El síndrome de China

Paul Krugman
Paul Krugman MEDIO: The New York Times
(0)
24 de mayo de 2003  

NUEVA YORK

Durante la guerra en Irak, ocurrió algo divertido: muchos televidentes norteamericanos optaron por los informativos de la BBC. Buscaban un punto de vista alternativo, algo inhallable en las redes de su país, que, como dijo el director general de la BBC, "se envolvieron en la bandera norteamericana y sustituyeron la imparcialidad por el patriotismo".

Dejemos a un lado lo bueno y lo malo de la guerra y consideremos la paradoja. La BBC pertenece al gobierno británico, por lo que cabría esperar que apoyara sus políticas. Sin embargo, se esforzó (demasiado, según sus críticos) por mantenerse imparcial. Las redes televisivas norteamericanas son privadas; no obstante, se comportaron como si fueran estatales.

¿Cómo se explica esta paradoja? Quizá tenga algo que ver con el síndrome de China. No me refiero al de los reactores nucleares, sino al manifestado por la News Corporation de Rupert Murdoch en su trato con el gobierno de la República Popular.

En Estados Unidos, el imperio mediático de Murdoch, que incluye Fox News y The New York Post, es conocido por su patrioterismo. Pero ello no impide que Murdoch "sea complaciente con el régimen represivo de China para poder introducir su programación en ese vasto mercado". La complacencia lo llevó, entre otras cosas, a eliminar de su programación satelital el BBC’s World Service, por transmitir noticias que Pekín no quiere ver difundidas, y hacer que su editorial cancelara la publicación de un libro que criticaba al régimen chino.

¿Puede suceder algo semejante en Estados Unidos? Por supuesto que sí. El gobierno norteamericano puede premiar a las compañías mediáticas complacientes y castigar a las que no lo sean, valiéndose de sus decisiones en materia de políticas, en especial, aunque no en forma exclusiva, las pertinentes a la regulación de los medios. Esto incentiva a las redes privadas a tratar de congraciarse con quienes ejercen el poder. Con todo, al no pertenecer al gobierno, las redes no están sometidas al tipo de escrutinio que afronta la BBC, el cual la obliga a cuidarse de no parecer un instrumento del partido gobernante.

Así pues, no debería sorprendernos que la televisión norteamericana "independiente" sea más deferente con el gobierno de turno que los sistemas estatales de Gran Bretaña o, para citar otro ejemplo, Israel.

Un informe reciente de Stephen Labaton, en The New York Times, contiene una buena muestra de cómo puede premiar nuestro gobierno a las empresas mediáticas que hacen lo que él quiere. La semana pasada, Michael Powell, presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones, presentó oficialmente una propuesta para suavizar las normas sobre propiedad de los medios. En pocas palabras, es un plan para que los peces más gordos puedan devorar más pececillos. Las grandes compañías podrán tener mayor participación en el mercado nacional y poseer más canales de TV. Además, se levantarán muchas restricciones a la "propiedad cruzada", esto es, la posesión de radioemisoras, teleemisoras y diarios en un mismo mercado local.

Concesiones recíprocas

Sin entrar a considerar los defectos del plan (reducirá aún más la diversidad de información disponible), me sorprendieron las concesiones recíprocas que entraña. En una carta dirigida a Powell, un grupo mediático retiró su oposición a una parte del plan, "a cambio de una acción favorable de la comisión" respecto de otro asunto. Fue una indiscreción, pero hay que ser muy ingenuo para no suponer que andan rondando bastantes transacciones implícitas.

Sin duda, ellas se extienden al contenido de los informativos. Imaginen a un ejecutivo de telenoticieros especulando sobre si difundirá o no una nota importante que podría perjudicar al gobierno de George W. Bush. Digamos un seguimiento de la acusación, formulada por el senador Bob Graham, de que se ha mantenido en secreto un informe parlamentario sobre el 11 de septiembre porque plantearía interrogantes embarazosos acerca del desempeño del gobierno. Ese ejecutivo pensaría, por cierto, que el gobierno podría castigar a cualquier red que difundiera la nota.

Entretanto, las normas oficiales y los códigos de ética que impedían el partidismo flagrante habrán desaparecido o se pasarán por alto. Neil Cavoto, de Fox News, es un conductor y no un comentarista. Sin embargo, después de la caída de Bagdad, les espetó a "quienes se opusieron a la liberación de Irak" (una gran minoría): "Ustedes fueron repugnantes, entonces y ahora". ¡Qué imparcial y equilibrado!

En este país no tenemos censura. Todavía podemos encontrar opiniones diferentes. Pero poseemos un sistema en que las grandes compañías mediáticas tienen fuertes incentivos para presentar las noticias de una manera que agrade al partido gobernante, y ninguno para no hacerlo.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.