El sueño del pibe

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29 de mayo de 2003  

Hay mucha gente que, aún hoy, no acierta a saber cuál es el verdadero Néstor Kirchner. Si el que pronunció un convincente discurso en el Congreso, luego de ser investido con los atributos presidenciales, o el que convirtió esta ceremonia en una suerte de desordenada estudiantina.

Los que están acostumbrados a hilar grueso ya habrán encontrado una respuesta a su medida: el verdadero Kirchner es el que jugueteó con el bastón y que luego estuvo a punto de olvidarlo (por lo que, de haberse atrevido a dar unos pasos de zapateo americano, se hubiera parecido a Fred Astaire en Sombrero de copa ); el que se veía arrugado y jamás se abotonó el saco, y el que salió a confundirse con la gente en la plaza y recibió el impacto de una cámara fotográfica, por lo que debutó en la Rosada con una curita en la frente. Y el otro es, simplemente, el que le escribió el discurso. Una mala broma que no merece siquiera ser repetida.

Pero dado que esta suerte de ambivalencia, este juego entre don Fulgencio y el otro yo del doctor Merengue, se dio a la vista de millones de personas, es preciso encontrarle otra razón. Y ésta puede ser, quizá, la más sencilla de todas. Si un tipo, cuando sale por primera vez con una señorita o cuando tiene que ir a decirle al papá de esa misma señorita, o de otra, que no iban tan seguido a la Facultad como decían, pero que está dispuesto a hacerse cargo de la embarazosa situación, aunque sólo cuenta con 150 pesos al mes como desocupado, se pone extremadamente nervioso, ¿qué puede pasarle a un señor, por más gobernador de Santa Cruz que haya sido, si un día tiene que asumir como presidente de la Nación? Y no de los Estados Unidos o de China, que sería tarea sencilla, sino de la Argentina.

Dos Kirchner en uno

Es normal y perfectamente entendible, entonces, que el mismo hombre que escribió un buen discurso mientras su señora le servía café y los hijos dejaban por un rato de mirar sus programas favoritos de TV para admirar al papá que ha llegado tan lejos haya sido el que provocó tamaño desconcierto durante la asunción del mando. Porque, como está muy bien estudiado, hay tipos que cuando se ponen nerviosos hablan solos, o se rascan, o se tiran de los pelos, caminan o se quedan tiesos como estatuas, palidecen y temblequean. Pues bien, al doctor Kirchner, tal vez para asombro de sí mismo, si es que llegó a verse en algún replay de los actos del pasado domingo, le dio por hacer lo que había imaginado, cuando muchacho, que habría de hacer si algún día era elegido presidente de los argentinos. Como si a Carlos de Inglaterra, si es que alguna vez llega a reinar, se le ocurriera, el día de la coronación, ceder a la tentación de levantarle el kilt a un gaitero de la guardia escocesa para que se le vean las nalgas. O que George W. Bush, si es que resulta reelegido, cumpliera su sueño adolescente de jurar, esta vez, con el casco puesto.

"¿Vio, maestro -dijo algo alarmado el reo de la cortada de San Ignacio-, que éste es el primer presidente electo al que le dan un golpe antes de llegar a la Rosada?

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