnerismo pudo escapar
Raquel San Martín
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16 de noviembre de 2014  

¿Cree que la política es aburrida, no tiene dramatismo ni gracia, y prefiere cualquier zapping o maratón de series a un político respondiendo preguntas de un periodista? Debería mirar la televisión un poco más. Vería, por ejemplo, que hay programas en los que candidatos, funcionarios y legisladores de toda ideología se enredan en discusiones con panelistas de todo color y entre ellos, donde lanzan acusaciones ruidosas que suben el rating por un rato y donde soportan estoicamente preguntas y videographs con los que se ofenderían fuera de cámara, y que hay programas supuestamente "serios" que en las últimas semanas cambiaron las argumentaciones y los debates por los mucho más rendidores whatsapps de Luciana Salazar.

De la inseguridad al nuevo Código Penal, de las inundaciones al dólar, todo se ha vuelto en los últimos tiempos materia de programas que combinan la lógica y el formato del espectáculo (léase, chimentos) con la "actualidad" (léase, la política en ese mismo código), y de programas periodísticos "forzados" a detenerse en el affaire de Martín Redrado, entre Luciana Salazar y Amalia Granata; el casamiento de Martín Insaurralde y Jesica Cirio -que tal fue, que tal no fue-, y la ruptura oficializada por televisión entre Agustina Kämpfer y Amado Boudou.

¿Volvieron los 90 a la TV? ¿O se trata de la natural y necesaria adaptación de las campañas políticas -que no es sólo argentina, por cierto- a un electorado mucho más inclinado a elegir por características personales, esas que se demuestran, por ejemplo, en la mesa de Mirtha Legrand o en las páginas de la revista Hola, que por plataformas y propuestas?

Intratables, que se emite diariamente por América, conducido por Santiago del Moro, es la nave insignia del fenómeno, aunque el "panelismo" se extiende por la TV abierta de Desayuno americano a Animales sueltos (por los reportajes de tono intimista de Alejandro Fantino pasaron, entre muchos, Sergio Massa, Daniel Scioli y hasta Beatriz Sarlo), de Intrusos y El diario de Mariana a Bendita o Duro de domar y TVR, estos últimos de la productora de Diego Gvirtz, con impronta oficialista.

Intratables, sin embargo, tiene un récord de convocatoria e impacto: se han sentado allí Mauricio Macri, Diana Conti, Victoria Donda, Vilma Ripoll, Manuel Garrido, Ernesto Sanz, Jorge Yoma, Graciela Ocaña, los economistas Carlos Melconian y Aldo Pignanelli, entre muchísimos otros. De sus estudios se ha ido a los gritos Luis D'Elía y en ellos "Pino" Solanas dejó que su mujer respondiera sobre una eventual alianza con Pro (dijo que no, por cierto).

Es el programa que logró hace días que el gobernador bonaerense, Daniel Scioli, perdiera el tono bajo para responder, por teléfono, a un video en el que se lo veía presenciando un partido de fútbol el mismo día de las inundaciones que tenían parte de su provincia en emergencia, mientras culpaba a Massa por esa "operación". "Otros se tienen que drogar, tienen que tomar exceso de alcohol, yo lo que hice toda mi vida es media hora de deporte", soltó Scioli, tres tonos de voz por encima del habitual, mientras sonaba la campana de un ring en cada frase. Es la misma corriente que lleva a Jesica Cirio a sugerir ante el micrófono de Tinelli, vestida de naranja, un acercamiento de su flamante marido con Scioli. O a que Néstor Pitrola y otros tres dirigentes del Partido Obrero accedan a contestar preguntas de "cultura general" en grupo en Los 8 escalones, que se emite por El Trece.

Lo cierto es que, en una vuelta de tuerca a la "tinellización" de la política -cuyo "Gran Cuñado", entre otras cosas, catapultó a Francisco de Narváez a una popularidad impensada en 2009-, política y TV volvieron a encontrarse de cara a las próximas elecciones, ambas, quizás, en estado de crisis: la política necesitada de llegar a un votante más independiente y más atento a personas que a ideas; la TV abierta con ratings en caída y nuevos competidores.

Resistencia televisiva

Para Alejandro Catterberg, director de Poliarquía, no hay en el fenómeno una connotación negativa ni degradante para la política. "Los políticos tienen la necesidad válida de estar en contacto con el público y eso incluye ir a programas que no son exclusivamente políticos. Cuando los mira, la gente trata de descifrar quién es el que está ahí, por eso lo importante es cómo la gente ve al político interactuar, si muestra habilidad de respuesta, si es rápido, desestructurado, si tiene carisma", describe Catterberg, para quien eso no es necesariamente "farandulización"; los affaires televisados serían un extremo de lo que es, para muchos, el reconocimiento de que ni siquiera los spots de campaña están siendo efectivos para atraer votos.

"El hecho de que los políticos acudan a estos programas con formato de chimentos y que otros programas políticos tengan un formato parecido tiene que ver con la evolución de la relación entre TV y política -dice Damián Fernández Pedemonte, director de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral-. La TV perdió el monopolio de la atención frente a otros medios. Entonces, lo que más rating retiene es lo que se parece más a la TV anterior: es la forma convencional de hablar de la política en TV, sigue usando los mismos procedimientos. Es un fenómeno de resistencia de la TV de otra época."

