El sistema postal de la vida

Por Guillermo Jaim Etcheverry Para La Nación
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13 de octubre de 1999  

El conocimiento de la célula, unidad fundamental de los organismos vivos, avanzó espectacularmente en la segunda mitad del siglo que concluye. El desarrollo de técnicas que permitieron revelar los más íntimos detalles de su estructura impulsó el análisis de la forma en que las células llevan a cabo su función. Precisamente, uno de los temas dominantes en la investigación biológica contemporánea es esa concepción de la íntima unidad que existe entre la estructura y la función.

Una célula típica contiene alrededor de mil millones de moléculas de proteínas que forman su estructura o llevan a cabo sus funciones específicas. Esas proteínas deben ser reemplazadas aproximadamente una vez por mes. El problema se agrava porque, como lo demostraron los análisis estructurales, hay en las células numerosos compartimientos interiores que contienen proteínas diferentes. Cada uno de esos compartimientos, a su vez, está rodeado por membranas especializadas que suelen ser impermeables a las proteínas y que las contienen en su estructura.

¿Cómo "sabe" cada proteína sintetizada si debe ser eliminada al exterior o, en cambio, permanecer dentro de la célula? En este último caso, ¿cómo reconoce su destino entre los distintos compartimientos de la célula y cómo ingresa en ellos? Ésos son los mecanismos que develó Günter Blobel, mediante sus estudios realizados durante los últimos treinta años y que acaban de ser reconocidos por el Instituto Karolinska de Estocolmo con el Premio Nobel de Medicina o Fisiología correspondiente a 1999.

Blobel, nacido en 1936 en Silesia, se graduó de médico en la Universidad de Tübingen, Alemania, de donde emigró en la década del 60 a los Estados Unidos, país del que es ciudadano y en el que desarrolló su carrera científica. Inicialmente entrenado en oncología en la Universidad de Wisconsin, realizó su trabajo posdoctoral en la Universidad Rockefeller de Nueva York junto a George Palade, uno de los padres de la biología celular, galardonado también con el Nobel en 1974.

Colaboración científica

A fines de la década del 60, trabajando en ese laboratorio junto con el científico argentino David Sabatini, actualmente jefe del Departamento de Biología Celular de la Universidad de Nueva York, postuló que la señal que dirige las proteínas hacia su destino se encuentra en uno de los extremos de la molécula proteica. Ese trozo, el "péptido señal", constituye el "código postal" que permite a las proteínas encontrar su destino dentro de la célula o las ubica en la ruta que culmina con su exportación fuera de ella. Una serie de trabajos que ambos investigadores realizaron en colaboración, publicados en 1970, fueron los que establecieron las bases de los estudios ahora reconocidos con el Premio Nobel.

Resulta, pues, llamativo el hecho de que la distinción no haya sido compartida por David Sabatini, que contribuyó en forma esencial a la postulación de la hipótesis cuya exactitud fue luego confirmada, inicialmente por estudios de César Milstein. La importancia del aporte de Sabatini, mencionado junto con Blobel hasta en los libros de texto, quedó reconocida por la Medalla Wilson, premio que la Sociedad Americana de Biología Celular les concedió a ambos en 1986 por esos trabajos. Al igual que en el caso del premio Nobel otorgado en 1994 por el descubrimiento de las proteínas G, cuando no se citó el trabajo del argentino Lutz Birnbaumer, queda relegada una contribución decisiva realizada por uno de nuestros compatriotas.

Campo de aplicación

A partir de un trabajo clásico de 1975, los estudios de Blobel, que continúa como profesor en la Universidad Rockefeller, han permitido identificar la intimidad del mecanismo molecular mediante el que las proteínas son reconocidas por las membranas, el "sistema postal de la vida", así como la forma en la que abren los canales que les franquean el paso a través de ellas. En los últimos tiempos, su laboratorio se ha ocupado del tráfico de moléculas a través de la membrana que separa al centro de control de la célula, su núcleo, del resto de ella. Estos hallazgos, que han valido a Blobel los más importantes premios científicos, abren un enorme campo de aplicación a la medicina, mencionado al concederse el premio. Ya se han identificado, en varias enfermedades, alteraciones en el mensaje que indica el destino de las proteínas, y el avance de la ingeniería genética ofrece la posibilidad de modificar terapéuticamente esas instrucciones de destino.

Sin embargo, es preciso advertir que quienes estudian estos problemas lo hacen respondiendo al ansia del hombre por conocer. Poco tiempo atrás, el propio Blobel señaló: "Si, como hoy se pretende, fuera posible anticipar lo que uno ha de hacer durante cinco años, seguramente el resultado no sería valioso. Lo que los científicos escriben y lo que hacen son cosas muy diferentes, pues a menudo es preciso cambiar drásticamente". Oportuna observación para un tiempo en el que, como en otros campos de la sociedad, una burocracia abrumadora intenta controlar férreamente la actividad creadora del hombre.

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