El silencio de los inocentes

Por Alicia Dujovne Ortiz Para LA NACION
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7 de diciembre de 2001  

No hay como una nueva crisis para reconocerse a sí mismos. La lectura de los diarios de estos días y mis propias conversaciones con la gente me han servido de confirmación: el malhumor de los mimados no es mi tema. Que la señora Tal haya tenido que costearse hasta el banco para abrirle una cuenta a su empleada doméstica de uniforme rosa o que a otra igual a ésa se le hayan escurrido lánguidos de entre los dedos los 250 pesos porque tuvo que pagar en efectivo tintorería y modista me conmueve hasta por ahí nomás. Bastante más preocupante me parece no llegar a los 250 ( ni hablemos de los 1000), y no precisamente por semana. Alguna vez me preguntaron por qué todos los personajes de mis libros eran, al menos en su origen, marginales. Será por imposibilidad de identificarse con todos. De modo, pues, que también en este caso aquellos que aún atinan a cambiar 10.000 dólares inmovilizados en el banco por 8000 en efectivo, como ya puede verse que está ocurriendo, me han inquietado asaz menos que los no bancarizables.

Y que mi país en general. Un país que se hunde sin darles los botes a los más débiles, un país cuyo Congreso votó una suma de dinero que jamás llegó a tiempo para evitar la muerte de un chico llamado Sergio que vivía de los seis pesos diarios del Pami, un país que en el seno de esa misma institución no logró quórum para votar un subsidio de 300 pesos a los jefes y jefas de familia desocupados, padece de una grave enfermedad que, a falta de mejor diagnóstico, llamaré perversión de prioridades.

Siempre es tarde

Por supuesto que en Francia nadie puede vender á la sauvette (expresión saltarina que significa "vendedor ambulante no autorizado", pero que evoca gestos graciosos y esquivos de ardillita en el bosque) un paquete de obleas o de chocolatines, como se ha hecho entre nosotros mientras el tintineo de alguna moneda en los bolsillos aún lo permitía. La abismal diferencia entre aquel país y uno más despiadado, verbigracia éste, consiste sin embargo en que las leyes francesas, sin duda solidarias pero además inteligentes, compensan esa reglamentación draconiana. Cuando François Mitterrand decía que para un pobre siempre es tarde, estaba revelando una sensibilidad humana y social unida a la buena utilización de un par de catalejos de largo alcance. Calmar el hambre ahora para evitar una explosión mañana incluye una mezcla, en partes seguramente desiguales, de bondad y precaución, mientras que la codicia de nuestros dirigentes -robar hoy para reprimir mañana- tiene no sólo el corazón helado sino la vista corta. Si yo fuera gobierno me asustaría más el silencio de los que ni sueñan con abrir cuenta en ningún lado que el coro de imprecaciones de los que abren una por banco, con todas las molestias que ello implica en medio de estos calorones y antes de Navidad.

Julián, por ejemplo, se ha limitado a sonreír. Julián vende trapos de piso por la calle. Además de eso, se acaba de sacar el primer premio en un concurso de poesía que le publica el libro. Ayer me lo encuentro en el tren y le pregunto : "¿Y, Julián, ¿te vas a bancarizar? " Julián contesta en voz baja que las señoras de Acassuso a cuyas puertas toca el timbre por si acaso ahora sí le abren, pero para gritarle de lejos: "No nos queda efectivo". Patética necesidad de comunicación que le acentúa la sonrisa. Después, con aparente desinterés, cambia de tema.

La miseria y el tiempo

Los demás pasajeros, mientras tanto, se hacen lenguas. "¡Esto de ahora no es nada -comentan-, en comparación con la... que se viene!" Y cada cual completa el espacio con "dolarización" o "devaluación", según los gustos y la elección de una u otra teoría, en pro o en contra, del Fondo Monetario Internacional. Los miserables de siempre continúan pasando, también cada cual con su discurso a cuestas. "Una ayuda, por favor, señores", salmodia el medio hombre. Y la señora flaca: "No tengo ni una leche ni un paquete de fideos". Pero de pronto se registra una novedad que le hago notar a un Julián embarcado en su meditación poética. El de la silla de ruedas, que eternamente dice : "Yo mis problemas/ no se los vengo a contar a ustedes/ pero hoy/ necesito los remedios/ para mi hija epiléptica", esta vez recorre los vagones repitiendo sólo: "Pero hoy". Ni problemas ni hija, nada. "Pero hoy, pero hoy." Razón tenía Mitterrand al relacionar la miseria con el tiempo.

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