En sus rasgos más generales, el fenómeno no es nuevo: la personalización de la política, la crisis de los partidos y su representación, la "farandulización" del campo político se pueden rastrear desde los 80 en la Argentina. "Hoy hay fenómenos que persisten, pero en un contexto de mediatización discursiva novedoso. Hay dos elementos que diferencian este escenario del de los 90. Uno es la crisis de la TV abierta, que en la Argentina es más fuerte que en otros países, y que tiene que ver con la disminución de ratings y su incapacidad de instalar prácticas de visionado frente a otros medios y otros modos de consumo. Y el otro fenómeno es el crecimiento de las redes, que no estaba en los 90", apunta Mario Carlón, investigador del Instituto Gino Germani y profesor en la carrera de Comunicación de la UBA. "Si en los 90 la gente iba a pedir justicia a la TV o a exponer su privacidad en algunos programas, hoy hay una nueva articulación, en la que la posibilidad de expandir lo íntimo creció, porque no se necesita en principio un mediador."

Del lado de la TV, el boom del "panelismo" puede tener otra explicación: "La «farandulización» ya tiene un tiempo, pero esta narrativa específicamente es un producto de la época. Los programas de espectáculos como los de Jorge Rial o Viviana Canosa son un producto de la poscrisis de 2001. Es barato para los medios, es sentar a una persona casi sin producción ni información. Esto no lo hizo Tinelli; esto es un producto de la estructura económica que se eligió para la TV en este siglo", dice Adriana Amado, presidenta del Centro para la Información Ciudadana.

Personas, no ideas

Política y entretenimiento tienen un vínculo duradero, que esta década no afectó. "En cuanto a comunicación política se refiere, en la Argentina estamos igual que en los 90. La corriente de confusión entre política y espectáculo no desapareció ni se atenuó en esta década. Aunque en el país la política no ha estado dominada por gente del entretenimiento, más allá de algunos casos, y se sigue haciendo como se ha hecho siempre en el país, los políticos siguen necesitando visibilidad y los medios serios o de entretenimiento siempre son necesarios para eso", afirma Silvio Waisbord, profesor de la Escuela de Medios y Asuntos Públicos de la George Washington University.

Así, hasta los políticos "tradicionales" o formados en la lógica de las estructuras partidarias -a quienes les cuesta aceptar que Insaurralde supere los 30 puntos de rating apareciendo en cámara nada más-, tienen que admitir que los programas no políticos tienen réditos interesantes: personajes y declaraciones repercuten de inmediato en las redes sociales y en el resto de los medios.

"La política de las estructuras partidarias está desapareciendo, y tiene que transformarse para llegar a una población que, cuanto más consolidada está una democracia, menos interés presta a cuestiones políticas, y que conecta mucho más desde lo emocional que desde las «diez medidas para mejorar la educación»", afirma Catterberg.

"Esta forma de política en TV es absolutamente personalista. Hay personajes políticos en los que el ego importa más que la ideología, que hasta son intercambiables de partido, como Insaurralde, Redrado, Scioli o Massa. Se construyen como marca. Son ese tipo de personajes que eran centrales en el menemismo, para los que la llegada a la TV es muy importante. El romance como parte de la estrategia remite al héroe menemista: el self-made man, modelo de éxito, que está cómodo en el ambiente frívolo de la TV", dice Fernández Pedemonte.

¿Nunca se fueron los 90, entonces? "Los 90 cristalizaron una faceta de la política que tenía su máxima expresión en un proyecto político que acotaba la política a algo tecnocrático. La política de Estado de los 90 era un llamado a la racionalidad y a desmovilizar a una sociedad tan compleja como la argentina, pero por otro lado favorecía la seducción de los electores como en un mercado -señala Martín Rodríguez, escritor y periodista, que acaba de publicar el libro Orden y progresismo. Los años kirchneristas (Emecé)-. Eso no cambió tanto en estos años, aunque el proyecto kirchnerista viene de otro lado. En esta década incluso en el Frente para la Victoria convivió una versión militante y una versión televisiva y mediática de la política. Esto también lo usó el kirchnerismo, que entendió que era parte de las reglas del juego."

Fernández Pedemonte coincide. "Está claro que el kirchnerismo no entiende la política de la misma manera que el menemismo, pero cuando tuvo que intervenir en este terreno, lo hizo con el mismo formato, con las mismas armas. Los programas de archivo, como TVR o Duro de domar, han ido evolucionando hacia lo contrario de la reflexión: se usan frases fuera de contexto y sobre ellas se pide opinión, se edita. 6,7,8 también es así", dice.

Pregunta que todo asesor en comunicación política debe hacerse: ¿vale la pena correr el riesgo de exponer al candidato al riesgo de las preguntas simultáneas, a las chicanas y las interrupciones, a los videos editados, a un riesgoso llamado en vivo? Si el objetivo es "instalar" al personaje, parece que sí.

"Esto tiene que ver con una etapa anterior a pensar a la audiencia como electores, que es ver quién llega al público. Las decisiones electorales tienen que ver con factores coyunturales en general vinculados con la economía, y en la Argentina, además, se votan listas. No creo que estas incursiones mediáticas de los candidatos tengan impacto en el nivel del voto. Sí en reconocimiento, en la infraestructura previa a la campaña electoral", dice Waisbord.

Quizá la memoria de los 90, en el aspecto de una cultura política, necesite una vuelta de tuerca. "La vuelta de los 90 es un fantasma que se usa parecido a como se usa el «setentismo». Se acusa de eso aunque sabemos que hoy hay límites democráticos. Los 90 se usan igual: hoy no hay Consenso de Washington, hay crisis del capitalismo financiero, hay otro contexto regional e internacional, los países crecen. Tantas variables cambiaron. Los 90 sí pueden volver en ciertos temas de cultura política, pero no en la realidad material", apunta Rodríguez.

Es probable que, a pesar de su estado de crisis, la televisión no haya perdido uno de sus rasgos más fascinantes: la capacidad de mirarse a sí misma. La semana pasada, la "farandulización" de la política y la relación entre modelos y políticos fue tema para varios paneles de programas de "actualidad", que criticaban lo que hacían, como tímidamente sugirió un invitado en Intratables. En un canal de cable, un periodista se disculpó en vivo por estar analizando mensajes de texto de Luciana Salazar: "Lo tratamos porque es información", dijo. Lo dicho: el show debe continuar.

María Victoria Murillo: "En los 90 y en esta década hay más pragmatismo que el que se quiere reconocer"

-¿Qué continuidades se pueden encontrar entre las formas de hacer política en la Argentina en los 90 y este final de la década K?

-En ambos períodos, se repite la presentación de las políticas públicas como ruptura con el pasado y una solución frente a una crisis profunda, pese a la diferencia entre esas mismas políticas. Sin embargo, detrás de esas experiencias aparentemente refundacionales para la opinión pública, hay más pragmatismo y negociación con actores de poder que la que se quiere reconocer, y se repite también la continuidad de la política territorial muy vinculada al acceso a recursos fiscales y a los oficialismos a nivel nacional/provincial/municipal. También se repite la acumulación de recursos financieros como instrumento para hacer política, mientras que la corrupción desborda en denuncias, pero aparece como menos importante en la ciudadanía, al menos en contextos de crecimiento del consumo. Finalmente, al ser el peronismo el que gestiona ambos períodos hay repetición de individualidades que pasaron del menemismo al kirchnerismo y de prácticas y formas de hacer política, así como de una base electoral que permanece relativamente estable, incluso cuando no se vislumbra una sucesión tan clara por los límites a la segunda reelección. La principal diferencia es que Menem tenía una oposición partidaria organizada alrededor de la UCR, si bien en forma de coalición con otras fuerzas políticas, y el kirchnerismo se encuentra con una oposición política fragmentada y sin ningún partido político que se presente como foco alternativo claro.

¿En qué medida el kirchnerismo marcó un cambio de cultura política en el país?

El kirchnerismo marcó una revitalización de la política tras la crisis de 2001, especialmente en las generaciones más jóvenes, y coincidió con la entrada a la política de otros actores de la sociedad civil que ocuparían espacios de oposición dado el colapso de la UCR a nivel nacional. La política vuelve a prometer el cambio. Pese a que este voluntarismo parece reinventar la rueda por momentos, es diferente a épocas anteriores, porque está enmarcado por una Argentina en la que las consecuencias de los cambios radicales generan aprehensión en la ciudadanía y en la que hay actores que habilitan diferentes voces que, si bien pueden ser cacofónicas y no generar necesariamente deliberación constructiva, tampoco recurren a la violencia, como se ve en otras experiencias de la región.

La búsqueda de outsiders (deportistas, artistas varios) para sumar a la política fue una marca de los 90, como forma de tener ya ganada la visibilidad del candidato, aunque no tuviera experiencia política. El recurso vuelve a usarse 20 años después, en estas elecciones. ¿Qué implicancias tiene para nuestro modo de entender la política?

Este fenómeno es menos destacado en la Argentina que en otros países de la región, ya que incluso los outsiders se incluyeron en el sistema político, como Reutemann, Palito Ortega y Scioli, todos los cuales pasaron a ser políticos peronistas y a guiarse por las reglas territoriales del peronismo. Igualmente, ahora Pro incluye a Del Sel y a Baldassi, pero como parte de un proyecto de construcción política y no tanto como individualidades similares a los diputados brasileños o a candidatos como Correa, que carecen de partido político. Los partidos todavía tienen -pese a la profunda crisis del "no peronismo" producida por la erosión nacional de la UCR- un peso importante en la construcción local de un país federal, en el contexto de listas cerradas de representación proporcional y donde las boletas partidarias les dan a los fiscales, encargados tanto de protegerlas como de hacer más difícil encontrar las de los oponentes, un lugar clave en las elecciones.

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